22 junio, 2010

La moraleja que solicitaba una fábula


Una vez apareció en el centro de la capital una moraleja que decía al pie de la letra: "Procure ser, en todo lo posible, un pecador sin Fe, incorruptible". Al principio nadie la tomó en cuenta. A los pocos días, la obsesión en su torno era incontenible, y presbíteros y laicos de todas partes del mundo la examinaban tratando de imaginar a qué correspondía. "No parece el remate de una fábula pagana", se decían, "pero tampoco el corolario de una historia piadosa". Y la perplejidad crecía, convirtiéndose en epidemia. Todas las noches en la plaza distintos naradores urdían complementos maravillosos ante un público que aplaudia y silbaba. Pero ningún relato le quedaba bien a la moraleja, la forzaban en demasía, la desencajaban.

Finalmente los curiosos, encolerizados ante la ineptitud para develar al misterio y adjudicarle un digno y luminoso texto a la moraleja, se fatigaron y procuraron silenciar el tema eternamente. Cuanto más, si se hablaba del género, citaban ejemplos amables y milenarios: "Al mal paso darle prisa" o "Ente santa y santo pared de cal y canto" o "No hay más ruta que la nuestra", que se adecuaban sin riesgo a decenas de miles de fábulas.

Cuando se conveció de que nadie la observaba, la moraleja dejó salir a su fábula y se tendió junto a ella en un rincón oscuro para disfrutar de su dicha sensual.

"Fábula de la extraña moraleja que solicitaba una fábula devocional", de Carlos Monsiváis. Incluido en Nuevo catecismo para indios remisos.


El mexicano Carlos Monsiváis, que falleció el pasado 19 de junio, fue el gran cronista de los últimos años de su país, pero también frecuentó otros géneros literarios: desde biografías, ensayos o antologías hasta el libro de fábulas que publicó en 1982 y del que he seleccionado este texto.