07 septiembre, 2010

La ciudad de las palabras




Hace casi dos mil años Luciano de Samosata escribía lo siguiente: “Ya que nada verdadero tengo para contar –porque nada digno de mención me ha ocurrido- me he dedicado a la ficción de modo mucho más descarado que los demás. Pero en una sola cosa seré veraz: en decir que miento.”

Los lectores de ficción sabemos, por experiencia, que la literatura consiste, como lo formulara Vargas Llosa, en “la verdad de las mentiras”.

“Somos mentirosos”, escribió alguna vez Juan Rulfo. “Todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación.”

A pensar a fondo estos conceptos de verdad y de mentira, tanto en el discurso de la ficción como en el discurso político, se ha consagrado Alberto Manguel en los ensayos/conferencias que integran “La ciudad de las palabras”, su más reciente libro (que sucede a una novela que —casualmente o no— se titula “Todos los hombres son mentirosos”) en el que nos plantea una inquietante paradoja: por un lado, tenemos el lenguaje de los políticos, que pretende referirse a categorías reales pero que acaba congelando las identididades en definiciones estáticas, sin conseguir individualizar a los hombres; por otro lado, tenemos la lengua de la poesía y de la ficción, que reconoce la imposibilidad de nombrar con exactitud y de manera defitiniva, pero que así y todo nos ayuda y nos otorga identidades que nos revelan a nosotros mismos.

La ficción, nos dice Manguel, un oficio que “se jacta de construir la realidad con las palabras”, no suele ni debería ocuparse de dar respuestas concluyentes ni explicaciones esquemáticas ni postulados absolutos, pero eso no implica, para nada, que equivalga a una fabulación estéril.

Cuando ilumina con su obra, todo escritor o “hacedor” redefine las creencias y amplía las definiciones o, digamos, nuestra visión del mundo.

“El conocimiento de diferentes conceptos de tiempo y de espacio (como los que propone Kafka en sus fábulas)”, nos recuerda Manguel (p. 109), puede ser muy útil para que volvamos a imaginar o pensar los límites impuestos por nuestros propios conceptos.

En otros términos, a la “imaginación restrictiva de las burocracias” y al “uso limitado del lenguaje politico” (pag. 41), nuestras ficciones suelen oponer un “universo ilimitado de palabras”.

El vínculo entre “mentiras políticas” y “verdades literarias”, como lo proclama el subtítulo del libro, es central en este conjunto de ensayos; pero la riqueza de “La ciudad de las palabras” no se agota en absoluto con esto que acabo de plantear.

En su prólogo, Manguel explicita una serie de preguntas sobre las cuales se articulan los cinco ensayos: ¿Cómo determina, limita y amplía el lenguaje nuestra forma de imaginar o concebir el mundo? ¿Por qué buscamos definiciones de identidad en las palabras y cuál es, en esa búsqueda, el papel del narrador? ¿Cómo nos ayudan los relatos a percibirnos a nosotros mismos y a los otros?

El tema del otro y de “lo otro” es también fundamental en este libro.

Al referirse a “La epopeya de Gilgamesh” (que estima como la primera vez que, en la historia de la literatura, aparece el recurso del “libro dentro del libro”) y al vínculo entre Gilgamesh y el antagonista de la historia (o sea, Enkidu), Manguel señala que el lazo de un protagonista con otro es esencial en la ficción y que, en cierto sentido, la historia de la literatura puede interpretarse como la historia de relaciones que se iluminan mutuamente (p. 48). Parejas de amantes, de amigos, de colegas o de enemigos. De amo y criado. De maestro y discípulo. Desde Caín y Abel hasta Fausto y Mefistófeles; desde Sherlock y Watson hasta Bouvard y Péchuchet. Sin hablar del caso del Quijote, que Manguel postula así: “Cervantes y su otro yo, Cide Hamete Benengeli, se reflejan a su vez en una pareja de dobles, sus criaturas de ficción, don Quijote y el escudero Sancho Panza, que comienzas sus aventuras con personalidades totalmente opuestas y acaban siendo dos personajes entrelazados, como Gilgamesh y Enkidu” (p. 115).

Toda relación literaria, explica Manguel, supone una de las tres formas de ver al otro (p. 82):

(1) como un ser fantástico o irreal, (2) como una amenaza que codicia lo que poseemos y amenaza nuestra identidad, o (3) como un benefactor creativo que nos legará sabiamente su experiencia.

(El otro hostil, por supuesto, sirve y ha servido desde hace siglos para explicar o justificar los males de nuestra sociedad y diversos horrores políticos).

Alfred DOBLIN


“La ciudad de las palabras” es un libro que viaja de un tema a otro, de un autor a otro, de una época a otra con una envidiable conjunción de libertad y coherencia argumentativa; un libro que va de una novela inconclusa de Jack London al apasionante caso de los “libros plúmbeos” a fines del siglo XVI, de la historia de los inuits a la vida y la obra del alemán Alfred Döblin

Aludiendo a Döblin, precisamente, Manguel nos cuenta que el autor de “Berlin Alexanderplatz” se jactaba de leer “como la llama lee la madera”.

Semejante metáfora podría aplicarse, sin exageración, al propio Alberto Manguel, uno de esos lectores de fuego que en su ardor ilumina y enseña con su perspicacia, con su juicio crítico y con los caminos que abre en el bosque de los libros (caminos al margen de los cánones de moda, sean comerciales como académicos).

Autor de una “Historia de la lectura”, que le valió merecidos premios, y de libros con títulos como “Leyendo imágenes” o “Diario de lecturas”, Manguel es alguien idóneo, sin duda alguna, para ayudarnos a entender más a fondo los vínculos entre el lenguaje y el mundo, entre la ficción y la sociedad.

Los relatos no pueden protegernos del sufrimiento, del error, de la locura dañina o de la “codicia suicida”, es una de sus conclusiones, pero a veces y “por razones imposibles de prever” pueden “hablarnos de esa locura y esa codicia y recordarnos que debemos mantenernos alerta”.

“Los relatos”, dice Manguel, “pueden ofrecer consuelo frente al sufrimiento y palabras para dar nombre a nuestras experiencias”. La ficción puede ayudarnos a entender quiénes somos, puede sugerirnos “formas de imaginar un futuro” y proporcionarnos “alguna manera de permanecer vivos, juntos, en esta tierra maltratada”.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Mejor la portada de Almadía: http://www.almadia.com.mx/catalogo.php?libro_idField=107

hugo dijo...

hola Eduardo:
¡¡Cuáto he echado de menos estas entradas durante el mes de agosto!!

En fin, que después de unas merecidísimas vacaciones, celebro que encontrarte de vuelta en el tajo.

Respecto a tu reseña sobre el libro de Manguel, he recordado una consigna -o pintada- que se repetía mucho en Argentina durante la crisis del 2001 "¡Basta de realidad, queremos promesas!". Hay veces que la realidad -social, en este caso- demanda que palabra le devuelva una dimensión de la realidad, que la palabra le devuelva al ser social la conciencia perdida. Se necesita que el político burgués retome la palabra y, sobre todo, retome un discurso para tener así un interlocutor con el cual coincidir, oponerse o, incluso, pedir sin remilgos su eliminación política -que no física, no pensemos mal-. Si el poder, el Estado, pierde la inicitiva de la palabra al conjunto de una sociedad -en aquellos años, la Argentina- le sobreviene la responsabilidad de la libertad y para eso hay que tener objetivos claros y... que "se fueran todos".

Pienso que los escritores no son metirosos, porque la mentira supone siempre una falsificación de una realidad contrastable. La mentira es un recurso fácil, la ficción no. La ficción es la única ocupación que puede tener un escritor, o casi la única. La ficción transgrede la realidad dada: Luciano de Samosata inventa un velero para viajar a la Luna o ironiza sobre el canal de parto que tiene abierto Zeus en su muslo derecho. Escribir es ante todo una forma compleja de intervenir en la realidad, después será todo aquello que cada uno quiere que sea.

Para terminar, porque de lo contrario el comentario -tu ya me conoces- puede acabar como otra entrada paralela, recuerdo que Kafka, en el comienzo de su Diario dice que desearía que su palabra fuera "como el hacha que hiere el hielo". Doblin se jactaba de leer " como la llama lee la madera". Pienso que las dos frases se complementan como las caras de la moneda. Por un lado la búsqueda de la palabra desde el punto de vista del demiurgo y por otro lado la recepción transformadora de la palabra. Ambas portusras comparten un territorio común: la ficción.

un abrazo,

salut,
hugo