14 mayo, 2011

Creer en Dios


La idea de Dios me parece fascinante y Dios, el personaje más extraordinario inventado por nuestra imaginación; creo que la religión ocupa un lugar de primer orden dentro de la literatura fantástica. Para mí eso es una cualidad, no una razón para dejarla de lado. Me fascinan los argumentos teológicos. Tengo una biblioteca bastante importante de libros de teología. Lo que me gusta de los argumentos teológicos es un poco el equivalente del uso que se le daba al latín en mi colegio secundario. No era para aprender el idioma –y me da pena que no haya sido así–, sino para adquirir la base para el estudio de la gramática; en consecuencia, la manera de pensar y una preparación para el razonamiento y la lógica. A mí me pasa lo mismo con la teología. Poco me importa que el punto de partida sea cómo justificar la idea de la Trinidad o cómo explicar el sacrificio de Abraham. Lo que me interesa es la manera en que se desarrollan esos argumentos. Los argumentos teológicos tienen una belleza poética que me atrae muchísimo. Pero me puedo sentir atraído sin sentir la necesidad de decir al mismo tiempo: «Creo en la existencia de Caperucita Roja». Asimismo me sorprenden –y esto desde que soy muy chico– las lecturas que no diferencian entre la realidad imaginaria de una historia y la realidad supersticiosa. Es decir, la necesidad que puede tener el lector de creer que, porque una historia tiene la fuerza de reflejar su propia vida, de explicarle el mundo –como puede ser un episodio en un texto religioso–, los elementos que la constituyen, los personajes creados para contarla deben tener necesariamente una realidad objetiva. Lo que me impresiona mucho de todo eso es que esa gente que necesita creer en un dios (¡un dios de carne y hueso!) no sea capaz de imaginar un dios más allá de esa necesidad de creencia. Qué divinidad mezquina esa que nos exigiría a nosotros, pequeñas hormigas, granos de polvo, la obligación de creer en ella... ¡Ni el más mezquino de los gobernadores de provincias exige que los ciudadanos crean en él! ¡Da sus órdenes y basta! Pero en el caso de la religión se trata de nuestra relación con el gobernador supremo y nos parece que se va a enojar si no se le dirige la palabra.

Alberto Manguel, "Conversaciones con un amigo"