14 febrero, 2011

Más creíble


Recorríamos el mercado intercambiando comentarios triviales. Los puestos estaban tan apiñados que apenas quedaban espacios libres entre ellos. Los tenderos se disputaban a gritos la atención de los transeúntes.

-Mamá, esas zanahorias tienen muy buena pinta –le dijo un niño a su madre, que llevaba un cesto con la compra.

–¡Pero si a ti no te gustan las zanahorias! –respondió la madre, asombrada.

–Pero ésas parecen muy sabrosas –protestó el niño. Parecía un chico listo.

–El niño tiene razón -intervino el verdulero, levantando la voz.

–¿Por qué le parecerán tan sabrosas? –se preguntó el maestro, examinando las zanahorias con seriedad–. A mí me parecen normales.

–Tal vez.

El sombrero panamá del maestro estaba un poco ladeado. Avanzábamos empujados por la multitud. De vez en cuando, la silueta del maestro desaparecía entre el gentío y yo lo perdía de vista. Entonces, buscaba la punta de su sombrero para dar con él. El maestro no parecía preocupado cuando nos separábamos. Si un puesto le llamaba la atención, se detenía de inmediato como un perro ante un poste de teléfono.

Vimos a la madre y el niño de antes frente a un puesto de setas. El maestro se quedó de pie tras ellos.

–Mamá, estas setas kinugasa tienen muy buena pinta.

–Pero si a ti nunca te han gustado las setas.

–Pero ésas parecen muy sabrosas.

La madre y el hijo repitieron la misma conversación de antes.

–¡Son un señuelo! -exclamó el maestro, alborozado.

-Es una buena idea usar como reclamo a una madre y un hijo.

–Pero lo de las setas fue demasiado. ¿Qué niño conoce las setas kinugasa?

–¿Está seguro?

–¡Pues claro! Si hubiera hablado de champiñones habría sido más creíble.

Hiromi Kawakami, "El cielo es azul, la tierra blanca" (Acantilado)