07 diciembre, 2009

Unas muñecas rusas


Por Eduardo Berti

Hace más de 20 años, cuando empecé a escribir los cuentos breves y ultrabreves que terminaron integrando mi libro La vida imposible, el género del microcuento estaba bien definido pero yo no lo sabía. No lo sabía porque era joven, iniciaba mis lecturas y esas lecturas aún no me habían conducido a autores que hoy valoro especialmente; no lo sabía, ante todo, porque aun cuando la micronarrativa ya estaba madura, su circulación era más secreta y no había alcanzado ni el reconocimiento ni la visibilidad que tiene desde mediados de los noventa.

No sé si volveré a incursionar en el género del microcuento. Lo indudable, en todo caso, es que al mismo tiempo que me volví un autor de microrrelatos (al menos por un libro) me convertí en un ferviente y curioso lector de ellos. Curioso, digo, porque mi actividad de escritura me indujo a investigar al respecto, cosa no tan extraña si se considera que comúnmente los escritores trabajan así y, a diferencia de un investigador universitario que escoge un tema a priori, suelen partir de una inquietud relacionada primeramente con el hacer.

Una consecuencia de mi pasión por lo que hoy se llama micronarrativa han sido dos antologías que fui construyendo, casi sin darme cuenta, durante más de una década: Los cuentos más breves del mundo (de Esopo a Kafka) y, ahora, la flamante Historias encontradas.

Con la primera de estas dos antologías, publicada hace un año en España (por la editorial Páginas de Espuma), intenté discernir y recorrer, con ejemplos de lo más variados, cuáles son los múltiples ancestros que reconoce la corriente del cuento superbreve. Qué ocurría con la microficción mucho antes del siglo XX, mucho antes de Kafka o de Chejov.

Una de las paradojas de la micronarrativa es que, así como muchos la tienen por el género más nuevo bajo el sol, sus fuentes y raíces son sumamente antiguas, ya que entre las formas que la prefiguran abundan las que pertenecen a la tradición oral o a la literatura en un estado casi primigenio: fábulas, apólogos, leyendas, anécdotas, casos o incluso chistes.

En su libro Teoría del cuento (1979), Enrique Anderson Imbert señaló que el origen de las formas breves puede rastrearse en los inicios de la literatura, hace ya cuatro mil años, en calidad de relatos intercalados, como digresiones relativamente autónomas. Se trata, en líneas generales, de textos enmarcados en un discurso mayor y que casi siempre consignan hechos inhabituales o extraordinarios.

Llegamos entonces al punto de partida de los Cuentos encontrados: mi costumbre (mi manía, ¿por qué no?) de subrayar, de coleccionar las historias breves que voy encontrando dentro de libros más extensos. Porque no es lo mismo, por supuesto, un cuento que nació autónomo (como las fábulas esopianas y otros materiales que conforman Los cuentos más breves del mundo) que un microrrelato que está enmarcado dentro de un texto mayor. Y porque la evolución del género (desde esos primeros pasos que citaba Anderson Imbert) no ha hecho, en absoluto, que desaparecieran las digresiones autónomas.

Los cuentos que conforman Historias encontradas provienen, en líneas generales, de tres clases de libros: en su mayor parte de novelas y relatos; en segundo lugar, de misceláneas (florilegios) o de ensayos. Pero en todos los casos se trata de “relatos hallados” o, si se prefiere, de historias semiocultas o sembradas por el autor en el agitado mar de un texto bastante más vasto.

Algunos de estos relatos poseen una clara autonomía; en otros, eso no ocurre de manera tan explícita y es, en consecuencia, un lector quien ha osado recortarlos, quien ha cedido a la tentación de abrir la “jaula” del libro donde estaba encerrada tal o cual historia a fin de soltarla a volar o, siendo menos dramáticos, de ponerla por un rato en primer plano.

Muchos de estos cuentos “encontrados” se hacen eco de una historia mayor, del gran relato que los contiene (remedándolo con variantes, como un espejo en miniatura); otros, por el contrario, son independientes o únicamente ilustrativos de un momento o un detalle en particular. Ambas prácticas existen, por cierto, desde hace siglos.

Cada historia, puede decirse, encierra otras historias. Como muñecas rusas, las novelas o los cuentos que más hemos disfrutado podrían haberse prolongado de manera casi infinita; sólo que el narrador, nunca más afín a un escultor, tomó la decisión de fijar límites, se vio obligado a hacer recortes.

Al mismo tiempo, los narradores saben o presienten que, como decía Bioy Casares, por las digresiones penetra la vida. La jerarquía de ciertos libros, de ciertas novelas, puede detectarse no sólo por el brillo innegable de su historia central, sino también por el atractivo de sus “materiales de segundo plano”, de sus “historias menores”. No es de extrañar, en consecuencia, que de ciertos monumentos literarios nos quede, pasado un tiempo, la memoria de tal o cual relato digresivo, tanto o más que un recuerdo integral.


Versión abreviada del texto publicado el pasado domingo 6 de diciembre en el suplemento Radar Libros del diario Página/12, Buenos Aires, Argentina. Texto completo:

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3625-2009-12-06.html



6 comentarios:

Lucio dijo...

Felicitaciones.

Eduardo Berti dijo...

Muchas gracias, Lucio. Un saludo.

Lucio dijo...

¿Cuándo estará en las librerías?

Eduardo Berti dijo...

En principio, Lucio, ya tendría que estar. Salió a la venta hace unos 3 días, más o menos.

Rui Manuel Amaral dijo...

O artigo completo é excelente.

Eduardo Berti dijo...

Obrigado, Rui.