25 noviembre, 2010

La ceguera y Tanizaki

Se ha dicho que los sordos parecen tontos y los ciegos parecen sabios: los sordos esforzándose por captar lo que se dice, fruncen las cejas, abren la boca, ponen los ojos en blanco o inclinan la cabeza a lado y a otro, todo lo cual les confiere un aire de estupidez; mientras que los ciegos, al permanecer tranquilamente sentados con la cabeza un poco baja como si meditaran, parecen personas muy reflexivas. Como quiera que sea, estamos tan acostumbrados a ver los "ojos misericordiosos" entornados con que Buda y los bodhisattvas contemplan a todos los seres vivos, que los ojos cerrados nos parecen más benévolos que los abiertos; tal vez incluso nos infunden un sagrado respeto.

Junichiro Tanizaki, "Retrato de Shunkin"




Yo sabía de varios temas recurrentes en la fascinante obra del japonés Tanizaki (el fetichismo de los pies, la vejez, los celos, el vínculo con la madre), pero en estas últimas semanas he leído dos breves relatos suyos donde la ceguera es protagonista o elemento fundamental.

En el "Retrato de Shunkin" (Siruela), Tanizaki narra la historia de una bella mujer que debió abandonar su primera vocación (la danza) por culpa de la ceguera y que acabará siendo una talentosa intérprete de shamisen y una muy severa profesora de música. Lo más apasionante de este relato es la historia de amor entre Shunkin y su discípulo Sasuke.

El otro relato es "El cuento de un hombre ciego" (también en Siruela), breve episodio histórico narrado por cierto masajista ciego. Estos masajistas con personajes míticos en la cultura japonesa, según parece y según recordarán quienes hayan visto la película "Zatoichi", de Takeshi Kitano.

Uno de los libros más famosos de Tanizaki se llama "El elogio de la sombra". Data de 1933 (el mismo año de "Retrato de Shunkin") y, pese a su título, no habla de la ceguera sino, principalmente, de la estética tradicional japonesa y de las que son, a su juicio, alguna de las principales diferencias de sensibilidad y gusto entre Occidente (más proclive a lo luminoso y lo simétrico) y Oriente, amante de "la luz indirecta y difusa", como él sostiene.

El caso es que, años después de este libro, Jorge Luis Borges empleó el mismo título para bautizar un poema suyo que sí habla de la ceguera y dice:

Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;
Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;
el tiempo ha sido mi Demócrito.
Esta penumbra es lenta y no duele;
fluye por un manso declive
y se parece a la eternidad


2 comentarios:

Lucio dijo...

Interesante.

Juan Vásquez dijo...

dios mio! este blog ahondará mi angustia por no tener tanto tiempo como desearía y así poder leer todo lo que se me antoje. Bueno, bueno, igual sigo pasando por aquí mientras incluyo no sé cuál de tus libros en mi lista de compras.

Me recomiendas alguno?

Feliz semana y sigo pasando.