09 abril, 2010

Bernès y el trío infernal




Por Eduardo Berti


Versión resumida de una entrevista publicada originalmente en "Tres puntos", Buenos Aires, septiembre de 1999


En 1975, Jean Pierre Bernès pidió ser enviado a la Argentina para trabajar como agregado cultural en la embajada de Francia, con un profundo y secreto motivo: conocer a Borges, ese escritor que lo deslumbraba. Muy pronto tuvo la oportunidad, en un asado. Se le acercó, conversaron y lo llevó en auto de regreso a su casa de la calle Maipú. Antes de despedirse, Borges le dejó un acertijo: ¿quién era el autor de aquel poema que rimaba, en francés, "jusqu'au" con "Vasco"?
«Averígüelo y nos volvemos a ver», desafió Borges. Incansable, Bernès halló la respuesta: era Mallarmé.

Nueve años más tarde, Bernès recibió la misión de coordinar y establecer la edición de las obras completas de Borges en francés. Corría 1984. Bernès ya estaba de vuelta en Francia; Borges, a esta altura su amigo, fijó con él las pautas de trabajo.


¿Qué fue lo que más le sorprendió de Borges cuando lo conoció?

Su naturalidad y su obsesión literaria. Su gusto por la conversación y su inmensa generosidad. Hacía creer a cualquiera que era un interlocutor a su altura y que podía entrar en su juego. También su sentido del humor. No daba la impresión de tomarse en serio, no era un intelectual. Creo que han deformado su imagen. En realidad era sumamente sensible. Quizás algo... no digo egoísta, pero sí un poco reservado o depresivo.


Durante cuatro años, una o dos veces por semana, usted fue a cenar con Borges en casa de Bioy y Silvina Ocampo. O sea que fue un testigo privilegiado de esa amistad.


Aquella era una amistad de a tres. Victoria Ocampo los apodaba "el trío infernal". Yo diría, por mi parte, que eran una versión argentina de los "enfants terribles" de Cocteau. Y los más terribles eran Silvina y Borges. Lo curioso es que esta relación se daba siempre de dos porque a Borges le costaba mucho mantener un diálogo con más de un interlocutor. Si Borges trabajaba con Adolfito en su escritorio, yo estaba con Silvina en otra habitación. Luego, a la mesa, ocurría lo mismo: no éramos cuatro sino dos series de dos. Muy raramente interveníamos todos, salvo cuando uno pronunciaba un verso en español o en francés y todos recitábamos, como en un juego, a ver quién llegaba antes al final del poema. A veces, en verano, los encuentros terminaban en Plaza Francia. Ibamos a un banco de la plaza para seguir conversando.


¿De qué cosas conversaban?


Se hablaba mucho de los ausentes. Y lo más divertido era el costado chismoso. Existía una suerte de código secreto. La gente era mencionada con sobrenombres: "El peronista mundano", "La mierdita".


¿Y usted sabía de quién se hablaba?


Claro, si lo había visto cinco minutos antes... A lo sumo, Silvina se encargaba de decirme quién era.


¿Cómo fue su último encuentro con Borges?


Lo recuerdo perfectamente. Fue en Ginebra, a comienzos de junio de 1986. Estábamos trabajando. Releíamos las obras, revisábamos las traducciones. De pronto me propuso un recorrido por la historia de la literatura universal. Era como el juicio final, porque yo escogía un país y él nombraba los dos o tres escritores de su preferencia. En algunas casos, el primer nombre venía enseguida. En Italia, Dante; en Inglaterra, Shakespeare; en España, Cervantes. Con respecto a Francia, Borges no encontraba ninguno emblematico. Finalmente eligió a Montaigne. Luego dudó entre Voltaire o Verlaine. En Voltaire veía la calidad deslumbrante del francés clásico, mientras que Verlaine encarnaba, para él, la poesía en estado puro. Para Borges la poesía era
música, en esencia. Claro que desarrolló esta idea un poco tarde, cuando quedó ciego y dictaba los poemas subrayando su cadencia.


2 comentarios:

Marcelo dijo...

Con mucho placer estoy leyendo Galaxia Borges e Historias encontradas.
Un saludo!

Eduardo Berti dijo...

Me alegra mucho, Marcelo. Y bienvenido por acá.