30 septiembre, 2010

El pintor y el cura

Leonardo DA VINCI


Un sacerdote que un sábado santo recorría su parroquia para rociar las casas con agua bendita, como suele ser lo usual, llegó a la casa de un pintor y se puso a rociar algunas de sus obras. El pintor se sintió molesto y preguntó por qué lo hacía. El sacerdote respondió que así era la costumbre, que él cumplía con su deber de hacer el bien, y que quien hace el bien recibirá una recompensa ya que Dios prometió que el cielo devolverá cien veces el bien hecho en la tierra.

Mientras el sacerdote se retiraba, el pintor se asomó por la ventana, le arrojó el contenido de un gran cubo lleno de agua y dijo:

-Tal como habías predicho, aquí el cielo te devuelve cien veces el bien que hiciste con tu agua bendita, que arruinó la mitad de mis cuadros.



Fábula de Leonardo Da Vinci. La traducción, un poco libre, es mía.




28 septiembre, 2010

Refazenda



Crecí escuchando música brasileña: Jobim, Vinicius, Caetano Veloso, Gilberto Gil, Jorge Ben, Milton Nascimento, Elis Regina, Maria Bethania, Chico Buarque... Entre los 11 y 15 años de edad era casi lo único que escuchaba en Buenos Aires, aparte de los Beatles y alguna otra cosa aislada.

Conocí a Gilberto Gil no tantos años después. Tuve la audacia de escribir un texto de dos páginas acerca de él para un diario de Buenos Aires (Página/12) porque se anunciaba un concierto suyo en la ciudad, fui luego a ver su conferencia de prensa (fines de los años ochenta) y, al terminar, alguien nos presentó. "Él es el pibe que escribió la nota larga", le dijeron.

Gilberto Gil sonrió, me dijo que había un par de errores "pero no son graves", me explicó cuáles eran y luego nos fuimos a caminar por la ciudad. No recuerdo de qué hablamos. Pasamos dos o tres horas caminando sin parar y finalmente, a eso de las tres o cuatro de la tarde, le dije con la inocencia de mis 20 años que tenía que volver al diario donde trabajaba, que no podía seguir haciéndome "la rata".

"¿Al diario? Bueno, te acompaño", dijo Gil. Así fue cómo aparecimos en la primera redacción de Página/12, la que quedaba en la calle Perú, Gilberto Gil y yo.

Mis compañeros de la sección espectáculos se mataron de risa. "¡Lo trajiste!". "No, él quiso venir. Yo no lo traje".

Al día siguiente salió una nota de página entera: "Gilberto Gil visitó Página/12" o algo así. Temo que perdí el recorte.

Lo que recuerdo muy bien es que un momento Gil me preguntó cuál de todos sus discos era el que yo prefería.

No dudé un instante: "Refanzenda".

Este documental acabo de encontrarlo hace unos días en Internet. No sabía de su existencia. Es una joya...

Gilberto Gil, Refazenda (documental, 1975)

26 septiembre, 2010

Escribir según P. D. James


Una de las funciones del contexto es aportar verosi­militud al relato, una función de especial importancia en la narrativa de misterio donde suelen acontecer sucesos extraños, dramáticos o terroríficos que deben situarse en lugares muy tangibles donde el lector pueda entrar como entraría a una estancia conocida. Si nos creemos el lugar, podremos creernos los personajes. Además, el contexto puede establecer desde el primer capítulo la atmósfera de la novela, ya sea de suspense, terror, miedo, amenaza o misterio.

Una de las primeras decisiones que tiene que tomar un novelista, tan importante como la elección del lugar, es el punto de vista. De quién será la mente, los ojos y los oídos a través de los que nosotros, los lectores, parti­cipamos en la trama.

El narrador en primera persona tiene la ventaja de la cercanía y de la identificación y la empatía del lector con aquel cuya voz está oyendo. También puede contribuir a la verosimilitud del relato, dado que es más probable que el lector suspenda su incredulidad en los giros más inverosímiles de la trama si escucha la explicación de boca de la persona más implicada.
(...) Sin em­bargo, la desventaja del narrador en primera persona es que el lector sólo sabe lo que se sabe el narrador, sólo ve a través de sus ojos y sólo experimenta sus vivencias; por eso, por lo general, su uso es más apropiado en los thri­llers de acción que en la narrativa detectivesca.


P. D. James: "Todo lo que sé sobre novela negra" (Ediciones B)



23 septiembre, 2010

Cada despedida



Cada despedida es la segunda novela de Mariana Dimópulos, luego de Anís (2008). Como bien dice la reseña publicada en Radar (Página 12, Buenos Aires) por Nina Jäger, "no es solamente una novela que cuesta dejar de leer –de la que cuesta, en fin, despedirse– sino también, y sobre todo, un relato que nada tiene de lineal" y que "si al principio pareciera tratarse de una composición aleatoria, de un quiebre gratuito de la linealidad, si por momentos da la impresión de que todos los lugares, los amigos y los trabajos de la protagonista son prescindibles e incluso intercambiables, con el correr de las páginas se descubre que de ninguna manera es así: todos los fragmentos de la novela están en realidad motivados por la ulterior resolución del crimen"


Mariana quiso que escribiera la contratapa de su muy lograda novela. Hice lo mejor posible para estar a la altura de su alto libro:

Ella se siente viejísima con sólo veintitrés años, se va porque no puede o no quiere quedarse, peregrina de Madrid a Málaga, de Heilbronn a Heidelberg, siempre con el “síndrome de la valija”, se establece en un sitio como Berlín que es la perfecta metáfora de la “idea del otro lado”, sobrevive por momentos alimentada “como los pájaros, con el alpiste de la compasión” y vuelve diez años más tarde a la Argentina para enamorarse de un hombre y cavilar: “Me había ido para irme, simplemente”. Pero ya nada es lo mismo, desde luego. El padre ha muerto. Los recuerdos le pesan como un sombrero de piedra que no se puede sacar. Entre medio, hubo de todo: una loca que propina una cachetada, sabotajes en Ikea, mil y un oficios, Alexander, Julia y Kolya. Y ahora, cuando echa o parece echar raíces en la granja Del Monje, en el sur del mundo, entre frutillas y arvejas, entre Marco y Madame Cupin, una muerte, la policía, las sospechas…

Cada despedida es uno de esos libros en que lo breve se hace intenso. Una novela donde la prosa cuidada, de amplio y justo vocabulario, convive con una forma que esquiva la linealidad y siembra cierta indistinción entre memoria voluntaria e involuntaria. Una remembranza-puzzle cuya protagonista comienza afirmando que odia la interioridad (“la interioridad y esas otras baratijas de las dudas y los sentimientos”), pero también nos advierte su tendencia a la mentira. Que la narradora haya estudiado química tiene bastante sentido: estas páginas son una sólida aleación de escalas, reflexiones y adioses.

22 septiembre, 2010

El secuestro que no fue

Madrid, 21 sep (EFE).- La Guardia Civil ha detenido a un hombre de 38 años, vecino de Manzanares el Real, que denunció haber sido raptado por cuatro personas para ocultar a su esposa que se había gastado 300 euros en una noche en una discoteca de la localidad.

Según ha informado hoy la Comandancia de Madrid, el detenido, J.B.S., denunció que al salir del aparcamiento de la discoteca a las cinco de la mañana fue asaltado por cuatro jóvenes que, tras intimidarle con un cuchillo, le golpearon y le robaron 300 euros que llevaba en la cartera.

Después, según su versión, le obligaron a sacar más dinero de un cajero automático del municipio de Moralzarzal y le liberaron a las nueve de la noche, junto a su coche.

Ante la gravedad de los hechos denunciados, la Guardia Civil de Manzanares el Real inició una investigación que se prolongó durante cinco días, en los que se reconstruyeron los pasos seguidos por el denunciante el día de su supuesto secuestro.

Los agentes, sin embargo, consiguieron probar que la presunta víctima había pasado toda la noche en la discoteca con unas personas que acababa de conocer, y que abandonó el local a las 05.00 horas sin ningún tipo de incidencia.

La supuesta víctima fue entonces detenida, acusada de un delito de denuncia falsa, al considerar que lo que trataba era de justificar ante su esposa la elevada cantidad de dinero que había gastado aquella noche.

21 septiembre, 2010

Jugar con fuego


Era tan guapo, tan inocente, despertaba tanta lástima tras haber perdido a sus padres en aquel pavoroso incendio que a los que le adoptaron ni se les ocurrió prohibirle que jugara con cerillas. Tampoco sus padres lo habían hecho.

De "Cuentos malvados" (Espido Freire)


19 septiembre, 2010

Queriendo leer


Este es un caso: una mujer joven, de 28 años, felizmente casada, es madre de dos hijos preciosos, un niño de cinco y una de dos. Es de Montería, hija de un ama de casa y de un taxista (como Leticia, la futura Reina de España, es también nieta de taxista). Junto con su marido, deciden venir a vivir a Bogotá, en busca de mejores salarios. Él es albañil, gana más o menos bien, aunque su trabajo es inestable, y ella se dedica al servicio doméstico. Gana cuatro veces más de lo que ganaría en Montería, donde la mayoría de empleadas domésticas ganan alrededor de 40.000 pesos semanales. Estudió hasta quinto de primaria.

Tras cuatro años en Bogotá, decide que quiere graduarse de bachiller. Encuentra un instituto aprobado por el Ministerio de Educación (averigua, porque no tiene un pelo de tonta) y se matricula. Está feliz.

El primer libro que la ponen a leer es El cantar del mío Cid, el romance anónimo español escrito en la primera mitad del siglo XIV, hace casi 600 años. El cantar es la primera obra extensa escrita en lengua romance, un poema heroico de nada menos que 3.735 versos. Y fue escrito antes de la normativización ortográfica de mediados del XVI. Es decir, está en español antiguo, y las ediciones baratas que se consiguen a 5.000 pesos mantienen la ortografía original: “Oy los reyes d’España / sos parientes son, / a todos alcaça ondra / por el que en buena naçió”.

Por supuesto, no pasa un día antes de que un colega de curso le pase un resumen. Ella quiere hacer bien su tarea, pero el poema le resulta perfectamente ininteligible, como resulta incomprensible para a la mayoría de cristianos, sean nietos de reyes o taxistas. Lo intenta. Trata de leerlo en voz alta. Se concentra. Y sigue sin entender un solo verso. Se rinde, asustada por el inminente examen. Lee el resumen. Y esa es la primera idea que se lleva de lo que es un libro.

¿A quién diablos le debemos en Colombia la infamia de que se tenga que leer El cantar del mio Cid en segundo de bachillerato? ¿A quién diablos le debemos semejante idea de lo que debe ser el currículo escolar de literatura? ¿Quién fue el criminal?

Lo segundo que tiene que leer la joven mujer es un galimatías pseudofilosófico casi enternecedor, escrito por su profesor de filosofía. Está tan mal escrito que da una mezcla extraña de lástima y risa. Entreteje frases de Hegel y de Kant con un patético estilo “paulocohelesco”. Duele leerlo. Por supuesto, la joven mujer no entiende nada. Desafortunadamente, nadie entiende nada. Pero ella intenta, una y otra vez, leer con envidiable concentración, las seis páginas de fotocopias. Y al final, se rinde. No entiende.

A la joven mujer le han dicho toda su vida que los libros son conocimiento. Que si lee, será una persona mejor. Podrá conseguir un trabajo mejor. Será una persona educada. Tendrá acceso a una vida mejor. Y ahorra 20.000 pesos mensuales para que sus hijos puedan ir a la universidad.

Pero después de seis meses en el instituto, duda. No entiende la utilidad de leer. En su currículo no ha habido un solo libro del siglo XX. Ni un solo libro que aluda a su realidad. De hecho, apenas va por algunas églogas del Siglo de Oro. Sigue sin entender.


Fragmento del editorial del útimo número de la revista colombiana "Arcadia"

Enlace original y texto completo:
http://www.revistaarcadia.com/opinion/articulo/queriendo-leer/23280

18 septiembre, 2010

Sardinas al mar


Lo que más me atrae de Looking for Eric, de Ken Loach, no es tanto lo que atañe al director (que, sí, toca una cuerda de “cuento de hadas hooligan”), sino ante todo lo que atañe a Cantona y a los límites entre actor y personaje en el marco de una historia donde el puente entre fantasía y realidad se cruza continuamente.

El personaje del film idolatra al ex futbolista Eric Cantona, que en un momento de crisis se desprende del poster y aparece como una suerte de consejero-duende espiritual. Que Cantona sea interpretado por Cantona no es asombroso, en rigor. Lo particular del caso es que Cantona, luego de su carrera deportiva ( Olympique de Marseille, Leeds y sobre todo Manchester United, entre otros clubes), se convirtió en actor y trabajó en unas quince películas antes de ésta. De modo que es un actor quien se interpreta a sí mismo no interpretándose como actor (no Jes ohn Malkovich en Being John Malkovich) sino como un ex fubolista, porque de su presente actoral nada se dice en la ficción.


Revisitar los viejos videos de Cantona en sus épocas deportivas permiten, acaso, adivinar el futuro. Tal vez haya sido, la suya, la primera camada de futbolistas con conciencia cabal de la cámara. Pienso en el festejo del gol de Maradona contra Grecia (mundial 94), pienso en aquella idea de Bilardo: que los jugadores pronto gritarán los goles junto a tal o cual cartel publicitario, según les convenga. En 1995, Cantona le asestó una brutal patada karateca a un espectador (http://www.youtube.com/watch?v=u-WmfTIRUWY), fue suspendido por nueve meses y sancionado con dos semanas de prisión —sustituidas por horas de servicios comunitarios— más una elevada multa económica. En medio de eso dio una conferencia de prensa inverosímil que Loach reproduce en el film: “Las gaviotas siguen al barco porque saben que tarde o temprano caerán sardinas al mar".



16 septiembre, 2010

El libro de las respuestas

Pablo NERUDA


No soy el primero (ni seré el último) en caer en la tentación de responder a las preguntas del "Libro de las preguntas", de Neruda. Sepan disculpar los lectores...

¿De dónde saca tantas hojas

la primavera de Francia?

De la canción de Prévert cuyas hojas muertas, como decía Gainsbourg, nunca terminan de morir.


¿Si se termina el amarillo
con qué vamos a hacer el pan?

Con el negro y será pan integral.


¿Quién oye los remordimientos
del automóvil criminal?

El pobre Padre Compresor, si es que el automóvil concurre a la iglesia.


¿Cuántas iglesias tiene el cielo?

Una por cada religión y Dios no entiende por qué.


¿Por qué se suicidan las hojas
cuando se sienten amarillas?

Porque amalgaman su amarillez con Mishima.


¿Cuántas abejas tiene el día?

Tantas como ovejas se contaron la noche anterior.


¿Es verdad que reparten cartas
transparentes por todo el cielo?

Es verdad, se llaman emails.

14 septiembre, 2010

Limericks de María Elena Walsh


Parece que en Japón había un mono,
Que dormía la siesta con kimono.
- Qué cosa rara es
- decía un japonés -
ver a un mono en kimono haciendo nono.


Un gato de la Luna dijo miau

justo cuando pasaba un astronau-
ta, que iba tan ligero
que se quitó el sombrero
pero no pudo contestarle chau.


En Tucumán vivía una Tortuga
viejísima, pero sin una arruga,
porque en toda ocasión
tuvo la precaución
de comer bien planchada la lechuga.

"Zoo loco", María Elena Walsh




13 septiembre, 2010

El hilo de la revelación


Los acontecimientos de nuestras vidas se desarrollan en una secuencia temporal, pero encuentran su propio orden en la significación que adquieren para nosotros; se trata de un calendario que no es necesariamente cronológico, que puede o no puede serlo. El tiempo, tal como lo conocemos subjetivamente, es muchas veces como la cronología que hallamos en los cuentos y en las novelas: el hilo contínuo de la revelación.

Eudora Welty, "One Writer's Beginnings"

12 septiembre, 2010

Jugar a las diferencias

Brasilia, año 1960. Fotografía de Adolfo BIOY CASARES


Los brasileros resolvieron –habría que saber cuándo, o si les viene de sus padres portugueses– jugar a las similitudes y no a las diferencias. Ven el horizonte repleto de barcos rebosantes de arracimados alemanes, libaneses, japoneses y les gritan «¡Bienvenidos!», abren los brazos, los encuentran hermosos, parecidos a ellos. Con igual espontaneidad los argentinos jugamos a las diferencias y cerrando los puños mascullamos: «¡Foráneos de mierda!».

Adolfo Bioy Casares, "Unos días en el Brasil" (La Compañía)

Más sobre el libro: acá.



11 septiembre, 2010

El emperador del sinsentido

Eduardo Ainbinder escribió para el diario Perfil, de Buenos Aires, un jugoso artículo consagrado a Edward Lear con la excusa de la edición argentina de mi traducción de “El cuento de los cuatro niños que dieron la vuelta al mundo (y algunos limericks)” (Adriana Hidalgo/colección Pípala).

Por Eduardo Ainbinder

En su célebre ensayo A Defense of Nonsense, Gilbert K. Chesterton llamó a Edward Lear “ciudadano de tiempo completo en el mundo del sinsentido”, en contraposición al otro referente de la literatura del “nonsense”, Lewis Carroll, a quien juzgaba dividido entre la respetabilidad que exigía la sociedad victoriana y la transgresión disimulada. Pero Chesterton va más allá de diferenciarlos y toma partido por Lear (epiléptico, depresivo, en extremo miope y con piernas defectuosas, males que sin embargo no le impidieron ser el extraordinario ilustrador de sus propios poemas y además uno de los viajeros más vigorosos del siglo XIX) considerándolo temerariamente no sólo superior al autor de Alicia en el país de las maravillas, sino también “cronológica y esencialmente el padre del desatino”, ya que cuando Carroll publicaba Alicia, hacía casi dos décadas que su primera colección de limericks, A Book of Nonsense, ya circulaba con éxito en Inglaterra. La primera edición es de 1846 y apareció firmada con el seudónimo de Derry Down Derry. Recién la edición de 1861 aparecerá con su verdadero nombre en la portada.

Cabe recordar que el limerick es un poema de cinco versos con un esquema de rimas aabba: “Había un anciano de Praga/ Que se contagió una plaga/ Pero le dieron manteca/ Lo que alivió su jaqueca/ Y curó a aquel hombre anciano de Praga”. De hecho casi todos los que escribió empiezan de la misma manera: “Había un señor de Bohemia” o “Había un anciano del Nilo” o “Había una muchacha en Turquía”. En su ensayo sobre Lear, César Aira define su mecanismo interno de la siguiente manera: “Con el primer verso está todo dicho; lo que le sucede a esa persona dependerá de la rima. El segundo tramo, la segunda rima, es la peripecia. El último verso, al repetir el primero, desmiente la historia; todo queda como estaba, y en realidad todo estuvo siempre como estaba: mientra sucedía el relato, todo permanecía en su lugar. En cuanto al sinsentido, es eso precisamente: el relleno a presión con elementos de sentido de un marco fijo preestablecido. El hallazgo del formato tiene la virtud de dejar que la obra se haga sola”. En otro de los poemas –siempre pródigos en situaciones absurdas, disparatadas, a menudo no exentas de crueldad– varias aves anidan en la tupida barba de un hombre o una mujer afila la punta de su mentón para tocar un arpa, aunque, como dice Aira en su ensayo, “esas cosas pasan”. De hecho, en una de sus cartas Lear da cuenta de un marinero con tal apego a su Nonsense Book que afirmaba haber conocido personalmente a una dama a quien le ocurría el mismo estrambótico suceso que a uno de los personajes de sus limericks.

Aunque no fue su inventor, su nombre y el del limerick están indisolublemente ligados, no sólo por haberlos llevado a su máxima expresión, sino porque también los transformó en un género viajero y por ende autobiográfico, si coincidimos en que el arte de viajar no es ajeno al de conocerse. Sus alfabetos con rimas, su botánica fantástica –que incluye plantas como la Tickia Orologica, productora de relojes de bolsillo– y la totalidad de sus poemas, están destinados a los más pequeños; sin embargo, su obra trasciende absolutamente esa finalidad.

El primero que tradujo en el país alguna de estas breves piezas fue Elías Gallo, para una antología sobre el humor absurdo compilada por Eduardo Stilman en 1967, de la que formaban parte Rebelais, Kafka y Jarry, entre otros. El cuento de los cuatro niños que dieron la vuelta al mundo (y algunos limericks), que acaba de editar Adriana Hidalgo en su colección Pípala, con traducción y notas de Eduardo Berti, puede considerarse como el primer libro de este excéntrico inglés publicado en Argentina. La edición está acompañada por los dibujos del autor, aunque con el agregado de color en los fondos intervenidos digitalmente. Escrito en 1867, el relato cuenta las peripecias de cuatro hermanitos que se proponen dar la vuelta al mundo en un bote timoneado por un gato. Los otros tripulantes son un anciano kuango-mango (personaje perteneciente a la misma familia de otras creaciones suyas, como el Dong de nariz luminosa o El Pobble que perdió los dedos del pie) y una tetera gigante que también sirve a los niños como dormitorio. En su periplo los viajeros descubren una isla repleta de costillas de ternera y caramelos de chocolate, o al desembarcar en otras tierras se encuentran “con un objeto solitario” advirtiendo que lo que habían tomado como “una descomunal peluca blanca posada sobre un sillón hecho de ostras y bizcochuelo” era en verdad una cabeza de coliflor “capaz de caminar aceptablemente bien con movimientos elegantes y ágiles, arrastrándose con el rabo, una especie de proeza que por supuesto hacía que ahorrase en materia de medias y zapatos”.

Como en la mejor literatura infantil, el relato está lejos de ser un compendio de aventuras aleccionadoras. Si Lear hace dar la vuelta al mundo a los cuatro niños es para expandir (en eso reside su cruzada) el orden autónomo de la niñez.


Enlace original: http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0501/articulo.php?art=24026&ed=0501

10 septiembre, 2010

El genio


Froté la lámpara maravillosa por tercera vez.

–¿Qué deseas? –preguntó el genio del turbante.

–Quiero ocupar tu lugar –le respondí.

Desde entonces, cada vez que quiero algo, friego mi lámpara y aparezco.

Ya no tengo pretensiones insatisfechas, eso es bueno. Pero me aflige sentir que, con el tiempo, esta horrible omnipotencia en cautiverio me fue robando el placer de desear y de cumplirle, a quien me llame, sus deseos.


Cuento de Martín Gardella (ver la entrada anterior), publicado en su reciente libro Instantáneas.

08 septiembre, 2010

Cinco libros: Martín Gardella

Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.


El voto de Martín Gardella:


Últimamente, me dediqué básicamente a la lectura de cuentos y microficciones.
Por eso, he decidido elegir 5 libros de cada uno de esos géneros para compartir con todos los lectores de tu blog. Son libros a los que siempre regreso, con renovado placer. Espero que te gusten.

Cinco recomendaciones de libros de microrrelatos:

- Crímenes ejemplares, Max Aub
- Cazadores de letras, Ana María Shua
- Los cuatro elementos, David Lagmanovich
- Ajuar funerario, Fernando Iwasaki
- El gato de Cheshire, Enrique Anderson Imbert





Cinco recomendaciones de libros de cuentos:

- En la calle del Alquimista, Franz Kafka
- Historias en la palma de la mano, Yasunari Kawabata
- Crónicas del ángel gris, Alejandro Dolina
- Antología de la literatura fantástica, Borges, Bioy Casares y Ocampo
- Confabulario definitivo, Juan José Arreola

Martín Gardella
nació en La Plata, Argentina, en 1973. Vive en Buenos Aires desde 1984. Es abogado y profesor universitario. Como lector, le gusta lo breve. Como escritor, recibió menciones y premios en varios concursos nacionales e internacionales. Varios de sus cuentos y minificciones han sido incluidos en diversas antologías y revistas dedicadas al género, publicadas en Argentina, España, México, Perú, Chile e Internet. Es el creador del blog El Living sin Tiempo, su bitácora de cuentos breves y brevísimos, y miembro del Comité Editorial de Internacional Microcuentistas. En 2010 publicó bajo el sello editorial Andrómeda
su libro Instantáneas, que contiene 158 microrrelatos de su autoría.

07 septiembre, 2010

La ciudad de las palabras




Hace casi dos mil años Luciano de Samosata escribía lo siguiente: “Ya que nada verdadero tengo para contar –porque nada digno de mención me ha ocurrido- me he dedicado a la ficción de modo mucho más descarado que los demás. Pero en una sola cosa seré veraz: en decir que miento.”

Los lectores de ficción sabemos, por experiencia, que la literatura consiste, como lo formulara Vargas Llosa, en “la verdad de las mentiras”.

“Somos mentirosos”, escribió alguna vez Juan Rulfo. “Todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación.”

A pensar a fondo estos conceptos de verdad y de mentira, tanto en el discurso de la ficción como en el discurso político, se ha consagrado Alberto Manguel en los ensayos/conferencias que integran “La ciudad de las palabras”, su más reciente libro (que sucede a una novela que —casualmente o no— se titula “Todos los hombres son mentirosos”) en el que nos plantea una inquietante paradoja: por un lado, tenemos el lenguaje de los políticos, que pretende referirse a categorías reales pero que acaba congelando las identididades en definiciones estáticas, sin conseguir individualizar a los hombres; por otro lado, tenemos la lengua de la poesía y de la ficción, que reconoce la imposibilidad de nombrar con exactitud y de manera defitiniva, pero que así y todo nos ayuda y nos otorga identidades que nos revelan a nosotros mismos.

La ficción, nos dice Manguel, un oficio que “se jacta de construir la realidad con las palabras”, no suele ni debería ocuparse de dar respuestas concluyentes ni explicaciones esquemáticas ni postulados absolutos, pero eso no implica, para nada, que equivalga a una fabulación estéril.

Cuando ilumina con su obra, todo escritor o “hacedor” redefine las creencias y amplía las definiciones o, digamos, nuestra visión del mundo.

“El conocimiento de diferentes conceptos de tiempo y de espacio (como los que propone Kafka en sus fábulas)”, nos recuerda Manguel (p. 109), puede ser muy útil para que volvamos a imaginar o pensar los límites impuestos por nuestros propios conceptos.

En otros términos, a la “imaginación restrictiva de las burocracias” y al “uso limitado del lenguaje politico” (pag. 41), nuestras ficciones suelen oponer un “universo ilimitado de palabras”.

El vínculo entre “mentiras políticas” y “verdades literarias”, como lo proclama el subtítulo del libro, es central en este conjunto de ensayos; pero la riqueza de “La ciudad de las palabras” no se agota en absoluto con esto que acabo de plantear.

En su prólogo, Manguel explicita una serie de preguntas sobre las cuales se articulan los cinco ensayos: ¿Cómo determina, limita y amplía el lenguaje nuestra forma de imaginar o concebir el mundo? ¿Por qué buscamos definiciones de identidad en las palabras y cuál es, en esa búsqueda, el papel del narrador? ¿Cómo nos ayudan los relatos a percibirnos a nosotros mismos y a los otros?

El tema del otro y de “lo otro” es también fundamental en este libro.

Al referirse a “La epopeya de Gilgamesh” (que estima como la primera vez que, en la historia de la literatura, aparece el recurso del “libro dentro del libro”) y al vínculo entre Gilgamesh y el antagonista de la historia (o sea, Enkidu), Manguel señala que el lazo de un protagonista con otro es esencial en la ficción y que, en cierto sentido, la historia de la literatura puede interpretarse como la historia de relaciones que se iluminan mutuamente (p. 48). Parejas de amantes, de amigos, de colegas o de enemigos. De amo y criado. De maestro y discípulo. Desde Caín y Abel hasta Fausto y Mefistófeles; desde Sherlock y Watson hasta Bouvard y Péchuchet. Sin hablar del caso del Quijote, que Manguel postula así: “Cervantes y su otro yo, Cide Hamete Benengeli, se reflejan a su vez en una pareja de dobles, sus criaturas de ficción, don Quijote y el escudero Sancho Panza, que comienzas sus aventuras con personalidades totalmente opuestas y acaban siendo dos personajes entrelazados, como Gilgamesh y Enkidu” (p. 115).

Toda relación literaria, explica Manguel, supone una de las tres formas de ver al otro (p. 82):

(1) como un ser fantástico o irreal, (2) como una amenaza que codicia lo que poseemos y amenaza nuestra identidad, o (3) como un benefactor creativo que nos legará sabiamente su experiencia.

(El otro hostil, por supuesto, sirve y ha servido desde hace siglos para explicar o justificar los males de nuestra sociedad y diversos horrores políticos).

Alfred DOBLIN


“La ciudad de las palabras” es un libro que viaja de un tema a otro, de un autor a otro, de una época a otra con una envidiable conjunción de libertad y coherencia argumentativa; un libro que va de una novela inconclusa de Jack London al apasionante caso de los “libros plúmbeos” a fines del siglo XVI, de la historia de los inuits a la vida y la obra del alemán Alfred Döblin

Aludiendo a Döblin, precisamente, Manguel nos cuenta que el autor de “Berlin Alexanderplatz” se jactaba de leer “como la llama lee la madera”.

Semejante metáfora podría aplicarse, sin exageración, al propio Alberto Manguel, uno de esos lectores de fuego que en su ardor ilumina y enseña con su perspicacia, con su juicio crítico y con los caminos que abre en el bosque de los libros (caminos al margen de los cánones de moda, sean comerciales como académicos).

Autor de una “Historia de la lectura”, que le valió merecidos premios, y de libros con títulos como “Leyendo imágenes” o “Diario de lecturas”, Manguel es alguien idóneo, sin duda alguna, para ayudarnos a entender más a fondo los vínculos entre el lenguaje y el mundo, entre la ficción y la sociedad.

Los relatos no pueden protegernos del sufrimiento, del error, de la locura dañina o de la “codicia suicida”, es una de sus conclusiones, pero a veces y “por razones imposibles de prever” pueden “hablarnos de esa locura y esa codicia y recordarnos que debemos mantenernos alerta”.

“Los relatos”, dice Manguel, “pueden ofrecer consuelo frente al sufrimiento y palabras para dar nombre a nuestras experiencias”. La ficción puede ayudarnos a entender quiénes somos, puede sugerirnos “formas de imaginar un futuro” y proporcionarnos “alguna manera de permanecer vivos, juntos, en esta tierra maltratada”.


05 septiembre, 2010

El botón equivocado


Una voz automatizada de un avión de British Airways, que cubría la ruta Londres-Hong Kong el pasado martes, avisó por error a los 275 pasajeros del vuelo de que el aparato estaba a punto de estrellarse en el mar. Según publica el diario británico The Sun, una voz femenina automatizada alertaba de "un posible aterrizaje de emergencia sobre el agua".

"La gente estaba aterrorizada, pensábamos que íbamos a morir. Dijeron que el piloto pulsó el botón equivocado porque están muy juntos", ha señalado una de las pasajeras al diario.

En un comunicado, la compañía ha pedido disculpas a los pasajeros del vuelo por causarles un malestar "indebido" y ha señalado que la tripulación se percató del error e informó "inmediatamente" a los pasajeros de que el mensaje era erróneo y de que "el vuelo continuaría con normalidad". Un portavoz de la compañía ha dicho al citado diario que la compañía ha abierto una investigación para identificar el origen del error.

(Despacho de Europa Press recogido el pasado 28 de agosto por varios medios)

03 septiembre, 2010

Almas perdidas


Aquella vez, en la cantina de Don Claudio, perdí hasta el alma jugando a los dados. En una segunda oportunidad, no sólo la recuperé, sino que, incluso, regresé a casa con mucho dinero y otras tres almas que metí dentro de una caja de cartón y guardé en el compartimento superior del clóset. Uno nunca sabe el valor que puede adquirir lo que no se ve.

"Almas perdidas", Ricardo Sumalavia (de su libro de relatos breves Enciclopedia mínima)

02 septiembre, 2010

Kath Bloom

Hace quince años, en Buenos Aires, fui a ver al cine Before Sunrise, aquella hermosa película de Richard Linklater con Ethan Hawke y Julie Delpy (a la que siguió una muy buena secuela, en 2005) y quedé impactado por la música que sonaba en esta escena:




Leyendo los títulos finales, no tardé en averiguar que la canción se llamaba "Come Here" y que su cantante y compositora era una tal Kath Bloom de la que no había oído hablar hasta ese momento.

Meses después, gracias una beca, pude pasar unas semanas en Nueva York y fui especialmente a la hoy extinta zona de pequeñas disquerías de la calle Bleecker, en busca de algo de Kath Bloom. Los que atendían allí sabían mucho de música, no cabe duda, pero todos, sin excepción, me miraron extrañados: "¿Kath... qué?".

Llegué a pensar que Bloom no existía, que acaso Linklater le había hecho cantar ese tema a alguna conocida y que habían empleado un seudónimo o algo semejante.

Por un tiempo olvidé el asunto hasta que cierta tarde, buscando figuritas difíciles en esa caja de pandora que es Internet, se me ocurrió googlear a Kath Bloom.

No sólo comprobé que existía, sino también que era una leyenda del folk, que su carrera había comenzado en los años setenta (en gran medida junto con el guitarrista Loren Mazzacane Connors) y que, tras una suerte de pausa o de silencio artístico, había vuelto a grabar y lanzar discos como "Terror" (2008) o la compilación "Finally".

Las ironías de la vida: el domingo pasado, en Madrid, a muy pocos pasos de mi casa, pude ir a ver en vivo a Kath Bloom, la misma que parecía no existir en su país natal.

Fue un concierto especial (en la terraza de la Casa Encendida, mientras el sol se ocultaba) y Bloom demostró y hasta reforzó en vivo lo que yo ya pensaba tras haber escuchado algunos de sus trabajos discográficos: que es un artista exquisita y original, con el raro don de conmover en el acto.

Todas las comparaciones son desafortunadas, pero a veces de cierta utilidad. Así, podríamos decir que Bloom posee algo del intimismo confesional de Joni Mitchell, de la sofisticada simpleza de Neil Young y de la melancólica emoción de Nick Drake. Tiene una voz increíble (que le ha granjeado la completa admiración de Devendra Banhart), es una excelente compositora y aunque se ha escrito que es una guitarrista intuitiva (autodidacta, según cuentan sus biografías), al mismo tiempo no extraña saber que su padre fue un destacado oboista (Robert Bloom) y que en su infancia ella estudió cello de forma clásica.

Esa fascinante mezcla de clasicismo y libertad, de tradición y experimentación es, en buena medida, lo que también hace que la música de Kath Bloom sea tan especial.



El concierto de Madrid fue una excusa para presentar su nuevo álbum ("Thin Thin Line"), editado por el sello Caldo Verde (éste es su sitio) y que consigue superar a su predecesor "Terror" o, al menos, no palidecer en absoluto al lado de él.

Si alguno de ustedes tiene la fortuna de estar en Inglaterra en estos días, la pequeña gira de Bloom prosigue por allí durante esta semana. Si no es el caso, busquen ya mismo cualquiera de sus últimos discos.

http://www.caldoverderecords.com/kb/03.mp3

(When I see you coming my way / I pretend I’m not at home / see you turn around so slowly / and I cry / I’m all alone)

01 septiembre, 2010

Bioy Casares en Brasil



El próximo lunes 6 de septiembre editaremos con La Compañía un libro desconocido, prácticamente inédito, de Adolfo Bioy Casares.

Se trata de un diario de viaje, titulado Unos días en el Brasil, que narra los detalles de una visita a Río de Janeiro, San Pablo y Brasilia en 1960, cuando Bioy fue invitado a un congreso del PEN Club en el que también participaron Graham Greene, Alberto Moravia, Elsa Morante o Roger Caillois. Aparte de estas presencias literarias, recorre el diario la sombra de una brasileña que el escritor había conocido tiempo atrás, en otro viaje.

Entre agudas observaciones sobre la vida cotidiana y
apuntes sobre la idiosincrasia de los países, deslumbra la excursión a Brasilia. En aquella época, la capital aún estaba construyéndose y Bioy Casares tomó algunas fotografías inéditas que se incluyen en el libro.

Unos días en el Brasil
sólo había circulado secretamente hasta hoy, pues Bioy solía limitarse a regalar los pocos ejemplares impresos a sus amigos.

La edición de La Compañía se completa no sólo con las fotos de Brasilia, sino también con un sentido posfacio escrito especialmente por Michel Lafon, quien se ocupo de coordinar y traducir parcialmente en Francia la edición de las novelas completas de Bioy Casares y estuvo muy cerca de él durante los últimos años de su vida.

El libro será editado en simultáneo en Argentina y
en España, en este último caso en colaboración con Páginas de Espuma . El próximo sábado 4 saldrá un anticipo en ABC (Madrid) y en La Nación (Buenos Aires). El lunes 6 se inaugura en Madrid (en la Casa de América) una muestra con las fotos que Bioy tomara en Brasilia, las que podrán ser admiradas en gran tamaño. Y el miércoles 8 se presentará el libro, también en Casa de América, con la presencia de Michel Lafon, entre otros.

Más datos de la muestra y de la presentación, aquí.

www.editoriallacompania.com