26 marzo, 2012

Sueño de Antonio Tabucchi, escritor italiano amante de Portugal


Antonio TABUCCHI a orillas del Sena, fotografiado por Daniel MORDZINSKI



Una noche de marzo de 2012, en un hospital de Lisboa, después de haber comido una comida sin gusto ni olor, como casi todas las comidas de los hospitales, Antonio Tabucchi, escritor italiano amante de Portugal, tuvo un sueño. Soñó que estaba en París, en una casa a pocos metros de un edificio que rezaba “Facultad de medicina”, y que su mujer, María José, lo esperaba en el restaurant Vagenande para tomar un café. En la casa sonaba la voz de Roberto Goyeneche, un cantor que a él le gustaba mucho. Miró el reloj y eran las cinco de la tarde, la hora en que habían quedado con María José, pero era incapaz de irse hasta que no terminara Goyeneche; siempre le pasaba lo mismo, por más prisa que tuviera no se atrevía a interrumpir una canción. Al fin bajó por la escalera, salió a la rue de l’Université, dobló en la rue de Saints-Pères, rumbo al boulevard Saint-Germain, pero antes de llegar allí se topó con una estudiante, una futura médica, que llevaba bajo el brazo un libro suyo, un libro llamado “Sueños de sueños”, claro que no en italiano, sino en la traducción francesa a cargo de su amigo y también escritor Bernard Comment.


Vaya, se dijo, es la primera vez que sueño que alguien lee mi libro sobre los sueños. Y entonces, como si fuera la cosa más natural del mundo, abordó a la joven y le contó que él era el autor del libro. La estudiante, descalza y con un barbijo verde agua que le cubría la boca, observó el libro como si acabara de aparecer en su mano, dijo que no había pasado aún de la página veinte y le contó que lo había comprado por consejo de un buen amigo. Era el primer libro de Antonio Tabucchi que ella leía, salvo que en la tapa figuraba otro nombre, el de cierto Pereira. Como la joven no comprendía lo que estaba sucediendo, Antonio Tabucchi le explicó: el tal Pereira sostenía que él era el verdadero autor no solamente de este libro, sino también de muchos otros como “Requiem” o “Nocturno hindú”. La joven, bastante hermosa, se puso a hacerle preguntas que se oían algo confusas, tal vez por culpa del barbijo. Preocupado porque se estaba haciendo cada vez tarde, Antonio Tabucchi miró su reloj. Eran las tres y media, apenas. Resopló con gran alivio: tenía todo el tiempo del mundo y podía encender un cigarro.


Era una magnífica jornada veraniega, soleada y aireada, y París resplandecía. De repente, sin embargo, se levantó un viento furioso desde el Sena. A la estudiante se le cayó el barbijo y Antonio Tabucchi vio que se parecía mucho a una enfermera del hospital de Lisboa, una que había nacido en las islas Azores, en Porto Pim. Con gesto tímido la joven volvió a acomodarse el barbijo, que se había vuelto amarillo –como si el viento lo hubiese desteñido– y que también parecía haberse agrandado porque le cubría media cara. Antonio Tabucchi volvió a mirar su reloj. Eran las seis menos cuarto, María José iba a preocuparse, pero entonces notó que no recordaba el camino al Vagenande. La estudiante suspiró, lo tomó de la mano y, siempre descalza, empezó a caminar en puntas de pie. Al llegar al boulevard, Antonio Tabucchi vio que el paisaje era idéntico al de su pueblo natal: Vecchiano. ¿El Vagenande queda en Vecchiano?, preguntó. Claro que no, dijo la joven sin soltarlo. Una multitud de payasos avanzaba en sentido contrario, algunos tenian la cara de Berlusconi, otros no tenían cara porque estaban decapitados. Tras los payasos venían muchos caballos, tantos que tardaron una hora en recorrer doscientos metros. Por fin llegaron y el reloj de Antonio Tabucchi marcaba las dos y media.


El restaurant Vagenande se parecía demasiado al café Á Brasileira, de Lisboa. La diferencia era que, en lugar de la estatua de Pessoa ocupando una mesa en la calle, algún bromista había puesto una estatua suya, de Antonio Tabucchi, cosa que a todos los transeúntes les parecía muy normal. El autor de la escultura había resuelto incluir cierto bigote fino que Antonio Tabucchi ya no usaba desde hacía años. Con el bigote yo tenía un aire a Pessoa, ¿no lo cree?, le comentó a la estudiante, cuyo barbijo ahora se había vuelto azul. De espaldas, en una mesa que no era la de siempre, María José leía un libro de García Lorca y comía una omelette a las finas hierbas. Ahora fue Antonio Tabucchi quien guió a la joven de la mano. María José, le dijo, mira: esta muchacha es igual a la enfermera de Porto Pim. La estudiante se quitó el barbijo, a pedido de los dos, y apareció el rostro elegante, aunque cansado, de Marcello Mastroianni. Antonio Tabucchi sonrió, pese a que le daba pena que la joven se hubiera desvanecido.


Por fin nos vemos las caras, ¿cómo es posible, Pereira, que usted sostenga que mis libros son suyos?


¿Por qué no? El poeta es un fingidor, respondió Mastroianni con tono burlón.


Antonio Tabucchi levantó los puños. Eso ya era demasiado.

Vamos, Antonio, no seas tonto, lo calmó María José, lo que Pereira está diciendo es que él es un heterónimo.

Como Ricardo Reis, como Alberto Caeiro, explicó Mastroianni y le acarició suavemente la mejilla.


No me haga reír, Pereria, respondió Antonio Tabucchi.


Mastroianni empezó a toser. Después de puso el barbijo y anunció que se retiraba.


No, Pereira, quédese, le pidió Antonio Tabucchi.


Lo siento, pero no puedo, dijo Mastroiann. El tiempo envejece de prisa, ¿sabe usted?


Me gusta mucho esa frase, exclamó Antonio Tabucchi, ¿puedo usarla en un libro mío?


Mastroianni asintió mientras se alejaba.


Antonio Tabucchi sacó el cuaderno Moleskine que siempre llevaba a cuestas, se sentó junto a María José, llamó al mozo, que se llamaba Tristano, le pidió un café y se puso a escribir. Estaba tan inspirado que, sin darse cuenta, se despertó. Era su última noche, pero él no lo sabía.



Antonio Tabucchi
ha muerto, a los 68 años de edad, en Lisboa. Este texto es mi homenaje a su obra entera y, en particular, a su libro "Sueños de sueños".


8 comentarios:

Paz dijo...

Un homenaje a la altura.

cristina dijo...

Beso por el texto.

cristina dijo...

Beso por el texto.

Anónimo dijo...

Brigado para vosso homenagem cheio de riferimentos literarios.
Poderia falharte, o escriverte em italiano ma acho que en esto momento a lingua dos sonhos de Antonio es o portuguese. Ele dizia que nos ultimos annos sonhava na lingua de Camoes e do seu antigo amigo Tadeus Alexandre O' Neill.
Poderia falharte da influencia de livros come Dama Porto Pim, Requiem, Nocturno, Os volatiles .. il piccolo naviglio, e o ultimo edito em Italia, Racconti con figure, na minha vida. Ma esta es uma historialonga e talvez um pouco chata. Gostaria pensar que na quinta feira em Lisboa durante a ceremonia de sua sepultura ,sera possivel, come dizia Carlos Drummond De Andrade, ouvir a musica che ho sempre amato, quella a buon mercato. Non voglio Haendel come amico e non ascolto il mattinale degli arcangeli. Mi basta quel che la strada mi ha portato ....
Ate sempre, Antonio. Oxala!

Eynard dijo...

Aunque solo he leído tres libros de Tabucchi, creo que es suficiente para decir que no hay otro homenaje como este, genial el homenaje...

Eynard dijo...

Aunque solo he leído tres libros de Tabucchi, creo que es suficiente para reconocer que no hay otro homenaje como este, genial el homenaje...

Guido Finzi dijo...

No podía morir en otra parte que no fuera Lisboa, una de sus grandes filias y que demuestran que, en contra de lo que opinen los incrédulos y los racionalistas recalcitrantes, los genes recuerdan otras épocas.Tabucchi fue algún día portugués, aunque no se sepa muy bien cuándo.
Lindo homenaje el suyo.

Un saludo

Mariangela dijo...

Un simple y bello homenaje para Tabucchi, de los grandes escritores que, desde la sencillez y la prolijidad dedicada de su escritura, dejó una obra inestimable, y una percepción de humildad en quiénes lo admiramos que a pocos se les puede atribuir. Felicitaciones por sus palabras.