16 febrero, 2012

Vergel, sultana, sol

Érase una vez un hombre feliz: de origen humilde, pobre, feo y perdido como un esclavo en la bucrocracia de los ricos. Aun así, oía todo el dia zumbar en su cabeza una caravana de deseos accesibles. A sus compañeros, cuando conversaban, les describía la belleza de las sultanas enamoradas, la suavidad de la brisa que se desliza entre los melocotoneros en flor en la tersura del alba, la canción de la luz o de tantas otras cosas tan hermosas que, boquiabiertos, sus compañeros se decían para sus adentros: "¡Está loco! Él, tan feo, jamás ha sido amado por un sultana; él, tan pobre, no tiene vergel, y no ve el sol más que un día a la semana, si no llueve el día del Señor".

Con todo, siguió hablándoles de la dicha con un ardor tan deslumbrante que acabaron por creer que estaba agazapado en el maligno seno de un dios. Alguno de sus compañeros siguieron sus pasos una noche que el hombre regresaba a su casa. Éste se detuvo frente al puesto de un librero, lo vieron sacarse del bolsillo unas cuantas piezas de bronce ganadas con gran esfuerzo a lo largo de la jornada, y comprar un libro: Vergel, sultana y sol.

Jean Giono, "Cuento corto para los atletas", publicado originalmente en la revista La Criéee (1922) e incluido en el prefacio de Mireille Sacotte a El hueso de albaricoque (Duomo Ediciones), traducción de Palmira Feixas, imágenes de Frederic Amat.