23 febrero, 2010

La ribera

Enrique WERNICKE


Los libros estaban guardados en un arcón, bajo llave, en una casa de veraneo a orillas del mar. Los libros subversivos, como se decía. Al cumplirse los siete años, el arcón se volvió a abrir y los libros reaparecieron cansados, con ese olor a humedad propio de los sótanos. Con un excesivo celo, entre los libros "peligrosos" se habían guardado otros no tanto. Recuerdo dos en especial: una novela de Enrique Medina llamada Striptease (pocas retratan de manera tan directa el submundo sexual porteño) y La ribera, de Enrique Wernicke, Por entonces yo no sabía nada de este autor. Me llamó la atención el soldado en la tapa: edición de 1967, del Centro Editor. Leí La ribera en estado de embeleso. Por la historia, claro está. Por esa estrategia de vivir en el Tigre; de estar y no estar, a la vez, en la ciudad. ¿Porque el protagonista se llamaba como yo? Quizás. Pero ante todo por la prosa exquisitamente simple. Años después leí otros libros de Wernicke, como El agua. Pero La ribera es, para mí, un caso especial. Una de las grandes novelas argentinas, me arriesgaría a decir. Con alegría vi que Abelardo Castillo propició su reedición. Tal vez ocurra, salvando todas las diferencias estéticas, un acto de justicia comparable a cuando Piglia sacó de nuevo a la luz la alucinante (y alucinada) Eisejuaz, de Sara Gallardo.





Un fragmento de "La ribera":

Desperté bruscamente, totalmente lúcido.

Era imposible demorarse en la inconsciencia: la mañana estallaba en la ventana de la piecita y me había penetrado el cuerpo cuando apenas entreabrí los párpados.

Me senté en la cama apoyando la espalda en los duros barrotes. La luz invadía la reducida habitación y su impertinente desenfado señalaba los más graves defectos de mi vida: soledad, desorden, pobreza. Sábanas arrugadas y sucias. Ropa en el suelo. Una botella de vino, vacía. Un libro abierto y manchado. Puchos de cigarrillos.

Estigmas de una noche como tantas.

Pero la ventana me ofrecía un nuevo día y resultaba grato recomenzar a vivir.

Me vestí distraídamente. Miraba las ramas del sauce recién brotado que se interponía entre mi casa y la calle. Cuando di unos pasos buscando mis alpargatas, el piso cedió bajo mi peso con esa blandura que suele tener la tierra fresca. Sonreí. No siempre soy capaz de sentir las cosas.

Di otros pasos por sentir nuevamente la elasticidad de la madera. Y recordé la sensación que se experimenta al subir a un bote y la liviandad de la marcha sobre un muelle de madera.

Recordé un mar lejano. Y de pronto me sentí feliz.

Al fin de cuentas, una vez más vivía en una ribera, y el río, si no el mar, estaba a unos metros de mi casa.

La soledad concede despertares puros. Cuando se vive solo, se es mucho más virgen y al levantarse de la cama es común azorarse de sí mismo. Se es más auténtico, más sincero.

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