06 noviembre, 2010

Una situación muy extraña


Diana Vane, una muchacha sin importancia pero encantadora que pasaba un tiempo en París, había conocido en una escuela de equitación a un extraño francés –o corso, o quizás argelino– apasionado, brutal, desequilibrado. El individuo confundía a Diana –e insistía en confundirla, a pesar de las divertidas protestas de la muchacha– con su anterior amante, también inglesa, a quien no veía desde hacía muchos años. La autora me explicó que esa fue una especie de alucinación, un capricho obsesivo que Diana, una deliciosa coqueta con agudo sentido del humor, permitió a Jules durante unas veinte lecciones de equitación. Pero las exigencias de Jules fueron volviéndose más realistas y Diana dejó de verlo. No había ocurrido nada entre ellos, pero Jules no podía convencerse de que ella no era la muchacha que había poseído una vez o había creído poseer. Esa otra muchacha quizá había sido también sólo el fantasma de una relación aún más antigua o un delirio recurrente. Era una situación muy extraña.

Vladimir Nabokov, "¡Mira los arlequines!"