
El nuevo libro de la editorial La Compañía es "Catálogo de juguetes", de la escritora italiana Sandra Petrignani, con traducción de Guillermo Piro y posfacio de Giorgio Manganelli.
El "Catálogo de juguetes" presenta un inventario de 65 juguetes y juegos propios de los niños italianos que nacieron y crecieron, como la autora, entre los años ’50 y ‘70. Sin embargo, Petrignani logra que su “objeto de estudio” adquiera valor universal y pueda ser leído como un texto que narra el paso de la infancia a la adolescencia.
Patrick Curry comentó en el Times Literary Supplement que había terminado la lectura de esta obra con un gran sentimiento de melancolía, como si hubiese concluido su infancia por segunda vez. Por su parte, la revista italiana L’Europeo afirmó que Catálogo de juguetes lleva al lector a lo más hondo de su memoria y restaura el mágico territorio del juego.
En efecto, es imposible no sentirse tocado cuando Petrignani habla del flipper, el oso de peluche, la hamaca, el metegol, la Barbie, el View Master, las figuritas o el yo-yo. Seguramente el viaje a zonas olvidadas, secretas y universales sea lo que le concedió a Catálogo de juguetes (inédito hasta ahora en castellano) un lugar privilegiado no sólo en la obra de Petrignani sino también en la literatura italiana contemporánea.
El siguiente es un texto escrito por Petrignani, especialmente para la revista ADN del diario argentino La Nación, y publicado ayer sábado.
Por Sandra Petrignani
La idea original del Catálogo de los juguetes era escribir una historia de mi infancia, una infancia de la década de 1950. Yo tenía un hijo chico, Guido, a quien el libro está dedicado, y observando su modo de jugar y su relación con los juguetes, me pareció entender que se había originado una gran fractura en el mundo infantil. Yo, que pertenecía a la generación del baby-boom (era una babyboomer con todas las de la ley), de las manifestaciones estudiantiles, de la revolución sexual, etcétera, había sido una chica mucho más parecida a los chicos que me habían precedido que a aquellos que habían venido después. Quiero decir que si bien los nacidos después del final de la última Guerra Mundial encontraron un mundo totalmente distinto del anterior, en lo que respecta al mundo de los juguetes la revolución debe fecharse uno o dos decenios después. Yo nací en 1952; mi hijo, en 1983. Entre él y yo los juguetes han perdido (casi) completamente el "aura", es decir, su sustancia mágica. De algún modo se convirtieron en objetos equivalentes a los demás, parte del gran sistema de consumo.
Es por eso que pensé en escribir el libro bajo la forma de una meditación sobre objetos-juguetes particulares (cada capítulo un juguete), para recrear el aura perdida y el sabor lejano de mi infancia, tan distinta de la de mi hijo y sus amiguitos. Utilicé el método proustiano de la memoria involuntaria, los juguetes se convirtieron en mis magdalenas. Recuerdo que, literalmente, me rodeaba de juguetes: los pocos que me acompañaban desde chica (un osito, las bolitas, una vieja cafeterita, la Barbie) y los de Guido. Y cuando entre mis amigos se corrió la voz de mi proyecto, todo se volvió una competencia por recordarme este o aquel juguete, este o aquel juego, un indagar hacia atrás que contagiaba y emocionaba. Incluso los juguetes que nunca había tenido (el trencito eléctrico, por ejemplo) resucitaban en mí recuerdos inmediatos. Volvía a ser chica, volvía a la casa de un compañero de la escuela, varón, que me mostraba su trencito que corría intrépido sobre ruedas. Lo veíamos desaparecer dentro de las pequeñas galerías y detenerse en la estación minúscula que lo esperaba con los faroles encendidos. Revivía el sentimiento de exclusión (mi compañero no quería que yo tocara nada, sólo podía mirar) y el encanto de imaginar a las personas que no veía, tantos liliputienses escondidos dentro de aquellos minúsculos vagones.
Escribir el libro fue una emoción continua de ese orden: revivir momentos perdidos y recrear al mismo tiempo la relación con esas cosas especiales que son los juguetes y, a través de ellos, la relación con los adultos, con el crecimiento, con los miedos infantiles y la milagrosa experiencia de lo mágico que tienen todos los chicos.
Confrontando luego aquellas emociones mías con el mundo en que vivía mi hijo, entendía que yo había alcanzado a vivir la infancia con una ingenuidad y una libertad que a los chicos de hoy no se les conceden casi nunca, al menos en las sociedades del bienestar. Por ejemplo, me daba cuenta de hasta qué punto los chicos de entonces formábamos una banda, de distintas edades y hasta de clases sociales distintas. Jugábamos libres, en la calle, en las plazas, sin el control continuo de la mirada adulta sobre nosotros. No estábamos cargados de ocupaciones como los chicos de hoy: lecciones de natación, de inglés, de esto y de aquello. Vigilados siempre por madres, abuelas o baby-sitters , porque se mueven en un mundo mucho más peligroso que lo que era el nuestro.
Creo haber reconocido dos elementos que trastornaron definitivamente el mundo de los juguetes: la irrupción de la electrónica y el negocio de la infancia. En ambos casos el juguete se convirtió en algo complejo. Nosotros podíamos jugar durante horas lanzando piedritas hacia arriba y atajándolas con las palmas o con el dorso de las manos; un chico de hoy, en cambio, se aburriría en cinco minutos. Los chicos son más solitarios y necesitan aparatos para hacerse compañía: TV, computadora, PlayStation. Tienen con los juguetes una relación de propiedad coleccionista, más que afectiva. Ya no existe esa muñeca precisa, aquel único osito, sino una serie de muñecas, de ositos, en una multiplicación sin fin, creada y estimulada por la industria y la publicidad, que logran hacer del chico un consumidor esclavo de necesidades inducidas.
De todas formas, éstos son discursos sociológicos, reflexiones a las que inevitablemente me ha conducido la escritura de este libro, pero que no explican lo esencial, ni la suerte del libro en Italia y en el exterior. Creo que lo atractivo es justamente el uso que hice del juguete como médium, el proponerlo como objeto especial, mágico, sagrado. Es una manera de entrar en contacto con la parte infantil del ser humano, porque el comportamiento de los chicos puede cambiar y el mundo cambia en torno a ellos, pero lo que no cambia es la parte más tierna y secreta que resiste dentro de nosotros y que, en la edad infantil, estuvo más cerca del gran misterio del que todos venimos y al que todos estamos destinados a volver.
[Traducción: Matías Alinovi]