19 diciembre, 2010

Cuando los ingleses no tomaban té


Por Eduardo Berti

Sorprende saber que el instrumento sinónimo de tango, el bandoneón, llegó tarde a este género musical, pues hubo un tiempo, el de la “guardia vieja”, en que el tango y el “fueye” se desconocían. Casi lo mismo ocurre con el saxo en el jazz y no es el único punto de contacto entre ambas músicas que, hacia 1955, vivieron la crisis de las grandes orquestas y el nacimiento de las pequeñas formaciones.

Hay algo aleccionante en estos casos. Cuando, en respuesta a críticas conservadoras, Astor Piazzolla exageraba que en Argentina se puede cambiar “todo menos el tango”, tenía en cuenta seguramente la doble paradoja del bandoneón: gran símbolo de la música argentina, fue creado en Alemania como órgano de iglesia portátil y llegó a Buenos Aires de casualidad, olvidado por un marinero europeo, según lo quiere la leyenda.

Un amigo me ha explicado que el uso del cajón peruano en el flamenco es relativamente reciente (alrededor de 1977, tras una gira de Paco de Lucía por América), pese a que a dicho instrumento hoy nos parece inseparable de ese estilo musical. Y no tenemos que limitarnos a la música para entender estos fenómenos: es un tópico asociar a los italianos con la pasta, pero sabemos que la pasta ya se comía en China y que el señor Marco Polo tuvo bastante que ver con la historia, aun cuando existiera un documento (anterior al retorno de Marco Polo) exhibido en cierto Museo de los Spaghetti y en el que se haría mención a una pasta típicamente italiana.

Abordar la historia en sentido inverso (hasta ver un tango sin bandoneón y una Italia sin pasta) excede el juego por más que tenga bastante de diversión. Es lo que hace Martin Amis en su novela La flecha del tiempo, cuando narra la Guerra Mundial y el nazismo como si proyectara un filme al revés y así indaga la raíz: ¿cómo se originan tamaños horrores/errores de la humanidad? En no pocas escuelas de guión de cine o de escritura narrativa se recomienda analizar las tramas dramáticas yendo del desenlace hacia el inicio, para ver cómo se arma el sentido lógico del relato. Los ecologistas postularon algo análogo hace tres décadas e invirtieron las lógicas temporales para explicar (muy en vano, si miramos alrededor) que el mundo no es algo que hemos heredado de nuestros ancestros, sino algo que hemos pedido prestado a nuestra descendencia.

Quienes ponen el grito en el cielo con cada elemento “foráneo” que amenaza su “estilo de vida” (léase las tradiciones locales o nacionales) deberían recordar todo esto.

En su último ensayo, La ciudad de las palabras, Alberto Manguel enumera las tres formas básicas de vincularse con lo foráneo o, mejor dicho, de “ver al otro”: como un ser fantástico o irreal; como una amenaza que codicia lo que poseemos y amenaza nuestra identidad, o como un benefactor creativo que nos legará sabiamente su experiencia. Por supuesto, el segundo caso, el del “otro hostil”, ha servido desde hace siglos para explicar los males de la sociedad y para justificar diversos horrores políticos.

Hace unos días, leyendo el Diario de Samuel Pepys, que abarca desde 1660 hasta 1669, me topé con un pasaje fascinante, fechado en septiembre de 1660. Pepys vive en Londres, es un alto funcionario que frecuenta la corte, aunque también los barrios populares, y ese día prueba una bebida muy exótica llamada “té”. Le gusta mucho y apunta: “Es una bebida china”. Siete años más tarde vuelve a hablar del tema con distancia: “De regreso en casa, hallé a mi esposa preparando té, una bebida que según el señor Pelling, el boticario, es buena para el resfrío”.

Leídas desde el presente, estas breves menciones parecen un ejercicio de extrañamiento que nada tiene que envidiar a Cortázar cuando explica qué son una escalera y un pie o a Eduardo Mendoza cuando observa el mundo con ojos de alienígena: “Los seres humanos son cosas de tamaño variable”. Sólo que aquí no es Gurb quien escribe, sino un inglés de la Inglaterra A.T. (Antes del Té), cuyo diario es una rara maravilla por distintas razones. Por un lado, porque es el crudo autoretrato de un hombre respetadísimo en la escena pública que lleva una vida secreta de desenfreno sexual y cada dos por tres escribe “que Dios me perdone”; por otro lado, porque es todo un testimonio de la “micro-historia” y la vida cotidiana de una Inglaterra en pleno momento de cambios. La revolución de Cromwell acaba de ser aplastada y, entre decapitaciones y demás ajusticiamientos que Pepys describe al detalle, se ha restaurado la monarquía. El nuevo rey es Carlos II y la reina, Catherine Braganza: portuguesa (¡católica!) y, según se dice, gran responsable de introducir el té, o al menos de popularizarlo, en el Reino Unido.

En la novela The Go-Between (1953), un compatriota de Pepys llamado L. P. Hartley (1895-1972) escribió la que se estima una de las mejores primeras frases de la historia de la ficción: “El pasado es un país extranjero: allí las cosas se hacen de otra manera”.

Invirtiendo la flecha del tiempo podríamos decir también, y por las mismas razones, que el futuro es un país extranjero. Y que nada sería peor si, a causa de su “extranjería”, viéramos el futuro simplemente como una amenaza.

Originalmente publicado en el diario Público de Madrid, el pasado fin de semana.
Enlace original:
http://blogs.publico.es/dominiopublico/2802/cuando-los-ingleses-no-tomaban-te/

3 comentarios:

hugo dijo...

Hola Eduardo:
Comienzo por el final.
Lamentablemente cualquier opción dentro de este "fantástico sistema eocnómico y social" en el que nos toca vivir, cualquier opción diferente siempre es una amenaza.
Querido Eduardo, desde la "caída del muro" (¿es que cayó algún muro junto con los cascotes que luego se vendían en los mercadillos? ¿alguien puede ser tan ingenuo de seguir creyendo -no digo pensando- que el mundo es mejor con la caída de un montón de ladrillos?), desde aquellos días de final y principio de una década, lo que impera y nos rige es el "pensamiento único y cuanto más único mejor. Dentro de ese pensamiento único está borrar todo aquello que ponga en duda la viabilidad y legitimidad del sistema. Ser antisistema en España es un delito casi de "lesa majestad". De esa forma se consagra no sólo el rechazo al extranjero, sino algo peor: la duda sistemática ante estos "moros, sudacas, negros de mierda" y otras lindezas. En España tenemos una anécdota interesante. Si vez a un payo correr con un televisor al hombro es que se le escapa el autobús, pero si ves correr a un gitano con el mismo televisor es que lo acaba de robar.
Lo diferente jode y como jode se lo elimina, se lo encarcela, se lo expulsa, se lo borra del mapa: se lo devuleve a África, a Rumanía o a Sudamérica (cuando el "cargamento" justifica el gasto) Siglos de colonización y expolio y unos añitos para descolonizar África, Oriente Próximo y el remanente del Imperio Autrohúngaro (léase, Yugoslavia, Croacia, Serbia, Bosnia). Se descoloniza inventando países cuyos límites se trazan con escuadra y compás. Y después de tamaña tropelía, saldada con geneocidios, casi siempre (¿que fue el enfrentamiento Tutsi-Hutu?), después de todo eso se le dice ¡ahí os quedáis! No vengáis ahora a jodernos nuestra hermosa Europa.
Sí Eduardo, lo diferente jode, quién pone en duda el sistema está loco. Quién dice que esta puñetera crisis capitalista la programaron los de siempre después del fracaso de la guerra de Irak-Afaganistán ha de ir a un psiquiátrico. Y no sigo porque afirmar que Marx, Carlos Marx sigue acertando y acertando en estos tiempos de desasosiego, ya es que sólo sea un loco, es además alguién peligrosísimo

Para finalizar un apunte de jazz y de tango.
Django Reinhart, que con su guitarra revolucionaría el ritmo en el jazz de arriba abajo -por no hablar de una nueva lectura armónica-, pues este señor que no sabía leer música, allá por lo años treinta y finales de los cuarenta se atrevió a fusionar el swing con los ritmos gitanos. Se asoció a otro loco como Stephane Garapelli, que hacía jazz con un violín. Hoy el jazz no sería lo que es sin Django Reinhart (y no hablo del accidente que lo dejaría casi inútil de la mano derecha porque sería extenderme demasiado) Resulta que era un "manouche" un gitano que vivía en un campamento gitano a la afueras de París. Sí afortunadamente no existía "Sarco" para expulsarlos, aunque tendrían que escapar a las hordas nazis -hubo unos miles y miles de gitanos que pasaron por las cámaras de gas-

El tango, antes del bandoneón, se tocaba en los prostíbulos, se bailaba entre hombres -siempre lo recordaba Borges- y se tocaba con un acordeón -sin piano- que popularmente se conocía como una "verdulera" que solían interpretar emigrantes italianos.

Continuamos siendo minoría los que consideramos que en la contingencia cotidina lo que interesa es el revés de la trama, porque de pamplinas formales ya estamos bastante hartos.
Sí los "últimos mohicanos" aún existen y los viejotopos -rojos y orgullosos de serlo- aún buscan -buscamos- la luz en la oscuridad y, de tanto en tanto, joden algún jardincito burgués muy bien apañadito de rosales.

un abrazo,
salut,

hugo

hugo dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Virginia Avendaño dijo...

Me encantó esta nota.
Me permití linkearla en mi Facebook. Muchas gracias, y saludos. Virginia