20 marzo, 2010

Una partida de billar



Estaba sentado en el salón del hotel, leyendo un número atrasado del South China Times, cuando la puerta del bar fue abierta un tanto bruscamente y apareció en su vano un hombre muy alto y delgado.

—¿Quiere usted jugar una partida de billar? -me dijo.

—¡Encantado!

Me levanté y fuí con él al bar. Era un pequeño hotel de piedra, de aspecto algo pretencioso, y era administrado por un mestizo portugués que fumaba opio. Las personas que allí se alojaban no alcanzaban a media docena: un funcionario portugués y su esposa, que aguardaban el barco que los llevaría a una colonia distante; un ingeniero de Lancashire que pasaba todo el día bebiendo con gesto adusto; una dama misteriosa, ya no joven, pero de apariencia voluptuosa, que sólo venía al comedor para la hora de las comidas y regresaba inmediatamente después a su habitación, y ese extranjero, a quien yo no había visto antes. Supuse que había llegado esa noche en un barco chino. Era un hombre de algo más de cincuenta años, enjuto como si los soles tropicales hubiesen secado toda la savia de su cuerpo, de rostro color rojo ladrillo. No me resultaba fácil de situar. Podía haber sido un capitán de barco sin trabajo o el representante de alguna firma extranjera de Hong Kong. Era muy callado y no respondió en absoluto a las casuales observaciones que hice en el transcurso de la partida. Jugaba al billar bastante bien, aunque no perfectamente, pero era un compañero de juego muy agradable; y cuando embolsó mi bola, en lugar de dejarme un obstáculo doble, me concedió una razonable jugada. Pero jamás hubiera vuelto a pensar en él nuevamente después que terminó esa partida, si de repente, rompiendo por primera vez su silencio, no me hubiese efectuado una singular pregunta.

—¿Cree usted en el destino? -inquirió.

—¿En el billar? -repliqué, no poco sorprendido ante su observación.

—No, en la vida.

Yo no deseaba responderle seriamente.

—No podría afirmarlo.

Efectuó su tiro. Hizo una pequeña pifia. Luego, mientras pasaba tiza a su taco, dijo:

—Yo sí. Creo que si las cosas se aproximan hacia uno, no es posible eludirlas.

Eso fue todo. No dijo nada más. Cuando terminamos la partida se fue a acostar, y jamás he vuelto a verlo nuevamente. Jamás sabré qué extraña emoción lo impulsó a efectuar esa repentina pregunta a un desconocido.


William Somerset Maugham, "
Estampas chinescas"



2 comentarios:

Adela dijo...

Siempre me sorprende este autor. Le debo una entrada.
Saludos,
AD.

Lucio dijo...

El viejo y querido William Somerset Maugham.