04 noviembre, 2010

Dos cuentos glaciales


Edición original del libro "Contes glacés", de Jacques Sternberg (Marabout, 1974)


Los esclavos

En el comienzo, Dios creó al gato a su imagen y semejanza. Y, desde luego, pensó que eso estaba bien. Porque, de hecho, estaba bien. Salvo que el gato era holgazán y no deseaba hacer nada. Entonces, más adelante, después de algunos milenios, Dios creó al hombre. Únicamente con el objeto de servir al gato, de darle al gato un esclavo para siempre. Al gato, Dios le había dado la indolencia y la lucidez; al hombre, le dio la neurosis, la habilidad manual y el amor por el trabajo. El hombre se dedicó de lleno a eso. Durante siglos construyó toda una civilización basada en la inventiva, la producción y el consumo intenso. Una civilización que, en suma, escondía un único propósito secreto: darle al gato cobijo y bienestar.

Es decir que el hombre inventó millones de objetos inútiles, y por lo general absurdos, sólo para producir los contados objetos indispensables para la comodidad del gato: el radiador, el almohadón, el tazón para la leche, el tacho con aserrín, el tapiz, la alfombra, la cesta para dormir y puede que incluso la radio, porque a los gatos les gusta mucho la música.

Sin embargo, los hombres ignoran esto. Porque lo desean así. Porque creen ser los bendecidos, los privilegiados. Tan perfectas son las cosas en el mundo de los gatos.

La sangre

¿Qué decir de Istrígala, con quien podía hacer todo lo que yo deseaba porque, desde hacía ya largo rato, ella había franqueado la invisible frontera entre las prohibiciones y lo imposible de todos los misterios?

¿Qué decir de cuanto hice para poner a prueba su poder, su terrible feminidad y su capacidad de resistencia?

Hice de ella una mujer de nieve, capaz de fundirse al sol, pero capaz también de ser más dura que una hoja de metal. La transformé en sílabas que mezclaba con ecuaciones de álgebra para verla recrearse, mitad flor, mitad insecto, en algún rincón del jardín. La puse como en conserva, en unas minas, por el placer de reencontrarla con una pala y un pico, entre brillantes cristalizaciones de piedras preciosas. La hice tan fluida como el agua, tan densa como el mercurio, tan transparente como el cristal, tan terrorífica como un espectro cubierto de hojas de afeitar y, no obstante, siempre sonriente, siempre ávida de entregarse como si nada pudiera sucederle en este mundo desprovisto de consecuencias fatales. Hice que llevara la moral al cuello, bien escotada y con los ojos ardientes; hice que se convirtiera en una enorme mano con la cual yo hacía el amor de todas las formas posibles. Le transfundí las mezclas químicas de las pasiones más contradictorias hasta ahogarla bajo un torrente de mil colores. La envié a la nada de su muerte para verla regresar diáfana, hiératica, con un manojo de confusiones inmundas que me traía de regalo. Y al regreso la veía con su rostro siempre irónico y glacial, al cual ni el terror ni la pasión habían logrado dotar de alguna suerte de expresividad.

Hasta el día en que, por distracción, se cortó ligeramente un dedo rebanando el pan, sangró apenas y murió casi en el acto, completamente exangüe.

(Dos microrrelatos tomados de "Cuentos glaciales", de Jacques Sternberg. Traducción de Eduardo Berti. Posfacio de Hervé Le Tellier. Editorial La Compañía, 2010)


7 comentarios:

Jesus Esnaola dijo...

Estupendo aperitivo. Sólo me preocupa un pequeño detalle. ¿Se venderá en España? Y, si no, ¿cómo lo consigo?

Un abrazo Eduardo

Eduardo Berti dijo...

Gracias por tu mensaje, Jesús. Los libros de La Compañía están siendo editados y distribuidos en España (mediante un acuerdo con Páginas de Espuma), pero la edición no suele ser en simultáneo, sino algunos meses más tarde. Por lo tanto, es muy probable que los "Cuentos glaciales" sean editados en España durante el 2011. Un abrazo,

Ediardo

Jesus Esnaola dijo...

Gracias Eduardo, esperaremos entonces.

Un abrazo.

Lucio dijo...

¡Qué gran cuento el de los gatos, Eduardo!

Gervasium dijo...

"Los esclavos" es un cuento admirable, Eduardo, igual que el traductor argentino.

JUAN JES dijo...

Son magníficos!

Más para estos tiempos en los que la búsqueda de la perfección está más bien olvidada.

Estuve paseando por tu blog como por una arboleda, me apunto.

Eduardo Berti dijo...

Gracias a todos. Y bienvenido, Juan.