12 marzo, 2010

¿Quieres cenar conmigo esta noche?


-Tenía yo por entonces una amiga. Padres divorciados. Un hermano. Vivían ambos con la madre, por supuesto. De noche, los dos hermanos se visitaban en sus respectivos cuartos y conversaban en voz baja. Habían adquirido ese hábito cuando niños; ya jóvenes seguían haciéndolo. Un único tema, cada noche, todas las noches: papá. No lo veían nunca. Era piloto de avión de guerra. El padrastro vendía automóviles, o seguros, o salchichas. Un día, el hermano le dice a la hermana: “No aguanto más, voy a ir”. La madre se opone “Tienes suerte de ser un varón, de ser el mayor”, todo eso. El hermano viaja finalmente. El padre ha renunciado. Ahora posee su propia empresa de correo aéreo. Muralla de secretarias. El muchacho, tímido, no consigue que su padre lo reciba. Regresa. “….Ya verás, el año próximo. Estoy ahorrando mes a mes”. Ella deja pasar un año. Inventa que unos amigos la han invitado. Atraviesa los Estados Unidos de este a oeste; para economizar toma el autobus, tres días, tres noches. Por fin llega a Santa Barbara. Se arregla para la cita: impecablemente hermosa. Se presenta. A la recepcionista le da su apellido legal, el de su padrastro. Intenta explicarle algo más. Nadie la escucha. La invitan a pasar enseguida. Su padre se pone de pie, alto, bronceado, con un pequeño bigote, lleva un saco blanco con botones cobrizos. “Mi pequeña, ¿qué puedo hacer por ti? ¿Quieres cenar conmigo esta noche? Sentémonos en este divan, así podremos conversar mejor”, le dijo mientras con el dorso de su mano, ya abierta, acariciaba cada almohadón.

- ¿Y entonces?

-Entonces mi amiga tomó el primer vuelo de regreso.

Vladimir Volkoff, “El profesor de historia”


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