25 marzo, 2012

El escritor que amaba la naturaleza

Por Eduardo Berti

Más conocida fuera de Francia que en su país natal, El hombre que plantaba árboles es una hermosa fábula que Jean Giono escribió a pedido de la revista Reader's Digest en 1953, a punto de cumplir 58 años de edad. Giono narra allí la vida de un solitario pastor que, tras perder a su único hijo y después a su mujer, considera que la región se está muriendo porque le faltan árboles y se dedica a plantar encinos, hayas y arces hasta lograr que todo cambie, "incluso el aire". La revista, que le había pedido a Giono un texto protagonizado por un personaje real, rechazó el cuento, porque dudaba de la existencia del pastor. El relato fue publicado finalmente por la revista Vogue y Giono, que al principio había negado la invención de este personaje, terminó admitiéndola. "Siento mucho decepcionarlo, pero Eleazar Bouffier es un personaje inventado", escribió en 1957, en una carta al director del Departamento de Aguas y Bosques de Digne-les-Bains. "El objetivo de esta historia es lograr que se ame a los árboles o, más precisamente, que se ame plantar árboles (lo que después de todo, es una de mis ideas más preciadas)."

En la última década, El hombre que plantaba... (suerte de manifiesto poético-ecologista) se ha convertido en un impensado best-seller. Si la consecuencia esperada por Giono era que la gente saliera a reforestar, el éxito de su fábula es relativo. Pero, en un nivel muy diferente, el libro de Eleazar Bouffier ha tenido otra consecuencia: la de volver merecidamente popular a su autor, aunque a un precio un poco alto: el árbol ha tapado el bosque (empleando una metáfora a medida) y el cuento, pese a su innegable encanto, eclipsó para muchos lectores no franceses el resto de una obra por momentos magistral y muy poco traducida al castellano, fuera de excepciones como la edición que Anagrama hizo de la novela El húsar en el tejado (1951) en el año 1995, mientras el director Jean-Paul Rappeneau estrenaba la versión cinematográfica, con Juliette Binoche y Olivier Martinez.

En estos últimos meses, dos nuevas traducciones de obras de Giono acaban de aparecer y en ellas los árboles cumplen un papel nada secundario. Se trata de dos libros muy distintos: mientras que Un rey sin diversión (Impedimenta, traducción de Isabel Núñez) es una novela madura, los cuatro pequeños cuentos de El hueso de albaricoque (Duomo Ediciones, traducción de Palmira Feixas) corresponden a la etapa de aprendizaje. En ellos se descubre al Giono amante de la tradición de Las mil y una noches, el Giono que alguna vez le dijo a André Gide que concebía la literatura como un narrador callejero obligado a hechizar a su audiencia, a lo que Gide habría repuesto: "Si hiciese eso, me moriría de hambre".

Un rey sin diversión (1946), una de las obras más celebradas de Giono, casi al nivel de El húsar en el tejado, fue escrita en menos de siete semanas -aunque parezca mentira-, sin un plan previo. La novela logra hechizar desde las primeras páginas con la descripción de un árbol que el narrador compara con Apolo ("No es posible encontrar en un haya, ni en ningún otro árbol, una piel tan lisa ni de color más bello, una anchura más exacta, proporciones más justas, ni más nobleza, gracia y juventud eternal"), con el siguiente arribo del invierno ("A las nubes de octubre, ya ennegrecidas, se sumaron las de noviembre aún más negras, y luego las de diciembre, por encima, muy negras y cargadas. Todo se condensaba sobre nosotros, sin moverse") y con la anhelada caída de la nieve, omnipresente en casi todas las páginas: "Una hora, dos horas, tres horas; la nieve sigue cayendo. Cuatro horas; es de noche; se encienden los hogares; nieva. Cinco horas. Seis, siete. Se encienden las lámparas; nieva. Fuera, ya no tierra ni cielo, ni pueblo, ni montaña; no hay más que los montones hundidos de esa densa polvareda helada de un mundo que ha debido de estallar".

Pocos autores del siglo XX rinden a lo largo de su obra un tributo tan vital a la naturaleza. Uno piensa en Willa Cather, especialmente en su novela Mi Ántonia (casualidad o no, un personaje muy menor de Un rey sin diversión se apellida Cather), porque, al igual que ella, Giono exalta la flora y fauna sin caer en paraísos pastorales y mientras boceta personajes humanos inolvidables, como el jefe de los gendarmes, Langlois, que posee un don de comprensión más allá de lo normal. Henry Miller, que lo admiraba, comparó a Giono con otro escritor estadounidense: William Faulkner. Es cierto que ambos crearon su "propio territorio" (un "sur imaginario", decía Giono) con esa suerte de mirada bíblica que también se detecta en el primer García Márquez; pero la prosa de Giono en sus novelas posteriores a 1940 es más contenida, sus frases son menos sinuosas y muestran incluso, en libros como Les grands chemins (1951), una parquedad digna de Hemingway.

Las dos grandes guerras del siglo XX fueron determinantes en la vida y obra de Giono. Tras combatir en la Primera, a la que le consagró Le grand troupeau (1931), abandonó el comunismo, se volcó al pacifismo y publicó alegatos antibélicos: No puedo olvidar o Refus d'Obéissance. "Nada nos consolará de aquella guerra -escribió-. Por eso yo me arrojé salvajemente al lado del árbol, de la nieve y de la bestia." Un profundo malentendido hizo que se lo acusase de colaboracionista durante la Segunda Guerra. Se lo excluyó del Comité Nacional de Escritores Franceses y no fue rehabilitado hasta 1950.

Tras la Segunda Guerra Mundial, Giono se lanzó a escribir dos ciclos novelísticos diferentes: el que inauguró El húsar. es de influencia stendhaliana, colmado de viajes y peripecias (no es azaroso que Giono tradujera al francés La expedición de Humphry Clinker, de Tobias Smollet, pieza clave de la picaresca inglesa) y tiene como protagonista a un piamontés llamado Angelo, inspirado en la figura del abuelo del escritor: un italiano que llegó a trabajar en una empresa que el padre de Émile Zola tenía en Aix-en-Provence. El segundo ciclo novelístico, el que se inaugura con Un rey sin diversión, lo concibió en principio como una suerte de ópera bufa para "hacer dramas con personajes cómicos". La intención original de Giono era que estas obras "alimentarias" fueran escritas al vuelo, con una narración más lineal y un estilo "más seco" (sin tantos excesos líricos), pero el segundo ciclo terminó siendo tanto o más relevante que el otro.

Suele resumirse que el así llamado "ciclo del húsar" (que completan Angelo, Le bonheur fou y Mort d'un personnage) pone más énfasis en el hombre, mientras que el ciclo de las crónicas (que incluye libros como Le Moulin de Pologne) pone más énfasis en la naturaleza. Más allá de las posibles diferencias, muchos puntos unen a El húsar... con Un rey..., tal vez porque este último fue escrito durante una pausa (un periodo de incertidumbre) en el extenso proceso de concepción del primero. Las dos novelas muestran cómo una pequeña ciudad de Provenza sufre un hecho singular (una epidemia en el primer caso, una ola de delitos misteriosos en el segundo) y recibe la llegada de un forastero (el italiano Angelo o el misterioso Langlois) que, típico héroe de Giono, parece en fuga o en busca de algo. Las dos novelas están pobladas de seres solitarios que hablan a regañadientes, para "sentir la presencia del otro" y que surgen como "manchas", como cosas poco menos que excepcionales, en medio de un vasto paisaje de cuestas, valles y bosques en el que debe hacerse un esfuerzo colosal para que los ojos se adapten al pasar de una zona de luz a otra de sombra.

Griegos y latinos en Manosque

El centro del universo ficcional de Giono es su ciudad natal, Manosque (a unos setenta kilómetros de Marsella), y los pueblos aledaños: Banon, Peyruis, Carpentras, Vachères, Sisteron. Una zona donde, escribió, "colina tras colina, se asciende por una ladera, se desciende por otra, pero cada vez se baja menos de lo que se ha subido". Un viejo documental en blanco y negro muestra a un Giono corpulento, severo pero bonachón, en su querido Manosque. Juega con una pipa entre los dedos gruesos; va a la imprenta de su pueblo y lo reciben con palmadas en la espalda; más tarde, con una delicadeza propia de los hombres fuertes, se sienta a escribir en su casa con una pluma. Teje una hilera de letras diminutas en un bloc de hojas sueltas. A sus espaldas se aprecia la biblioteca donde -cuentan- predominaban los antiguos griegos y latinos (en especial los bucólicos: Teócrito, Hesíodo, Virgilio), comprados en ediciones baratas gracias a su sueldo de empleado bancario.

Estas lecturas fueron decisivas para que Giono, "autodidacta y sin contacto alguno con el mundo intelectual" -como lo retrata Mireille Sacotte en el prefacio a El hueso de albaricoque-, forjase en los años 30 una trilogía (Colline, Regain y Un de Baumugnes) inspirada en Pan, el semidiós de los pastores de Arcadia, y especialmente en la idea panteísta de que todo es Dios o, en otras palabras, que el universo, la naturaleza y Dios son lo mismo. Desde estas primeras obras, Giono expresó la presencia de lo sagrado, de las fuerzas oscuras e incontrolables que sobrepasan al hombre y que suscitan, incluso, su pánico: cataclismos y desastres naturales, aparte del salvajismo humano. "Místico materialista", como lo define Chonez, Giono rechaza la noción del "buen salvaje" y se siente más sensible al "misterio del universo" que a la idea de Dios.

Se ha dicho que Giono viajaba por medio de su biblioteca, de su mitología personal y de su imaginación, ya que, por lo demás, prefería quedarse en su región natal, de modo que su Viaje por Italia, de 1951, fue algo más bien excepcional. Como su autor, las metáforas e imágenes viajan poco en Un rey sin diversión y las comparaciones encuentran sus símiles en el mundo circundante: una cabeza es "redonda como una calabaza", el cielo es "azul como una carreta nueva", ciertas alfombras son densas como el heno cortado.

El habla y el ingenio popular están presentes por doquier; la oralidad llega a extremos fascinantes en Les grands chemins, pieza fundamental de las crónicas, y descuella en Un rey sin diversión. Aun cuando emplea un narrador que no es un personaje, Giono elude la intermediación convencional y pinta ese mundo tal como lo expresarían sus habitantes. Todo esto lo acerca por momentos y no sin cierto peligro al lugar común ("brillaba como chorros de oro", "parecía recién salido de un huevo"), pero en torno a estas expresiones cotidianas la escritura del mejor Giono es sublime. Podría afirmarse incluso que, a mayor escala, sus novelas hacen lo mismo: lo que en la pluma de otro autor depararía un realismo más o menos convencional, una simple serie de novelas campesinas o regionales, acaba arrojando una obra claramente singular, que no les teme a las tramas abiertas ni a la mezcla de géneros y registros. Giono, que en su diario se alienta a "inventar y construir siempre con originalidad", decía que el mero costumbrismo lo aburría y que buscaba (y encontraba) libertad en la desmesura.

Tras la temprana lectura de los griegos (y tras El libro de la selva, de Kipling), Giono adoptó a Melville como uno de sus grandes modelos literarios. Tradujo Moby Dick por primera vez al francés, en colaboración con su gran amigo Lucien Jacques, y publicó casi enseguida, en 1941, el libro Homenaje a Melville, donde, como les ha sucedido a muchos escritores, hablando de cierta obra ajena tejió su propia teoría estética. Persuadido de que una de las funciones del novelista es -como quería Joseph Conrad- hacer ver, Giono narra allí un viaje en coche en el que Melville se enamora de una joven inglesa y, decidido a impactarla, le describe la poesía del mundo. "¿Había visto ella alguna vez un bosque semejante al que él le hacía ver? No", sostiene Giono. Lo mismo podría decirse del narrador que se pasea junto con Eleazar Bouffier, el hombre que plantaba árboles; lo mismo podría decirse del lector de Un rey sin diversión, que se topa, maravillado, con árboles que "hacen crujir incansablemente en la sombra pequeñas matracas de madera seca" o con un montículo "sobre el cual, por las grietas entre las casas derrumbadas, veíamos erguirse las ruinas de algo que debía de haber sido importante en su momento". Esos momentos tan concretos y sensuales, nada raros en sus novelas, permiten entender por qué Henry Miller llegó a afirmar: "Si tuviera que elegir entre Francia y Giono, me quedaría con Giono"


Versión resumida del texto publicado originalmente en ADN/Nación, el pasado viernes. Enlace original:

http://www.lanacion.com.ar/1458216-el-escritor-que-amaba-la-naturaleza