12 febrero, 2010

El castigo de un ladrón


En el pueblo de Yzeures, en los confines del territorio de Tours, hay una iglesia donde a menudo ocurren milagros. Posee, como es costumbre, ventanas cerradas y vitraux con marcos de madera, por donde la luz del mundo penetra más brillantemente en el interior del sagrado edificio. Un audaz ladrón nocturno decidió pillar esta iglesia y se introdujo en su penumbra, pero al ver que nada podía llevarse del mobiliario, muy bien sujeto por los guardianes, pensó: “Ya que no puedo robar otra cosa, me llevaré al menos los vitraux, los fundiré y ganaré así algo de dinero”. Destrozó entonces los vidrios, separó el metal que había en ellos y se marchó a Bourges. Una vez allí metió en el horno, durante tres horas, lo que había robado, pero fue en vano. Nada pudo obtener. Flaqueando bajo el peso de su delito, reconociendo que lo castigaba el juicio divino, volvió insistir hasta retirar del crisol algo que se había convertido en unos glóbulos pequeños . Vendió esto a dos mercaderes que pasaban por ahí, y a cambio obtuvo, además del dinero, una lepra incurable. En efecto, al año exacto de haber cometido este robo, se le hincharon la cabeza y los ojos. El mismo mal se manifiesta en él cada nuevo aniversario de su robo y el desgraciado llora porque es imposible devolver los vitraux.

Consignado por San Gregorio de Tours en sus relatos de milagros


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