03 diciembre, 2010

Pepys punto com


Para Phil Gyford y la gente de Pepysdiary.com ayer fue el lunes 2 de diciembre de 1667. Ocurre que, desde hace unos 8 años, Gyford se ocupa de volcar una por una las anotaciones del famoso Diario de Samuel Pepys y lo hace casi, casi como si no existiesen los 343 años que median entre el presente y el momento de la escritura.

En su
célebre Diario, Samuel Pepys pintó al detalle una década especialmente álgida en el Reino Unido, desde 1660 hasta 1669, y dio valioso testimonio de la Restauración, de la guerra con Holanda y de ciertos acontecimientos históricos como la gran peste de 1665 (la misma que narra Daniel Defoe en otro libro maravilloso) o incluso el gran incendio de Londres, ocurrido un año más tarde en la ciudad.

Pepys era un alto funcionario que frecuentaba la corte, aunque también los barrios populares,
y su registro cotidiano resulta revelador por diferentes razones. Por un lado, porque es el crudo autorretrato de un hombre respetadísimo en la escena pública que lleva una secreta vida licenciosa y cada dos por tres escribe “que Dios me perdone”; por otro lado, porque es todo un testimonio de la “micro-historia” y la cotidianidad de una Inglaterra en pleno momento de cambios. La revolución de Cromwell acaba de ser aplastada y, entre decapitaciones y demás ajusticiamientos que Pepys describe al detalle, se ha restaurado la monarquía de la mano de Carlos II y Catherine Braganza.


A diferencia de lo que ha sostenido Paul Viejo cuando comparó los diarios de Dostoievski (por fin editados en forma completa en castellano) con una especie de "blog avant la lettre" (ver su texto), imagino que la intención de Gyford tuvo otros propósitos pues, como es bien sabido,
Pepys no escribió su diario pensando en la posteridad ni en ninguna clase de destinatario. Lo escribió para él mismo (“para revivir, hasta el menor detalle, su existencia”, ha dicho Louis Cazamian) y para ello empleó una especie de taquigrafía que mezcló con palabras de otras lenguas. Fue por azar que en 1819 un reverendo llamado John Smith encontró una información que permitía descifrar las miles de páginas. La tarea, se cuenta, fue colosal: digna del egiptólogo Champollion. Los lectores (no sólo los historiadores), agradecidos.

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