04 noviembre, 2009

Cuatro juguetes


Cuatro fragmentos de "Catálogo de juguetes", de la italiana Sandra Petrignani. Traducción de Guillermo Piro.

Barrilete

Era un juego otoñal. Iban juntos, grandes y chicos, por las colinas. Uno de los grandes conducía las operaciones y sostenía el cordel, aflojando cuando resultaba muy tirante, tirando y enrollando si era lento. Todos corrían detrás de ese pájaro extraño que agitaba sus cintas e independizándose les hacía frente a las corrientes de aire. Se contenía la respiración, preocupados por la evidente inestabilidad. Y la desilusión (¿o la satisfacción?) no tardaba, el barrilete moría enseguida, como golpeado por un cazador infalible. No era claro el sortilegio de ese objeto impalpable.

Casa de muñecas

La impresión de ser Gulliver en el país de Lilliput. El poder de espiar dentro de las casas de los otros, atrapar momentos privados de la vida de los otros. Un poco como cuando el tren disminuye la velocidad atravesando un pueblo, rozando las casas, y se mira por la ventanilla el ajetreo de los campesinos, la perezosa espera de un viejo, el bostezo de un muchacho aún en pijama que no sabe que está siendo visto. La casa de la muñeca no está hecha para jugar, sino para ser observada.

Barbie

Cayó en las vidas de las niñas nacidas a comienzos de los años cincuenta sorprendiéndolas en el inicio de la adolescencia. Niñas que habían visto Lo que el viento se llevó o las películas de Marlene Dietrich y se debatían entre dos alternativas: seguir el modelo materno o convertirse en aventureras seductoras. Barbie era bella, rica, independiente. Poseía objetos, vestidos y al menos un hombre, Ken, su novio. Y una serie de amigos. Seguramente tenía una profesión moderna: modelo publicitaria, periodista o actriz de cine. Su guardarropa revelaba viajes, responsabilidades, veladas elegantes. Comprarle un nuevo vestido a la Barbie con la cuota semanal era ganarse un adelanto de futura autonomía, una especie de ensayo general, una idea de futuro. Barbie no era una muñeca, era una aspiración.

Figuritas

Como los libros, los álbumes están pensados para la lectura. Los epígrafes de las imágenes enseñan y relatan. Cuando falta la figurita la frustración es doble, se contempla una forma vacía, la silueta rectangular de la pieza ausente, y leer no tiene sentido. Pero también son libros que deben escribirse. Desordenadamente. Primero un capítulo o una frase que en el diseño general se situará después. Y los agujeros que quedan son pasajes irresueltos de una historia que existe en alguna parte y que hace falta entender o rellenar. La satisfacción dada por el álbum es la de la creación. No hay un álbum igual a otro mientras está incompleto.


1 comentario:

Carolina dijo...

Qué delicia estos fragmentos, creo que pasé por todos, pero con el que más me identifico es con la casa de muñecas... Realmente eran para ser observdas, adoraba armarlas con su pequeños muebles y jugaba a colgarles pequeños cuadros que yo misma hacía, cuando todo estaba en su lugar me queadaba un rato mirando y luego ya era hora de guardar...
saludos