12 noviembre, 2010

Los perros



Fue en 1950, o bien hacia finales de 1949. Llegó al país para arrancar a los alemanes algún tipo de indemnización en efectivo, pero mientras analizaban su solicitud estuvo totalmente desprovisto de dinero. Por ello debió buscar trabajo, cualquier trabajo. Fueron días difíciles. Todo estaba en ruinas. Encontró un trabajo bastante insólito, pero no podía permitirse ser exigente en aquella época. Lo tomaron como obrero temporario en el departamento de salud pública municipal de Hamburgo. Trabajaba de noche en un equipo de refugiados desplazados. El trabajo consistía en atrapar perros vagabundos. Se les pagaba según el número de perros que atrapaban, pero en aquella época la cantidad de estos perros era cada vez mayor. Algunos mostraban rastros de raza, pero la pureza de las líneas se había contaminado en los años de guerra. Solíamos engañar a las autoridades, Atrapábamos los perros, los presentábamos a las autoridades y obteníamos un recibo con el sello oficial, todo conforme con la más estricta eficiencia germana, pero luego debíamos llevarlos a los basurales para envenenarlos. Y en esto, como quizás hayas adiviniado, querida Bronka, reside el nudo de la historia. No matábamos a los perros, sino que los volvíamos a dejar libres. Al cabo de una o dos horas reaparecían en los suburbios. Y nosotros, con gran sentido del deber, volvíamos a atraparlos la noche siguiente y volvíamos a recibir el buen dinero alemán por todos y cada uno de los perros. Hubo algunos que atrapamos y soltamos hasta veinte o treinta veces. Las autoridades estaban alarmadas ante esta extraordinaria proliferación de perros. Cuanto más los perseguían, más se multiplicaban. En cuanto a nosotros, nos hicimos amigos de nuestra fuente de ingresos, esos cuadrúpedos sarnosos, y hasta llegamos a darles nombres: Heinz, Fritz, Franz y Hermann. Solían entregarse espontáneamente, porque les encantaba el viaje al basural. A veces encontraban buena comida allí. La vida del perro vagabundo no es muy grata, tanto desde el punto de vista económico como psicológico. Los perros necesitan afecto, necesitan tener nombre. Necesitan que los reconozcan. Nosotros los acariciábamos y les hacíamos cosquillas detrás de las orejas y llamábamos a cada uno por su nombre: Fredi, Hansi, Rudi-Rudolfi-Rudolfini. Después de todo, eran vagabundos. El perro es capaz de sacrificarse por obtener la menor muestra de afecto. Estoy seguro de que comprenderás, querida Bronka, que no les perdonábamos la vida a los perros sanguinarios. No éramos criminales. Teníamos sentido de responsabilidad moral.

Amos Oz, "Quizás en otra parte" (Elsewhere Perhaps). Extracto de su primera novela, de 1966.