11 abril, 2011

Definir el mundo


La increíble y épica historia del diccionario de Samuel Johnson es contada, con lujo de detalles, por Henry Hitchings en su fascinante libro Defining the World (Farrar, Strauss & Giroux, New York, 2005).

La primera edición del diccionario (que totalizaba más de 42 mil entradas) fue publicada en abril de 1755 y de inmediato pasó a ser durante un siglo y medio, hasta la aparición del Oxford English Dictionary, la referencia obligada en su lengua.

Fue Robert Dodsley, un editor, quien le propuso a Johnson la idea de compilar un diccionario. Esto ocurrió a comienzos de 1746 y Johnson al principio dudó. A la postre consiguió media docena de amanuenses y estimó de manera errónea y optimista que el proyecto le llevaría no una década, como finalmente ocurrió, sino tan sólo tres años.

Los primeros diccionarios de lengua inglesa habían sido publicados en el siglo XVI, pero no aportaban siempre referencias muy precisas, como indica Hitchings. En el Universal Etymological English Dictionary, compilado por Nathan Bailey, un gato era "una criatura bien conocida" y negro era "un color".

Lo colosal de la tarea de Johnson es que hizo, casi a solas, lo mismo que en otros países corrió por un cuenta de un grupo numeroso nucleado en torno a una Academia. Tal el caso, por ejemplo, de Francia donde cuarenta miembros tardaron alrededor de cincuenta años hasta dejar listo un diccionario oficial.

Johnson se ocupó no sólo de ofrecer definiciones, sino también (en lo posible) etimologías y, sobre todo, ejemplos de uso literario. Esto último fue acaso lo más placentero de su trabajo ya que Johnson, como se sabe, era un lector muy voraz. "Estaba menos interesado en el lenguaje que en el uso que hacían de él los escritores", piensa Hitchings para quien toda la empresa fue, primero y principal, un enorme "acto de lectura" y una suerte de "antología".

Muchas definiciones se basan casi por completo en la experiencia (plausible) del lector. Rojo es "el color de la sangre" y los vermichellis se comparan con los gusanos. Pero en otros casos Johnson se empeña en conseguir definiciones más "autónomas", si vale el término.

Ciertas definiciones resultan más subjetivas que otras. Una pesadilla es "una mórbida opresión nocturna que se parece a cuando algo nos oprime el pecho".

Ciertas definiciones son de una cautivante poesía. Una marioneta es "un actor de madera". Un trance es "la ausencia momentánea del alma".

Ciertas definiciones, por el contrario, resultan demasiado simples (una sonata es "a tune") o algo reductoras (un pez es "todo animal que vive en el agua", sin tomar en cuenta a las focas o a las esponjas, como bien apunta Hitchings) o incluso crédulamente supersticiosas: la tarántula es "un insecto cuya mordedura sólo se cura con música".

En cuanto a la palabra "trolmydames", Johnson no tiene empacho alguno en indicar en una inusual primer persona: "de esta palabra ignoro su significado".

Tras unas cinco ediciones que sumaron alrededor de 6 mil ejemplares, en 1756 se editó la primera versión "reducida" del diccionario del doctor Johnson y esto marcó el inicio de la canonización del libro, como también la de su autor que no tardó en convertirse en una celebridad cultural.

Libro único y fundamental, el diccionario de Johnson fue un instrumento imperial, una ayuda o inspiración para cientos de escritores, una "autobiografía" (cree Hitchings) más o menos involuntaria y (algo que no puede decirse por lo común de los diccionarios tal como los conconemos) una auténtica "obra literaria".

4 comentarios:

Christian C. Londoño dijo...

Boswell cuenta:

«Una dama le preguntó [a Johnson] cómo había podido definir "cuartilla", referido a la anatomía equina, como 'la rodilla de un caballo', y [éste] respondió al punto: "Por ignorancia, señora; por pura ignorancia"».

Y en una carta de 21 de agosto de 1784, Johnson se defiende:

«Los diccionarios son como los relojes: el peor es mejor que ninguno, y el mejor no puede esperarse que sea fiel del todo».

Gracias por estas últimas, geniales entradas sobre Johnson y su Diccionario.

Un saludo.

Eduardo Berti dijo...

Muchas gracias, Christian. El libro de Hitchings, por cierto, recoge ambas cosas: la anécdota y la comparación con los relojes.

Gabriel Muscillo dijo...

Eduardo:
Me trajo a tu blog la referencia al editor Robert Dodsley. Se lo supone autor de un curioso librito: "La Economía de la Vida Humana", vademecum de moral con cierto tizne místico, que apareció atribuido a "un antiguo bracmán". Lo interesante es que, traducido al castellano por un tal Yermo, causó sensación como muestra de la "sabiduría oriental" en la Buenos Aires de fines del siglo XVIII. Influenció poderosamente a Labardén, por ejemplo.
Un gusto contactarte. Soy un viejo condiscípulo del ISER. Ya no escribo ficción: me dedico al indiscreto oficio de la Historia. Tengo varios libros y artículos a cuestas, y soy miembro del Instituto Histórico de mi patria adoptiva, Lomas de Zamora.

Eduardo Berti dijo...

Es muy interesante, Gabriel, lo que me contás. No sabía nada de esto. Gracias por pasarte por acá. No será como los concurridos pasillos del Iser, pero es una forma de estar en contacto. Un saludo!