03 enero, 2010

La era de la nube


Por Eduardo Berti


Nostalgia y tiempo presente parecen dos ideas incompatibles, pero se sabe que el tiempo es veloz, tan veloz que, a menudo, nos asombramos siendo actores o testigos de nostalgias por cosas que, hasta ayer, formaban parte del paisaje. ¿Quién iba pensar, por ejemplo, que habría una nostalgia por la Alemania del Este? Parece obvio anunciar que, tarde o temprano, llegará el día en que existirá una nostalgia por internet o por ciertos contenidos o cierta etapa de internet del mismo modo que existe desde hace tiempo una industria de la nostalgia por la antigua televisión.

En Estados Unidos se ha puesto en funcionamiento un Internet Archive, un archivo de viejos sitios web –o de viejas versiones de sitios que aún existen, aunque en perpetua renovación–, el cual, desde luego, puede consultarse en el ciberespacio; basta con ir a www.archive.org e ingresar en esa especie de máquina del tiempo que se denomina Wayback Machine. He visitado varias veces este archivo, recomendable para quien desee rastrear cómo han ido evolucionando el diseño y la concepción de las páginas.




Los responsables del Internet Archive, fundado en 1996, se jactan de haber catalogado 150 mil millones de páginas; la iniciativa cuenta con el apoyo de la biblioteca del Congreso y del prestigioso Instituto Smithsonian. Ideológicamente, el proyecto se ha basado, entre otras cosas, en un concepto acuñado por el diseñador de ordenadores Danny Hillis: el riesgo de una era de poca memoria o, algo más dramáticamente, de una “edad negra digital”. Pese a que se suele proclamar que los formatos digitales son imperecederos, su obsolescencia es inevitable y la preservación de archivos plantea nuevos problemas.

Hay un aspecto temerario en la ilusión de que el soporte digital –para el cine, la fotografía o el diseño gráfico de libros– es “inmortal” y confiable. Por supuesto que hoy corremos menos riesgos de que un incendio aislado suscite la desaparición del único negativo de equis largometraje. Pero una de las contracaras es la amenaza de lo efímero.

En febrero pasado, la directora de la British Library, Lynne Brindley, anunció su intención de crear un archivo de páginas web británicas y en lengua inglesa en general. En una entrevista concedida al periódico The Guardian, Brindley introduce el concepto de “caos digital”, brinda el ejemplo hogareño de las muchas fotografías digitales que acumulan sin ton ni son en los ordenadores –ordenadores desordenados, valga el juego de palabras– y ofrece dos ejemplos concretos que inspiraron su proyecto: su asombro al ver que de las casi 150 páginas que existían consagradas a los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 ya no queda prácticamente nada en el ciberespacio; su alarma al ver cómo desaparecían casi todas las páginas oficiales de George W. Bush a poco de finalizado su mandato presidencial. A esto se podría añadir el reciente cierre de Geocities, de Yahoo.

Del mismo modo que la señora Brindley sostiene con sensatez que no se puede dejar la custodia de la memoria en manos de Google y grupos afines, ya que esta labor compete ante todo a bibliotecarios o historiadores, tampoco parece conveniente dejar la custodia de las páginas en castellano sólo en manos de archivistas de otras lenguas y culturas, por mucho esmero que pongan ellos en la tarea.

Y qué hacer, por otra parte, con el hecho de que muchos ensayos –libros, trabajos universitarios– incluyen cada vez más referencias a páginas web que en un futuro acaso ya no estén a nuestro alcance.

La sensación de estar atravesando una era de lo efímero parece confirmarse, sino aumentar, con una tendencia que muchos expertos en informática dan por irreversible: el reemplazo de los discos rígidos de los ordenadores personales por un sistema de almacenamiento externo. Lo que en ciberjerga se llama, cada vez más, la nube. La consecuencia es que alguien –un “servidor”– ejercerá de memoria. El concepto no es totalmente novedoso. Muchos usuarios emplean, desde hace tiempo, sus casillas de correo electrónico a modo de archivo alternativo o preventivo en caso de tener problemas con su disco personal. Pero otra cosa es carecer de toda memoria propia y dejarla en manos de una entidad abstracta.

El vaticinio parece ser que, en un futuro, buena parte de la información personal y también de la información de las empresas vivirá en ese limbo llamado nube. Además de ciertas trampas menores, como la así llamada “dependencia de la conectividad”, aparecen otros dilemas delicados. Principalmente, claro, el tema de la seguridad y privacidad de los datos. La perspectiva podría estar más cerca de Orwell que de la tan mentada libertad del ciberespacio. Lo ideal, una vez más, parece consistir en hallar un equilibrio entre el viejo concepto de centralización y esa utopía de multiplicación a la que invita internet.

(Versión resumida de un artículo publicado originalmente en el diario 'Crítica', de Buenos Aires, Argentina)

5 comentarios:

costa sin mar dijo...

me dejó pensando tu artículo y mucho

la onda de almacenar dará el concepto de canón y eso no sé si sea bueno o malo

desde hace unos meses escribo ondas de los países que desaparecieron (sobre todo de los del este)

la nube no es una buena metáfora de la memoria en general?

hugo dijo...

Hola Eduardo:
¡Poca broma con el artículo que has colgado!
Dejas abiertos una serie de temas que en la actualidad centralizan cualquier debate que reclame un mínimo de rigor intelectual.

En primer lugar el asunto de lo efímero. Aunque siempre ligado a lo temporal, desde que existe Internet-Google, lo efímero queda determinado por un concepto eficientista del espacio: las páginas web han de ser rentables para que la maquinaria también lo sea y prevalezca ante cualquier crisis -¿quién puede negar que Google es un "looby" financiero y un poder fáctico en Estados Unidos con todo lo que eso significa?

El otro tema que dejas abierto es el de la memoria. A veces parece que todos estemos empeñados en fusilar a Funes al amanecer -me refiero al del cuento de Borges- Si Google, la Wikipedia o la Agenda del móvil, ya tienen memoria por mi, ¿para qué poner a trabajar a mi memoria? Eso, al menos por aquí, por esta España de nunca-acabar, se advierte en un empobrecimiento cada día más alarmante en el discurso de adolescentes y no tan adolescentes. ¿Cómo se elabora un discurso más o menos coherente si no tengo ningún dominio o control de mi memoria?
Por otra parte, no estoy para nada de acuerdo con el paralelo que utiliza Brindley. Pese al caos de fotografías que puede haber en un ordenador, cada individuo controla su ordenador y puede hacer con ellas lo que quiera, mientras que la "eficiencia" ordenadora responderá siempre a una pautas ideológicas concretas y eso no aproxima aún más al Gran Hermano de Orwel que poco a poco nos ha caído encima.

Por último y, ligado a lo anterior está la cuestión del pensamiento individual. Si ya, mal que nos pese, esta democracia burguesa se ha encargado de convencernos que es excelente hipotecar nuestra libertad al Estado y a una serie de impresentables -¡vayamos a votar o no!- que dicen representarnos, hay que imaginar qué consecuencias podrían tener que otros, a los que ya les hemos delegado la capacidad de organizar y estructurar nuestras memorias, acaben haciéndolo con nuestro pensamiento individual y con nuestra capacidad para tener una ideología.

La era digital es perecedera, cómo todo, somos esclavos de nuestras ansiedades. Lo que, por ahora y es de desear que por mucho tiempo, no es perecedero es la disposición humana a pensar, crear e imaginar otro mundo menos perfecto que el que nos intentan colar estos epígonos de vendedores ambulantes de los trenes de la ex "Linea Roca"

Releo y sólo me queda pedirte disculpas a ti y a tus lectores por la extensión del comentario
El problema es que veo difícil el propósito de enmienda
Espero continuar plantándole cara a
"la nube"

salut,
chau,
hugo

pia dijo...

Excelente artículo, Eduardo. Me dejó pensando, da una idea vertiginosa, como de muñecas rusas, pero al revés.

pia dijo...

Excelente artículo, Eduardo. Me dejó pensando, da una idea vertiginosa, de muñecas rusas, pero al revés.

Eduardo Berti dijo...

La nube es una gran metáfora, es cierto, Costa sin Mar.
Y yo también pienso, estimado Hugo, que acaso lo de Bradley no funciona muy bien como paralelo; pero me parecía que era un tema (aunque no totalmente comparable) interesante el del "caos", al menos como idea complementaria.
Un abrazo a ambos y un beso para Pía.