29 septiembre, 2011

Pynchonwiki


Si el sueño incumplido de alguno de ustedes era tener una edición anotada de un libro como, por ejemplo, La subasta del lote 49, de Thomas Pynchon, "pynchonwiki" lo hace realidad. No hay más que ir a la página siguiente (http://cl49.pynchonwiki.com/wiki/index.php?title=Chapter_1) y, libro en mano (o en falda), cotejar el texto con las notas en la pantalla.

La pynchonwiki incluye también notas al pie a las otras novelas de Pynchon, más un extraño cortometraje inspirado en La subasta del lote 49. Es breve y una verdadera curiosidad:


28 septiembre, 2011

La hija de Dickens


La autora de estos cuadros es la pintora Kate Perugini (1839 – 1929), hija menor de Charles Dickens. Nació como Catherine Elizabeth Macready Dickens y se cuenta que fue la preferida de su padre. Su primer esposo fue el artista y escritor Charles Allston Collins, hermano menor del famoso novelista Wilkie Collins que era, a su vez, amigo íntimo de Dickens. Tras la muerte de Charles Collins, en 1873, Kate se casó con el pintor Charles Edward Perugini. Fue ante todo una retratista (su especialidad eran los niños) y trabajó también como modelo para otros pintores. Longeva, vivió casi noventa años y fue la fuente principal de Gladys Storey cuando en su libro Dickens and Daughter sacó a la luz el romance entre el novelista y la joven actriz Ellen Ternan.



27 septiembre, 2011

Romántico y realista


Por César Aira

Gran Romántico y Gran Realista, Balzac no lo es sucesivamente sino en los círculos concéntricos de su creación. En el centro de sus novelas suele haber un personaje angélico, proveniente del blanco y negro del folletín romántico, un personaje un tanto irreal de tan perfecto, pero que les da realidad a los demás. Se la da no sólo por contraste; no bastaría el contraste, porque los villanos que buscan la perdición de ese héroe o heroína “blanco” están recortados en el igual de esquemático “negro” correspondiente. La virtud funcional al realismo en el personaje central, la que corona y engloba a todas las demás, es el Desinterés. Eso hace que alrededor de él giren, imantados, todos los demás, a los que mueve el más exacerbado Interés. Es como si dos registros incompatibles empezaran a funcionar en un solo mecanismo, con los previsibles tropiezos y perplejidades; más que Romanticismo y Realismo, se diría que son Ficción y Realidad. No sólo a los ojos de los personajes “realistas” sino a los del mismo autor, el Desinteresado es una creación del espíritu, poética, sobrenatural, un tanto monstruosa. Balzac, con íntimo escándalo, toma distancia de él y especula y calcula como sus perseguidores.

El Gran Desinteresado, que por lo general es una mujer, se le hace sobrehumano a Balzac. Lo ve desde afuera, pero como no puede evitar identificarse, se sitúa precariamente dentro del personaje, y la tensión extrema de una posición que le es tan antinatural produce en el personaje una máxima fragilidad nerviosa. En contraste con la salud rebosante y la energía infatigable de los portadores del Interés, el Desinteresado está siempre al borde del colapso.

Los temblores y desmayos del Desinteresado, sus angustias de perseguido, sus pedidos de auxilio, sus renuncias sublimes, suenan en el texto de Balzac (le suenan a Balzac) a una etapa superada de la literatura, y amenazan con una contaminación que llevaría a la pérdida de interés por parte del lector. Pero ahí están los codiciosos, los portadores del Interés, para hacer avanzar la acción y absorber al lector.

Se diría que hay una identificación, por el contacto de los dos sentidos de la misma palabra, entre el interés económico que mueve a los personajes y el interés con que el novelista atrapa al lector. ¿Y no son lo mismo acaso? Después de todo, la novela es el género literario que acompañó el ascenso del capitalismo. Esa clase de interesados hubo siempre, pero fue el capitalismo el que les dio el mecanismo de conversión: las finanzas.

Un interés y otro, de cualquier modo, son lo mismo para Balzac, de eso no deja ninguna duda por la complacencia con la que se expande, por fin a su gusto, después de negociar los pasajes místicos o amorosos (en los que adhiere, con economía, a los clichés más serviciales), en las maniobras del dinero, y en el gusto con que maneja su léxico. No teme hacerse esotérico o directamente incomprensible: él se entiende, en el laberinto de letras de crédito, fianzas bancarias, sucesiones cruzadas, hipotecas, vencimientos, activos que mágicamente se vuelven pasivos, y viceversa. El lector no tiene más remedio que confiar en que sabe lo que hace, como el lector de novelas de mar, las de Conrad por ejemplo, confía en que se entienden en el barco cuando hablan en esa lengua propia que se inventaron los marinos para significar su autonomía del mundo terrestre.

La amenaza, que Balzac siente con fuerza, es que el apetito de dinero termine girando sobre sí mismo, desertificando el mundo. En un gesto de feliz sobrecompensación, frena esta amenaza usando al dinero, y al idioma del dinero, como clave que abre el tesoro del mundo material. Toda su leyenda biográfica se basa en el amor por los objetos, en su avidez insaciable de muebles, arte, ropa, joyas. Pero ese amor vuelve a ser lenguaje, porque toda su realidad es realidad escrita; quizá los objetos no estuvieron primero y las descripciones vinieron después a superponerse a ellos, sino que la necesidad de describir fue la que atrajo a los objetos. Y algo parecido podría decirse de la seducción que ejercía sobre él lo sobrenatural, inesperada en un amante tan sensual de lo concreto. Los fenómenos paranormales, las adivinaciones, y hasta la religión en su formato milagrero y supersticioso siempre están al acecho en sus novelas. Están ahí porque esos fenómenos requieren pruebas. El proceso al que se los somete para probarlos pone en escena las condiciones de existencia del mundo palpable, y esas condiciones son la materia de la obra de Balzac.

Fragmento del prólogo de César Aira a Ursule Mirouët de Honoré de Balzac (editorial La Compañía). Enlace original: suplemento Radar de Página/12, Argentina.

22 septiembre, 2011

Simplemente ketchup


María Nilza Simoes, brasileña convencida de que su esposo la engañaba, pensó en deshacerse de la rival y contrató a un ex presidiario que por 1.000 dólares iba a aniquilar la razón de sus preocupaciones.

Sin embargo, las cosas no salieron como ella pensaba. El asesino a sueldo, Carlos Roberto de Jesús, encontró a su víctima, descubrió que era una vieja conocida y le perdonó la vida.

Pero el asesino quería quedarse con el dinero, así que decidió fingir que había cumplido el pacto. Montó una escena bien coloreada con ketchup, un machete y la supuesta muerta con la boca vendada. Sacó una foto y se la envió a su cliente María Nilza Simoes, según cuenta O'Globo.

Maria Nilza Simoes no se dio cuenta del montaje y creyó que el encargo había sido cumplido. Hasta que, días después, vio besándose en un lugar público a la asesinada y el asesino.

La historia ha salido a la luz porque Nilza Simoes denunció al matador por estafa. La policía no tardó en detenerlo y el hombre admitió lo ocurrido. Ambos, la esposa en busca de venganza y el sicario enamorado, fueron puestos en libertad por no haber consumado el asesinato.

Enlace original:
http://www.telecinco.es/informativos/sociedad/noticia/105122531/El+sicario+se+enamora+de+su+victima+y+finge+su+muerte+con+ketchup

20 septiembre, 2011

Ursule Mirouët

El nuevo libro que acabamos de editar con La Compañía (salió a la venta ayer lunes en Argentina) es la novela Ursule Mirouët, de Honoré de Balzac, con traducción y posfacio de Mariano García e introducción de César Aira.

 

Dos mujeres de un mismo nombre se reparten el afecto del viejo doctor Minoret. Una, ya muerta, fue su esposa. La otra, mucho menor (una niña al inicio de la novela), es su ahijada, está a su cargo y podría casarse con él para recibir su herencia.

Los rasgos característicos de la obra balzaciana pueden descubrirse muy fácilmente en esta novela que entrecruza de un modo asombroso las dos principales vertientes narrativas del autor: la realista y la fantástica o mística.

Tras la muerte de su esposa, el doctor Minoret, que ha vivido orgulloso de su ateísmo enciclopedista, se deja guiar por su ahijada hacia la fe católica y también sondea experiencias paranormales. Los parientes, exageradamente horrorizados, se disputan la futura herencia del hombre.

La moral, el humor corrosivo, las seudo-ciencias del siglo XIX (desde la fisionomía hasta el mesmerismo), las intrigas familiares, la pretensión de trazar una pintura de la sociedad y los deseos reprimidos de un anciano por una joven ingenua conforman una trama muy rica, con diversas ramificaciones en otros textos de La comedia humana.

Ursule Mirouët no se cuenta entre los libros más populares de Balzac –escritor al que Karl Marx admiraba tanto como a Cervantes–, pero representa su narrativa de manera categórica, tal vez incluso mejor que varias de sus obras célebres.

Honoré DE BALZAC


“Se diría que hay una identificación […] entre el interés económico que mueve a los personajes y el interés con que el novelista atrapa al lector. ¿Y no son lo mismo acaso? Después de todo, la novela es el género literario que acompañó el ascenso del capitalismo”. De la introducción de César Aira.

“Esa suerte de mosquita muerta que los herederos quieren ver en Ursule, muchacha entregada en cuerpo y alma a la fe del catolicismo, no resulta sin embargo una heroína del repertorio católico más ortodoxo. Los sufrimientos de su refinada virtud la colocan en una línea de mártires que recuerda a ciertas heroínas de Sade, autor que Balzac supo apreciar”. Del posfacio de Mariano García.

 

17 septiembre, 2011

Letras de Chile


Agradezco a Francisco Martínez Bouzas el comentario de mi libro de cuentos "Lo inolvidable" que salió publicado en el sitio Letras de Chile:



Por Francisco Martínez Bouzas

Heredero de una buena parte de la tradición literaria argentina (Borges, Cortázar, Bioy Casares…), pero también de ciertas vetas del romanticismo europeo, a Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) le es aplicable lo que alguien ha afirmado de sus connacionales: tienen un misterio por desvelar. Su último libro de cuentos, Lo inolvidable, así lo pone de manifiesto.

En los once relatos que le dan forma al volumen, unos de corte fantástico, otros con un pie en la realidad, en lo cotidiano, el misterio, lo paradójico, lo inexplicable echa raíces en sus tramas para, desde allí, florecer con fuerza.

Eduardo Berti, en efecto, autor de varios libros de cuentos y finalista de premios tan selectivos como el Premio Herralde de Novela, compila en este volumen once cuentos, escritos a lo largo de la última década, que respiran atmósferas diferentes y se visten igualmente de distintos formatos, pero están surcados por temas comunes y reiterativos: el miedo, el olvido, la memoria, la soledad, la extranjería y una variada panoplia de obsesiones. Cuentos, no obstante, de tonalidades diversas, muy dispares en sus enfoques narrativos y en sus desenlaces, pero amalgamados por un sutil filamento que los atraviesa: la irrupción de lo fantástico en lo cotidiano y la presencia de lo inexplicable asentado en la médula de las tramas. El inesperado final hace que salga a flote y nos sorprenda ese secreto sumergido y apenas sospechado en el acto de lectura.

Acontece ya en el primero de la serie y uno de los más breves, “El inicio”: un padre acompaña a su hijo el primer día de la escuela. Es el bautismo escolar (“la palma suda y los dedos tiemblan un poco”, pagina 13). Una estampa cotidiana en cualquiera latitud, que sin embargo, en su brevedad, nos agasaja con un final inopinado. Y sin reposo, el lector se enfrenta a la historia de los dos trabajadores que sobreviven en una triste zona pedregosa haciendo constantemente lo mismo: juntar piedras sin que nadie les explique la finalidad de su monótona labor, hasta que una carta provoca entre ellos el drama.

También con relatos inverosímiles como “Formas de olvido”, en el que la amnesia musical se alarga hasta paralizar las manos del compositor, rival en los aplausos. Eduardo Berti ensaya así mismo formas poco habituales de contar historias, como en “Retrospectiva de Bernabé Lofeudo”. Un formato no literario, el programa de una retrospectiva de cine, con sus fichas técnicas, le sirve al narrador para crear el personaje de un director de cine, contar su vida y su obra y una historia de amor a través de una filmografía apócrifa. Me detengo, por último, en el relato que rotula este volumen. Un cuento de corte fantástico en el que una dentadura postiza una noche, desde la mesita al lado de la cama donde la deposita su dueña, comienza a recitar versos, hasta el punto de hacerle sospechar a su usuaria de que una trama unía los textos.

Prosas pues muy variadas en sus planteamientos, moviéndose entre lo posible y lo que solo cobra vida en la imaginación, pero unidos por la fina sutura de un estilo impecable. Berti pule la expresión hasta convertirla en un excelente material literario. La pulcra fortaleza de su escritura, esa combinación de finales cerrados y otros abiertos, y tramas originales, deudoras de un gran poder imaginativo, hacen de la lectura de esta colectánea de cuentos, edificados sobre moldes distintos, una experiencia inolvidable, como promete su título.

Enlace original:

http://www.letrasdechile.cl/mambo/index.php?option=com_content&task=view&id=1855&Itemid=30


16 septiembre, 2011

Escribir según Alfred Capus

Alfred CAPUS


En la literatura, como en la vida, hay que ser claro, pero no transparente.

Los clásicos son sobrevivientes, pero en forma temporaria y siempre revocable.

¿Una buena receta literaria? Tengo dos: no decir nunca las cosas que podría decir otro; no usar jamás expresiones con las que otro se contentaría.

La mitad de lo que escribimos es dañino; la otra mitad, inútil.

Alfred Capus, Pensées (Pensamientos recogidos por Robert Chouard)

Famoso en su tiempo como periodista y autor teatral, el francés Capus ( 1858 – 1922) fue un buen amigo de Alphonse Allais, con quien llegó a coescribir una pieza.

15 septiembre, 2011

Rulfo lee "Luvina"

Juan RULFO

El sitio archivosonoro.org es una fiesta para los oídos y nada avaro en tesoros como el de la voz de Juan Rulfo leyendo su relato "Luvina":



Enlace original: http://www.archivosonoro.org/?id=252

Rulfo leyendo otro cuento: http://www.archivosonoro.org/?id=251

14 septiembre, 2011

El mundial olvidado


El mundial de fútbol 1942 no figura en ningún manual de historia, pero se jugó en la Patagonia.

Exquisito artículo de Ezequiel Fernández Moores en La Nación, Argentina, en torno a Osvaldo Soriano y los mitos del fútbol:

Los primeros registros -contó una vez el Gordo Soriano- fueron a través de las memorias que escribió su tío Casimiro. Casimiro fue juez de línea de William Brett Cassidy. Hijo del pistolero Butch Cassidy, William Brett era estudiante de filosofía, lector de Hegel y Spinoza, desertor del Ejército argentino y prófugo de la Justicia. Se ganaba la vida dirigiendo partidos en la Patagonia, a balazo limpio, porque sabía poco de fútbol, pero era rápido con el revólver, como su padre. En sus memorias, el tío Casimiro cuenta que la idea del Mundial surgió de electrotécnicos nazis que llegaron a la Patagonia en 1942 para instalar la primera línea de teléfonos del Pacífico al Atlántico. Tenían la primera pelota del mundo a válvula automática. Y propusieron jugar el torneo que nadie quería hacer, porque el mundo estaba otra vez en guerra. Se trata de "un Mundial que la FIFA todavía se niega a reconocer", según dicen, textual, crónicas publicadas la semana pasada por numerosos medios, tras la exhibición de un documental en el Festival de Cine de Venecia. Su título es El Mundial olvidado.

Los italianos, piamonteses y emilianos que construían la represa de Barda del Medio, rechazaron la propuesta de jugar el Mundial. Por un lado, los alemanes eran demasiado buenos. Por otro, si bien los italianos se jactaban de los títulos de 1934 y 1938, tampoco los querían reconocer de modo oficial. Para ellos, obreros antifascistas, esos Mundiales eran victorias de Mussolini. También vivían en la zona ingleses que alargaban el ferrocarril, curas y obreros polacos, intelectuales franceses, almaceneros españoles, guaraníes que podían representar a Paraguay, argentinos que avanzaban hacia Tierra del Fuego y mapuches. Una noche de juerga en un prostíbulo de Zapala bastó para quebrar la oposición italiana. El Mundial se convirtió en un hecho. Una compensación menor para una Argentina que, según registros oficiales, había pedido a la FIFA en 1939 la sede del Mundial de 1942. Hitler la había solicitado en 1936, feliz tras la experiencia de los Juegos Olímpicos de Berlín. La FIFA demoró la respuesta, hasta que estalló la Guerra y canceló el torneo, que recién se retomó en 1950 en Brasil. En 1942 el mundo seguía en guerra. En la Argentina gobernaba Ramón Castillo, La Máquina de River iniciaba su leyenda y en la Patagonia, según las memorias de Casimiro Soriano, se jugó un Mundial. Fue un torneo anárquico, con arcos de medidas aproximadas y sin redes, incidentes de arma blanca, piedrazos y el hijo de Buth Cassidy como árbitro.

La historia fascinó a Lorenzo Garzella y Filippo Macelloni. Los cineastas italianos, que hicieron documentales sobre Diego Maradona, Roberto Baggio y otros grandes cracks para La Gazzetta dello Sport, además de films de contenido social sobre inmigración o explotación de menores en Asia, profundizaron el relato. Su film, una investigación liderada por el periodista y sociólogo Sergio Levinsky, incluye entrevistas con João Havelange, Víctor Hugo Morales y Osvaldo Bayer, entre otros. "El mito está conectado con el misterio", les dice Jorge Valdano. Hallaron el esqueleto de Guillermo Sandrini, abrazado a su cámara de 16 milímetros y con rollos de película. Sandrini, un fotógrafo de casamientos, había sido contratado por Vladimir Otz, un aristócrata de origen balcánico, iluminista y pacifista, cuyos dineros ayudaron a organizar el Mundial. Autores en 2010 del documental Rimet. La increíble historia de la Copa del Mundo, Garzella-Macelloni sabían muy bien que la verdadera Copa de la FIFA permaneció en los años 40 escondida debajo de la cama de Ottorino Barassi. El secretario de la Federación italiana y vice de la FIFA la ocultó para que no se la llevara el invasor nazi. El film cuenta que fue vista en la Patagonia. En sus memorias, el tío de Soriano dice que el partido más duro fue la semifinal que Alemania, con sus jugadores con cascos, ganó a Italia, que apeló al uso de alfileres y pimienta. Cassidy explicó antes del juego que no era bueno mezclar al fútbol con la política. Pero nazis alemanes y antifascistas italianos jugaron a matar o morir, y el árbitro debió recurrir al revólver. El Mundial olvidado devela a su vez que la final, arruinada por un aluvión, terminó en realidad con triunfo de los Mapuches sobre los alemanes. El gol decisivo estaba en el rollo de Sandrini.

"El Mundial nunca fue reconocido oficialmente por la FIFA", dice, textual, un extenso cable que una de las agencias de noticias más importantes del mundo trasmitió la semana pasada, tras la presentación de Venecia. "Sacando a la luz esas imágenes, los autores de esta cinta pretenden que nunca más quede en el olvido ya no sólo la celebración de este torneo, sino tampoco el nombre de su vencedor, un combinado mapuche que consiguió recoger el trofeo instantes antes de que el agua arrasara con todo y ocultara su triunfo", agrega el cable. Lo publicaron al día siguiente diarios de México, Perú, España y también de la Argentina. Algunos medios agregaron palabras y datos que dramatizaron la injusticia. Hubo lectores que reaccionaron por la Web. "Buena historia para el mundo futbolístico, especialmente el sudamericano... ¿Perú participó en ese certamen?", pregunta, por ejemplo, un aficionado de ese país. Perú no jugó. No lo hizo porque el Mundial de 1942 es un formidable delirio del Gordo Soriano en el cuento El hijo de Buth Cassidy. Garzella-Macelloni lo llevaron al cine a través de un falso documental ("mockumentary"). El resto corrió a cargo de algunos periodistas distraídos. Donde quiera que ande, el Gordo Soriano, que murió en 1997, está a pura carcajada.


"Queríamos que la leyenda, la memoria y la fantasía se confundieran, que cada uno trazara sus propios límites, que experimentaran con la percepción", me cuenta Garzella desde Italia. Garzella, hincha de Inter, admira al Gordo Soriano, igual que los integrantes de la selección de escritores italianos, que forman desde 2001 el "Osvaldo Soriano Football Club". "El hijo de Buth Cassidy" de Soriano siguió su itinerario dirigiendo en la altura de La Paz y en la Amazonia. Y murió acribillado en Texas, haciendo el camino inverso al de su padre. A Garzella le fascinó el falso Mundial de 1942. "Mantuvimos hasta el final el lenguaje riguroso del documental y la primera parte es más que creíble, pero luego todo se hace un poco surrealista. Un árbitro que dispara, un arquero y un ejecutante que se juegan el amor de una mujer en un penal? Tan absurdo que, creíamos, no quedarían dudas. Pero encontramos mucha gente crédula, incluidos periodistas. Evidentemente -sigue Garzella- hoy la forma vale más que el contenido. Y esto es un dato interesante, y preocupante, para reflexionar." Colegas de medios que publicaron como cierta la noticia siguen sorprendidos cuando les relato la historia. "Moderen las carcajadas", pide uno, el primero que avisó del papelón. "Sí, leí diarios mexicanos que se tragaron la historia como real. Un amigo holandés me preguntó, y yo le dije que no sabía bien", me dice Levinsky, actor improvisado, y que todavía se recuerda remando nervioso en un bote de goma en la Carhué inundada, porque se hacía de noche. El film, me confiesa Garzella, sufrió numerosas amenazas de cancelación por falta de fondos. La última escena, que fue girada gracias al último dinero personal que les quedaba en el cajero, casi termina en desgracia cuando el caballo enfureció y arrojó al piso al actor, que en realidad era un asistente de la dirección. Bien de Soriano. Todavía recuerdo el día en que Eduardo Galeano vino a casa buscando precisiones para su hermoso libro El fútbol a sol y sombra. Tuve que aclararle que no era cierto que José Sanfilippo había sido el máximo goleador en la historia del fútbol argentino, que sólo un fana de San Lorenzo podía engañarlo así. "¿Quién te dijo eso?", le pregunté. Y me respondió riendo: "El hijo de puta del Gordo Soriano".
Enlace original:
http://www.canchallena.com/1406008-el-mundial-olvidado

13 septiembre, 2011

Un olvido


Napoleón conocía el nombre de cada uno de los soldados de su ejército. Una mañana vio a veinte metros sobre la nieve a uno de sus hombres. Era un oficial de caballería. Intentó recordar su nombre, pero su memoria le falló. Al instante, una bala enemiga se hundió en el pecho del oficial. Napoleón comprendió de inmediato la razón de su olvido.

Pablo De Santis, Rey secreto

11 septiembre, 2011

Nashville y el semen

La localidad estadounidense de Nashville protagonizó estos días un particular incidente, luego de que varios contenedores de semen de toro rodaran por la ruta interestatal 65, provocando un notable desorden de tránsito, además de preocupación entre los lugareños por el contenido de los humeantes recipientes. La carga –valuada en unos 80 mil dólares- era transportada desde Ohio a Texas.

De acuerdo con el diario New York Daily News, los servicios de emergencia recibieron la advertencia de varios conductores, que vieron diversos contenedores de los que salía humo (producto de los refrigerantes) y un aroma “desagradable”, según calificaron las autoridades.

Un boleto de la línea de micros Greyhound encontrado en el lugar alertó al personal de emergencia quién era el responsable del transporte, quien no tenía idea de lo sucedido.

Enlace original: http://www.perfil.com/contenidos/2011/09/04/noticia_0020.html

09 septiembre, 2011

El clown de los clowns


Por Eduardo Berti

Nacido en Clare Market (Londres), descendiente de italianos, Joseph Grimaldi fue el payaso británico más importante del siglo XIX y, por qué no, de los todos tiempos, a tal punto que su «nombre de guerra» (Joey) se usa todavía en Inglaterra como sinónimo de clown. En sus casi cincuenta años de carrera, Grimaldi trabajó en teatros hoy míticos como el Sadler’s Wells, el Drury Lane o el Covent Garden, por lo que su biografía ofrece también un panorama del teatro británico a comienzos de 1800.

La vigencia de Grimaldi se comprueba una vez por año, cada primer domingo de febrero, cuando cientos de payasos, arlequines y mimos del mundo entero se dan cita en Haggerston (Hackney), más precisamente en la iglesia de Todos los Santos (All Saints), para celebrar una misa en homenaje a Joey a la que religiosamente sigue un espectáculo:




Charles Dickens tenía veinticinco años cuando recibió la misión de reescribir y mejorar la biografía del célebre clown. De allí salió la primera edición de las Memorias de Joseph Grimaldi, publicada en 1838, poco después de la muerte de Grimaldi y de la aparición de Sketches of Boz y Pickwick Papers, los dos primeros libros de Dickens.

En diciembre de 1836, Joe Grimaldi había puesto fin a una extensa autobiografía cuyo manuscrito se considera en la actualidad extraviado. El original constaba de unas cuatrocientas páginas y era, según llegó a afirmar Dickens, «demasiado voluminoso». Se cree que Grimaldi dictó todas o casi todas las páginas de esta autobiografía y que a principios de 1837, no del todo satisfecho con el resultado, convocó a un ignoto escritor llamado Thomas Egerton Wilks para que puliese el libro a cambio de una porción de las futuras regalías.

Grimaldi falleció casi enseguida, el 31 de mayo de 1837, pero Wilks siguió trabajando por su cuenta abreviando varios pasajes, suprimiendo otros y replanteando la perspectiva del relato, que pasó a ser narrado en tercera persona.

En septiembre u octubre de 1837, Wilks le ofreció el libro a Richard Bentley, un editor que se había hecho rico y famoso tras lanzar las así llamadas «Stardard Novel Series»: versiones económicas y muchas veces en un solo tomo de diversas novelas que previamente habían sido publicadas en el formato entonces usual de tres volúmenes, entre ellas obras de Jane Austen o el Frankenstein de Mary Shelley. Desde 1836, Bentley editaba una exitosa revista llamada Bentley’s Miscellany en la que ofrecía breves ensayos, crónicas, cuentos de autores en ciernes como Edgar Allan Poe, caricaturas de humoristas como John Leech, ilustraciones de George Cruikshank y novelas por entregas. El primer editor de la revista fue un tal «Boz» que ya había trabajado como periodista para The True Sun, The Mirror of Parliament y The Morning Chronicle; se llamaba en verdad Charles Dickens y su segunda novela (Oliver Twist) estaba siendo publicada por entregas en la revista de Bentley por aquel entonces.

La biografía de Grimaldi escrita por Wilks no terminó de convencer a Bentley en cuanto a su calidad, pero poseía un innegable valor comercial. De modo que Bentley compró el texto, habló con Richard Hughes (albacea y heredero de Joey) y le pidió a Boz, a la sazón su hombre de confianza en cuestiones literarias, que editara y mejorara todo lo posible el libro.

Dickens se había casado un par de años atrás con Catherine Thompson Hogarth, acababa de tener a Charles Culiford (el mayor de sus diez hijos) y aguardaba a Mary, su primera hija. Los tiem- pos estaban cambiando tras la ya algo lejana Revolución francesa y tras la cercana muerte del rey Guillermo IV, en junio de 1837. Gobernaba la reina Victoria e Inglaterra ingresaba, sin sospecharlo, en uno de sus periodos más trascendentes: la era victoriana.

En plena escritura y publicación por entregas de Oliver Twist, Dickens había sufrido el duro impacto de la muerte de Mary Hogarth, hermana de su esposa a la que quería como una hermana propia. Esto causó que interrumpiera durante un tiempo sus labores, pero no atentó contra su cada vez más creciente popularidad.

Ya fuera porque prefería concentrarse en la obra que sería la sucesora de Oliver Twist (Nicholas Nickleby) o porque deseaba negociar un buen dinero a cambio de esta labor que en primera instancia no despertó su entusiasmo, lo cierto es que Dickens le dijo primero que no a Bentley y, enseguida, en una carta fechada el 30 de octubre de 1837, dijo que había releído el texto («está todo muy mal hecho») y que se hallaba «dispuesto a acceder» a cambio de trescientas libras, suma más que considerable en aquellos tiempos en los que el salario mensual de Dickens como editor de Bentley’s Miscellany era de cuarenta libras.

(...)

El texto final de las Memorias de Joseph Grimaldi, adjudicado a Boz, no fue publicado por entregas en la revista y salió a la venta en febrero de 1838 en forma de libro. En las primeras semanas se vendieron setecientos ejemplares, para gran dicha de Bentley y de Dickens, y llegaron a la editorial más de treinta cartas elogiosas.

Se cree que Dickens no llegó a presenciar ninguna actuación de Grimaldi, aun cuando el novelista comentó cierta vez que había visto actuar a Joey «en los remotos tiempos de 1823». Es posible que Dickens dijera esto último para defenderse de quienes objetaban su autoridad para editar las memorias de un payaso que no había visto actuar. A sabiendas de esto, Dickens llegó a argüir que Lord Braybrooke tampoco había conocido a Samuel Pepys, cuyo diario editó siglos después de la muerte de este. Y poco después, en un artículo publicado en la Bentley’s Miscellany bajo el título de «A chapter on clowns», un tal Willliam J. Thoms fue más lejos al afirmar que «lo que Boswell había hecho por Samuel Johnson, Boz lo ha hecho por Grimaldi».

Fragmentos de mi prólogo a las Memorias de Joseph Grimaldi, de Charles Dickens.

07 septiembre, 2011

Un Dickens desconocido

Desde hace pocos días está en las librerías españolas mi traducción de las Memorias de Joseph Grimaldi, un libro muy poco conocido de Charles Dickens que hasta hoy no había sido editado en castellano.


Cuando contaba con apenas veinticinco años y todavía firmaba como Boz, Charles Dickens recibió el encargo de reescribir las memorias de Joseph Grimaldi, el famoso clown, a partir de la propia autobiografía que el payaso había dejado escrita poco antes de morir. Grimaldi fue el payaso británico más importante del siglo XIX y, por qué no, de todos los tiempos, hasta tal punto que su “nombre de guerra” (Joey) se usa todavía en Inglaterra como sinónimo de clown. En sus casi cincuenta años de carrera, Grimaldi trabajó en teatros hoy míticos como el Sadler’s Wells, el Drury Lane o el Covent Garden, por lo que su biografía ofrece también un panorama del teatro británico a comienzos de 1800.

“A muchos lectores les parecerá absurdo que un payaso fuese un hombre tan sensible y refinado, pero así era Joe Grimaldi, quien sufrió tremendamente por culpa de su enfermedad y de sus muchos infortunios” (Charles Dickens)

Más información: aquí.

05 septiembre, 2011

Rendez-vous

Claude LELOUCH

El mito asegura que en 1976 el cineasta francés Claude Lelouch (Un hombre y una mujer, Los unos y los otros, etc) puso una cámara de cine al frente de una Ferrari 275 GTB e invitó a un amigo, piloto profesional de Fórmula 1, a que viajase por el corazón de Paris al amanecer, a la mayor velocidad posible. La película debía durar 10 minutos y el trayecto sería de Porte Dauphine hasta la Basílica de Sacre Coeur. El viaje se efectuó en poco más de 9 minutos violando semáforos en rojo, esquivando peatones y haciendo algunos metros en contramano. Tras estrenar el cortometraje (bautizado "C'était un rendez-vous"), Lelouch fue detenido y la película, prohibida, se convirtió en un objeto de culto "underground".



Tres décadas más tarde, en el año 2006, Lelouch concedió una entrevista televisiva en la que contó cómo hizo el cortometraje y, de paso, repitió el trayecto en compañía de un periodista:



La versión de Lelouch difiere bastante del mito. Quien condujo el coche fue él mismo, no un piloto profesional de Fórmula 1. Y el viaje no se hizo a bordo de una Ferrari, sino de una Mercedes. Más tarde, en la mesa de edición, Lelouch añadió el sonido de una Ferrari.



04 septiembre, 2011

La isla de Crusoe

El diario La Nación, de Argentina, publica un breve artículo en el que sostiene que la isla donde anteanoche se precipitó un avión de la Fuerza Aérea de Chile con 21 ocupantes a bordo (ver noticia) es la mismísima isla que inspiró al inglés Daniel Defoe a escribir la célebre novela Robinson Crusoe. El texto dice:

Robinson Crusoe es la obra más famosa de Defoe. Fue publicada en 1719 y narra las aventuras de un náufrago inglés que vive veintiocho años en una isla remota. La historia habría tenido como inspiración hechos reales ocurridos a Pedro Serrano y Alexander Selkirk, marineros español y escocés, respectivamente, quienes naufragaron y dejaron constancia de sus odiseas.

En cuanto a la isla, forma parte del archipiélago Juan Fernández y se encuentra a 670 kilómetros de las costas de San Antonio, en el Pacífico Sur. Tiene menos de cien kilómetros cuadrados y su población, según el censo de 2002, es de 630 personas. El acceso a la isla sólo es posible mediante avionetas o barcos.

Fue descubierta en 1574 por el navegante español Juan Fernández; de ahí su nombre. Hasta 1931 fue sede de una prisión. La isla es Parque Nacional de Chile desde 1935 y Reserva Mundial de la Biosfera por declaración de la UNESCO desde 1977.

La isla saltó a la fama en 2005, cuando se anunció el hallazgo de un enorme tesoro que habría sido enterrado por piratas en el siglo XVIII y se desató una verdadera "fiebre del oro" en la zona.

En febrero de 2010, el terremoto y el tsunami que sacudieron la región barrieron con sus playas. Las olas que siguieron tras el sismo de 8,8 grados que azotó a Chile arrasaron con hosterías, oficinas y con la sede del municipio, situados cerca de la costa
Enlace original:
http://www.lanacion.com.ar/1403182-la-isla-donde-cayo-el-avion-es-la-de-robinson-crusoe


03 septiembre, 2011

Percival Everett


Lo mucho o poco que leí del escritor estadounidense Percival Everett me pareció sumamente interesante. Ahora me acabo de enterar de que se ha publicado en español la traducción de uno de sus libros más encomiados: la novela X. Esto es una parte de lo que Alberto Manguel escribió acerca de Everett, hace pocos días, en el suplemento Babelia de El País:


No es de extrañar que uno de los más audaces, originales, inteligentes escritores norteamericanos de nuestra época no sea debidamente consagrado en su propio país: en los Estados Unidos, Percival Everett es casi un desconocido. Los estragos causados por los conglomerados editoriales y las vastas cadenas de librerías, intentos en convertir al libro en fugaz producto de consumo, han imposibilitado el reconocimiento de auténticos talentos literarios, y han condenado a los lectores de la patria de Faulkner a los minúsculos méritos de un Jonathan Franzen o a las obscenidades de un Brett Easton Ellis. Talleres de escritura que reducen la novela a supuestas fórmulas mágicas, editors que podan y maquillan los manuscritos según el gusto comercial del momento, distribuidores analfabetos que deciden qué libros merecen ser publicitados y cuáles no, suplementos literarios cada vez más breves y más necios, han hecho que la literatura norteamericana sea hoy la más vendida y la más traducida en el mundo entero, y también la menos interesante y la más efímera.

Afortunadamente, la literatura descree de apegos nacionales, y a veces sucede que un escritor ignorado en su tierra natal sea reconocido en el extranjero. Francia, a través de Baudelaire, reveló los méritos de Edgar Allan Poe, Alemania los de Cees Nooteboom, Argentina los de Calvino, Italia los de Sándor Márai. Everett ha encontrado lectores sagaces en Europa (su obra ha sido coronada con el Premio Gregor von Rezzori a la mejor novela traducida al italiano) y si bien tales encomios no han merecido el interés de sus compatriotas, sus extraordinarias novelas han adquirido un público cada vez mayor del otro lado del océano. Ahora Blackie Books de Barcelona ofrece a los lectores españoles una de las mejores novelas de Everett, en una eficaz traducción de Marta Alcaraz.

Las más de veinte obras que Everett ha publicado desde 1983 (cuando apareció su primera ficción, Suder) tienen todas un tono ácido, a veces sarcástico, a veces irónico, siempre paródico. En 1993, David Foster Wallace (otro de los autores impulsado por la ola comercial) trató de argüir, con inconsciente ironía, que la ironía debilitaba la ficción, y que el escritor norteamericano debía reconocer, sin críticas y sin burlas, la "auténtica belleza" de la cultura popular de su país. Everett, sabiamente insensible a los ingenuos argumentos de Wallace, retrata con humor feroz la sociedad norteamericana. El racismo esencial, la veneración machista del aventurero sin escrúpulos, la corrupción política y la vocación democrática, la violencia intrínseca del puritanismo, son expuestos sutil y convincentemente a través de una prosa muchas veces brillante, muchas veces cómica, conmovedora y poética, siempre original. Nadie se parece verdaderamente a Everett: remotos antepasados podrían ser el Petronio del Satiricón y el Laurence Sterne de Tristram Shandy. Sus raíces intelectuales yacen en Atenas y Roma, deuda hecha explícita en al menos tres de sus anteriores novelas, y a través de citas de Tito Livio, Horacio y Ovidio en ésta, pero la voz de Everett, en cada uno de sus libros, es obvia y certeramente la de nuestro miserable siglo.

El texto completo, aquí:
http://www.elpais.com/articulo/portada/Percival_Everett/busca/exito/traves/novela/vergonzosa/elpepuculbab/20110820elpbabpor_6/Tes