09 febrero, 2012

Spinetta


Tristeza... Murió Luis Alberto Spinetta y el vacío que deja es inmenso porque fue uno de esos artistas iluminados, inolvidables, irrepetibles. Ojalá alguna gente descubra su música en medio de todo este bochinche que arma la muerte de un famoso... Tuve la enorme suerte (el enorme privilegio) de compartir charlas con él, sobre todo cuando hicimos allá por 1988 un libro acerca de su obra. Era un maestro en serio. Alguien de una sensibilidad fuera de lo común. Generoso. Con un talento que hechizaba.




Corría 1988, yo trabajaba desde hacía un año en Página/12 y solía llegar temprano para encontrarme con el “viejo” Homero Alsina Thevenet, jefe de Espectáculos. Esa mañana, sin embargo, Homero no había llegado aún y –cosa inhabitual- el “señor director” Jorge Lanata estaba en su despacho, con la puerta abierta, y me contó que iban a armar una editorial y que aceptaban propuestas. Desde algún tiempo (desde el libro de Daniel Chirom sobre Charly García) yo pensaba que era hora de que Luis Alberto Spinetta tuviera un libro. Así que sugerí en el acto: un larguísimo reportaje a la manera del célebre libro de Truffaut sobre Alfred Hitchcock.“Si Spinetta acepta, dalo por hecho”, dijo Lanata.

Hora más tarde estaba hablando por teléfono con Spinetta, a quien ya había entrevistado por los menos cinco veces, pero cuyo teléfono personal no tenía en mi poder (siempre fui, en este sentido, un pésimo periodista). Me acuerdo que llamé primero a Rodolfo García (ex baterista de Almendra) y él me dio el teléfono de los padres de Luis, es decir, de la vieja casa de la calle Arribeños donde en 1970 ensayaba Almendra. Disqué en el acto (el verbo es justo, sí, todavía se “discaba”) y me atendió Luis Santiago, padre de Luis Alberto. Con todo el candor del mundo, dije que buscaba a su hijo para hacer un libro acerca de él. Palabras más, palabras menos, me respondió que “un libro así hace falta”, pero que, conociendo a Luis como lo conocía, iba a ser arduo persuadirlo. “No te des por vencido enseguida, pibe”, fue el consejo de Luis Santiago antes de colgar. Y, pensándolo bien, no sé si alguna vez le conté esta anécdota a Luis Alberto. El caso es que cuando Spinetta me atendió, tan sólo minutos después (sí, el padre me dio el número, “pero no digas que te lo di”), no sólo no me ubicaba (“algo me dice tu nombre, pero no recuerdo tu cara y así me cuesta hablar”), sino que la propuesta lo pescó desprevenido. “Te zarpaste”, atinó a decir. Y después, como quien piensa en voz alta: “Yo quiero que hagan un libro sobre mí sólo cuando haya muerto”.

Pese a las dudas que le planteaba la idea, Spinetta me dio cita para tres días después, en una sala de ensayo del barrio de Flores que nunca más volví a ver, a tal punto que hoy me pregunto si la memoria no me engaña... Contra reloj, había armado una “presentación” que resultara convincente. Un recorrido cronológico, banda por banda, disco por disco, canción por canción, anteponiendo lo artístico al “cholulaje biográfico”. A ese reportaje central (cuánto tiempo llevaría, ni yo podía calcularlo) le agregaría entrevistas a ex compañeros de ruta y material de archivo.

La inmediatez con que Luis se entusiasmó me resultó (y me resulta todavía) completamente inexplicable. A veces la adjudico a mi inocencia de entonces, a mi entusiasmo. A veces a que en la famosa primera charla (al principio en la sala, más tarde viajando en coche) hablé de rastrear en sus letras las influencias de Castaneda, de Jung y de las cartas de Vincent Van Gogh a su hermano Theo y él me miró como a un loco. A veces pienso que Luis, nada amigo de analizar o celebrar el pasado (su “mañana es mejor” es pura verdad) estaba en aquel tiempo confrontándose con su obra previa porque a sus hijos, sobre todo a Dante que rondaba los 12, se les daba por poner los viejos discos. En cualquier caso, más allá de toda conjetura, adjudico la realización del libro a la inmensa generosidad de Luis.



Trabajamos durante más de seis meses. Trabajamos, la verdad, como animales. Yo iba a su casa de entonces (en plena avenida Elcano) con un grabador portátil, una provisión de casettes y una lista de preguntas que él espiaba, estirando el cuello, mitad desconfiado, mitad benevolente. La primera y última charla fueron en el luminoso balcón terraza donde había una parrilla (sospecho que nunca usada) y unas pocas sillas de jardín. Hubo muchas otras charlas, la mayoría en el living, casi siempre por la tarde. También una en la calle, e incluso un par en la casa de Arribeños. Conservo dos cajas llenas de casettes: “Luis 1”, “Luis 2”, “Luis 3”... la cuenta sigue hasta veintipico.

A veces, mientras conversábamos, aparecía Patricia o alguno de los tres hijos (Vera no había nacido aún) o sonaba el teléfono y era “Dylan” Martí o sonaba el timbre y era Gustavo, el hermano menor. Al acabar cada sesión (unas dos horas, como mínimo) fijábamos una nueva cita que muchas veces coincidía con mi horario de trabajo; en tal sentido, mis compañeros me tuvieron una paciencia colosal.

Hubo un momento, en el medio, en que Spinetta pareció aburrirse o más bien cansarse. Dos veces fui a su casa y Patricia debió murmurar: “No... Luis no está. ¿Habían quedado para hoy?”. Tras el segundo plantón, Luis llamó para disculparse. Yo me dije que el encuentro siguiente sería decisivo. Ya habíamos terminado de hablar sobre Invisible, se venían los últimos once años (1977/88) y este segundo tramo no tendría que decaer. Con esto en mente, toqué el timbre y me topé con Gustavo, serio, casi compungido. “No... Luis se acaba de ir... Lo siento”. No alcancé a reaccionar cuando del dorso de la puerta llegó la risa contenida de Luis. Y su voz aguda: “Qué julepe, ¿eh?”.

No me atrevo a decir que nos hicimos amigos durante los meses del libro, pero existió una complicidad sin la cual el resultado habría sido otro. Como un pilón de fotos desordenadas, se me vienen varios recuerdos: cuando le regalé “La vida en los pliegues” de Michaux (nunca pude saber si lo leyó), cuando viajando en taxi un chofer quiso saber qué era eso de “patas de mueble de bronce caminan ya”, cuando uno de los dos le contó al otro que Federico Moura tenía sida, cuando me dijo que a veces le daba ganas de mandar todo al diablo en irse a vivir a un lugar “tipo Brasil”, cuando me contó que su sueño recurrente era que hacía música con John Lennon...

Llegado el turno de publicar el libro, ni Luis ni yo sabíamos qué clase de acuerdo establecer. Era mi trabajo periodístico. Pero era su obra, él me había dedicado horas, hasta me obsequió unas letras inéditas a modo de “bonus track”. A la postre, Luis dijo que el libro era mío pero que yo debía pagarles (a él, a Patricia y al “Nono” Alejandro Rozitchner) una cena en un restorán japonés a la vuelta del Viejo Almacén. El sushi no estaba de moda, así que compartimos un sukiyaki. Lo más increíble es que, llegado el turno de pagar, pareció arrepentirse o sentir pena y hasta amagó eximirme de la obligación. “De ningún modo”, dije. Pero el gesto lo pinta bien: un caballero.


9 comentarios:

Viviana dijo...

Qué bello texto, Eduardo. Una pincelada que pinta tan bien a un ineludible. Me gustó leerte en un momento tan triste. Un abrazo.

Pia Bouzas dijo...

Me encantó el texto, Eduardo. Comparto lo que dice la amiga Viviana. Un abrazo

Leo Dolengiewich dijo...

Gracias por este texto!
En un momento de tristeza profunda como este, fue una brisa fresca leerte.
Tipo grande y generoso el Flaco!
Un abrazo.

Mapim dijo...

No sé quien es LAS. No crecí escuchando su música y ni siquiera cuando se dió a conocer la noticia de su muerte, me interesé por él.

No obstante, el escrito enamora y conocer (un poco) a través de sus letras la persona me lleva a escucharlo e indagar más sobre él.

¡Gracias!

flor dijo...

hermoso texto, edu. lo compartí en facebook con este comentario porque me pareció como una vuelta completa: A Edu Berti lo quiero con toda el alma, fue uno de los más presentes estas semanas feas que pasé, aunque está a una distancia que cruza el océano. Su hermoso texto sobre Spinetta me recuerda que una vez le dije: "Edu quiero pasar mi tesis sobre las letras del rock argentino a libro. Quiero que me ayudes". El propuso un taller. El libro [¿todavía?] no está, pero el trabajo y la luz de esos encuentros siguen aquí.

Pablo dijo...

Los fanáticos disfrutamos mucho de tu libro, llegó al pueblo como si fuera una nave espacial, pasó de mano en mano hasta destrozarse.

pedro dijo...

justo estaba recomendando tu libro, el pais imaginario a un amigo cuando al otro día te escuché en el programa de anguita.muy lindas tus palabras , dichas y escritas que ayudan a pasar este momento de angustia por la muerte de spinetta que nos dejó a muchos un poco más solos.
ya que estamoscomento quise encontrar otros libros tuyos y hasta ahora no conseguí. el pais imaginario me pareció realmente muy bueno y me dejó con ganas de seguir leyendo libros tuyos. abrazo

GBConsultora dijo...

Hola, Eduardo. Soy Diego, director de Rock.com.ar.

Me pongo en contacto para proponerte una idea que posiblemente consideres una locura desubicada: sería un maravilloso regalo para todos si publicaras los audios en mp3 de esos cassettes con las conversaciones con Spinetta.

Salvo que tengas específicamente algún plan al respecto, claro. Sabrás que tu libro es absolutamente inconseguible en Baires.

No quisiera ofenderte con la propuesta.

Mi email es diego@rock.com.ar.

Gracias por leer!

Laura dijo...

"cuando me contó que su sueño recurrente era que hacía música con John Lennon..."
Qué genial. Gracias por compartirlo. En serio, gracias MUCHAS. Sigo extrañándalo, que lo parió.

Besos