10 junio, 2010

Mordzinski

Se inauguró nomás anoche la muestra de Daniel Mordzinski, el "fotógrafo de los escritores" como le han puesto con absoluta justicia. La exposición se celebra en el Instituto Francés de Madrid, se titula "Las tres orillas" porque hay fotos de escritores de España, Francia y América Latina, y es un compendio de 50 años de vida y 38 de carrera.

En el diario El País de hoy publican una entrevista a Mordzinski donde habla de los grandes momentos que le tocó vivir gracias a su profesión, pero asimismo recuerda uno de los peores: "El de aquel día que le pedí a Sergio Pitol que diera un pasito atrás, y luego otro, y se cayó por una escalera de Guadalajara... 20 años después no lo había olvidado".



Además de haberme invitado a compartir esta foto de aquí arriba en la que salió de atrás de su cámara y decidió entregarse al ojo de un (muy buen) colega, Mordzinski también tuvo la gentileza de invitarme a escribir un texto para el impactante catálogo de la exposición. Es el siguiente:


Por Eduardo Berti

El museo de la inmigración de Buenos Aires queda, como corresponde, en el puerto de la ciudad, en el mismo sitio donde entre 1890 y 1920 tuvo su apogeo el así denominado Hotel de los Inmigrantes, un voluminoso edificio de tres pisos donde, apenas desembarcados, convivían rusos, italianos, sirios, ingleses y franceses, entre otros.

En un ya lejano viaje a Buenos Aires decidí hacerle una visita, mitad periodística y mitad personal, y por esas cosas del destino le propuse a Daniel Mordzinski (de paso por la ciudad) que me acompañara.

Nos recibió el entonces director, un anciano historiador de barba blanca y de figura quijotesca. Nos explicó que en el Hotel no sólo se alojaba a los recién llegados, sino que se les daba de comer, se les enseñaba el idioma y, llegado el caso, también un oficio. Nos hizo una magnífica visita guiada. Nos mostró la foto de un enorme caballo embalsamado que se empleaba para instruir en los quehaceres rurales a los inmigrantes deseosos de vivir en la pampa. Y nos ofreció, por último, que consultáramos el archivo abierto al público: un registro de los barcos llegados a Buenos Aires entre fines del siglo XIX y principios del siglo XX.

Una broma archiconocida sostiene que los brasileños vienen de la selva, los mexicanos de los indios y los argentinos de los barcos. La frase, como suele ocurrir, es cierta y falsa a un mismo tiempo; pero no hay dudas de que personas con apellidos como Mordzinski o Berti (por citar los dos casos más inmediatos) tienen orígenes europeos.

Esa tarde, Mordzinski y Berti se separaron para consultar los archivos. Yo busqué en vano el barco que trajo a mi padre y el otro barco que, veinte o treinta años antes, trajo a mi abuelo Sabino desde Asturias. A Daniel le fue mejor: localizó su apellido, localizó luego el nombre del barco en que había viajado su abuelo Aron y dio por fin con la fecha exacta de arribo al Puerto de Buenos Aires. A esa altura, al cabo de mi fracaso, yo ya estaba compartiendo su pesquisa, y en cuanto una especie de máquina del tiempo escupió una ficha impresa noté que Daniel ponía cara de no creer lo que veía: la fecha en que su abuelo había pisado continente americano (un día 4 de diciembre) era la misma exacta fecha que casi ochenta años después había nacido en Europa nada menos que Jonás, el hijo mayor de Daniel. Una historia perfecta de idas y vueltas.

Cuentan que en la Antigua China había una ceremonia bastante usual: al alcance de un bebé recién nacido se ponían objetos de diversa índole y, según lo primero que el bebé agarraba, se establecía cuál era su vocación: músico si iba en procura de un instrumento; médico si arrebataba un remedio; arquitecto si prefería una casita de madera.

Yo tiendo a creer que en muchos casos, por no decir en todos, las vocaciones vienen ya en la sangre. ¿Cómo no iba Daniel Mordzinski a ser un fotógrafo viajero? ¿Cómo no iba a editar un libro sobre escritores latinoamericanos en Europa? ¿Cómo no iba a hacer fotos en hoteles? ¿Cómo no iba a celebrar los cruces culturales y sentimentales entre diferentes ciudades?

Su abuelo se habría sorprendido, como él, al ver la fecha en que nació el bisnieto. Pero algo me dice que no le habría sorprendido este libro.