22 abril, 2011

Habla el libro


Anne-Marie me hizo sentar frente a ella, en mi sillita; se inclinó, bajó los párpados, se durmió. De esa cara de estatua salió una voz de yeso. Yo perdí la cabeza: ¿quién contaba, qué y a quién? Mi madre se había ido: ni una sonrisa, ni un signo de connivencia, yo estaba exiliado. Y además no reconocía su lenguaje. ¿De dónde sacaba esa seguridad? Al cabo de un instante había entendido: el que hablaba era el libro. Salían de él una frases que me asustaban; eran verdaderos ciempiés, hormigueaban de sílabas y de letras, estiraban los diptongos, hacían vibrar a las consonantes dobles; cantarinas, nasales, cortadas por pausas y por suspiros; ricas de palabras desconocidas, se hechizaban con ellas y con sus meandros sin preocuparse por mí. (…) Cuando acabó de leer, le quité rápidamente los libros y me los llevé debajo del brazo, sin darle las gracias.


Jean-Paul Sartre, “Las palabras” (editorial Losada)
Traducción de Manuel Lamana