11 septiembre, 2010

El emperador del sinsentido

Eduardo Ainbinder escribió para el diario Perfil, de Buenos Aires, un jugoso artículo consagrado a Edward Lear con la excusa de la edición argentina de mi traducción de “El cuento de los cuatro niños que dieron la vuelta al mundo (y algunos limericks)” (Adriana Hidalgo/colección Pípala).

Por Eduardo Ainbinder

En su célebre ensayo A Defense of Nonsense, Gilbert K. Chesterton llamó a Edward Lear “ciudadano de tiempo completo en el mundo del sinsentido”, en contraposición al otro referente de la literatura del “nonsense”, Lewis Carroll, a quien juzgaba dividido entre la respetabilidad que exigía la sociedad victoriana y la transgresión disimulada. Pero Chesterton va más allá de diferenciarlos y toma partido por Lear (epiléptico, depresivo, en extremo miope y con piernas defectuosas, males que sin embargo no le impidieron ser el extraordinario ilustrador de sus propios poemas y además uno de los viajeros más vigorosos del siglo XIX) considerándolo temerariamente no sólo superior al autor de Alicia en el país de las maravillas, sino también “cronológica y esencialmente el padre del desatino”, ya que cuando Carroll publicaba Alicia, hacía casi dos décadas que su primera colección de limericks, A Book of Nonsense, ya circulaba con éxito en Inglaterra. La primera edición es de 1846 y apareció firmada con el seudónimo de Derry Down Derry. Recién la edición de 1861 aparecerá con su verdadero nombre en la portada.

Cabe recordar que el limerick es un poema de cinco versos con un esquema de rimas aabba: “Había un anciano de Praga/ Que se contagió una plaga/ Pero le dieron manteca/ Lo que alivió su jaqueca/ Y curó a aquel hombre anciano de Praga”. De hecho casi todos los que escribió empiezan de la misma manera: “Había un señor de Bohemia” o “Había un anciano del Nilo” o “Había una muchacha en Turquía”. En su ensayo sobre Lear, César Aira define su mecanismo interno de la siguiente manera: “Con el primer verso está todo dicho; lo que le sucede a esa persona dependerá de la rima. El segundo tramo, la segunda rima, es la peripecia. El último verso, al repetir el primero, desmiente la historia; todo queda como estaba, y en realidad todo estuvo siempre como estaba: mientra sucedía el relato, todo permanecía en su lugar. En cuanto al sinsentido, es eso precisamente: el relleno a presión con elementos de sentido de un marco fijo preestablecido. El hallazgo del formato tiene la virtud de dejar que la obra se haga sola”. En otro de los poemas –siempre pródigos en situaciones absurdas, disparatadas, a menudo no exentas de crueldad– varias aves anidan en la tupida barba de un hombre o una mujer afila la punta de su mentón para tocar un arpa, aunque, como dice Aira en su ensayo, “esas cosas pasan”. De hecho, en una de sus cartas Lear da cuenta de un marinero con tal apego a su Nonsense Book que afirmaba haber conocido personalmente a una dama a quien le ocurría el mismo estrambótico suceso que a uno de los personajes de sus limericks.

Aunque no fue su inventor, su nombre y el del limerick están indisolublemente ligados, no sólo por haberlos llevado a su máxima expresión, sino porque también los transformó en un género viajero y por ende autobiográfico, si coincidimos en que el arte de viajar no es ajeno al de conocerse. Sus alfabetos con rimas, su botánica fantástica –que incluye plantas como la Tickia Orologica, productora de relojes de bolsillo– y la totalidad de sus poemas, están destinados a los más pequeños; sin embargo, su obra trasciende absolutamente esa finalidad.

El primero que tradujo en el país alguna de estas breves piezas fue Elías Gallo, para una antología sobre el humor absurdo compilada por Eduardo Stilman en 1967, de la que formaban parte Rebelais, Kafka y Jarry, entre otros. El cuento de los cuatro niños que dieron la vuelta al mundo (y algunos limericks), que acaba de editar Adriana Hidalgo en su colección Pípala, con traducción y notas de Eduardo Berti, puede considerarse como el primer libro de este excéntrico inglés publicado en Argentina. La edición está acompañada por los dibujos del autor, aunque con el agregado de color en los fondos intervenidos digitalmente. Escrito en 1867, el relato cuenta las peripecias de cuatro hermanitos que se proponen dar la vuelta al mundo en un bote timoneado por un gato. Los otros tripulantes son un anciano kuango-mango (personaje perteneciente a la misma familia de otras creaciones suyas, como el Dong de nariz luminosa o El Pobble que perdió los dedos del pie) y una tetera gigante que también sirve a los niños como dormitorio. En su periplo los viajeros descubren una isla repleta de costillas de ternera y caramelos de chocolate, o al desembarcar en otras tierras se encuentran “con un objeto solitario” advirtiendo que lo que habían tomado como “una descomunal peluca blanca posada sobre un sillón hecho de ostras y bizcochuelo” era en verdad una cabeza de coliflor “capaz de caminar aceptablemente bien con movimientos elegantes y ágiles, arrastrándose con el rabo, una especie de proeza que por supuesto hacía que ahorrase en materia de medias y zapatos”.

Como en la mejor literatura infantil, el relato está lejos de ser un compendio de aventuras aleccionadoras. Si Lear hace dar la vuelta al mundo a los cuatro niños es para expandir (en eso reside su cruzada) el orden autónomo de la niñez.


Enlace original: http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0501/articulo.php?art=24026&ed=0501

1 comentario:

Ángela Cuartas dijo...

Qué buen artículo, me encantaría ver el libro. Para los curiosos, aquí hay una muestra de Lear