26 octubre, 2009

Sara


En el último número de la revista "Ñ", Edgardo Cozarinsky recuerda a Sara, su madre, a partir de una vieja fotografía
.

¿Que edad tenía cuando le tomaron esta foto? ¿Cinco años? ¿Seis?

Había nacido en 1910...

El telón de fondo pintado con esfumaturas, el banco de plaza mudado en accesorio, la rosa de trapo que le pusieron en la mano: todo delata el estudio del fotógrafo. Lo que ningún profesional pudo inventar es la belleza: esa mirada que a veces me parece cándida, otras desconfiada; el labio superior tan pleno, no sé si de sensualidad espontánea, aun no calculada, o de cierta displicencia precoz. Debía estar cansada de posar, de mantenerse inmóvil como le pedía la madre transmitiendo órdenes del fotógrafo: me parece que espera el momento de recuperar la libertad. La convención de la época me ha ahorrado la sonrisa "compradora", la aplicada simpatía al gusto norteamericano que más tarde iba a imponerse. Para una familia humilde, visitar el estudio de un fotógrafo era una ocasión importante. Suponía, imponía gravedad.

El blanco y negro no me permite adivinar que "era rubia y sus ojos celestes / reflejaban la gloria del día", la letra que Héctor Pedro Blomberg compuso para La pulpera de Santa Lucía, vals de inspiración rosista que le iba a cantar Elías B., un primer pretendiente de barrio, en Almagro. (La familia había seguido un itinerario frecuente en la colectividad: vivían en el Once cuando ella nació, más tarde se mudaron al Abasto, a la calle Guardia Vieja, finalmente a Acuña de Figueroa.) Esa canción la halagaba pero no se dejó convencer.

Tampoco por un seductor más próspero: la esperaba a la salida del colegio, al volante de un automóvil convertible, que en el Buenos Aires de la época llamaban con una deformación de la palabra francesa voiturette. De nuevo: la halagaba que la siguiera con elogios a su belleza, con invitaciones a subir y un ocasional ramo de flores, pero algunas compañeras ya le habían advertido que se trataba de un director de cine especializado en "películas chanchas".

Le pregunté, cuando advertí que su memoria empezaba a borronearse, el nombre de ese cineasta. Le costó recordarlo pero finalmente acertó con el de Luis Moglia Barth. Le conté que pocos años más tarde iba a realizar el primer film sonoro argentino: Tango. Se perdió la ocasión de una carrera de actriz, le dije con una sonrisa. No hubo nostalgia en su réplica: "Bah, un colorado pecoso..."

(En el año 2009, Fernando Martín Peña descubrió una copia de Afrodita, film que Moglia Barth realizó en 1927, protegidos él y los actores por seudónimos franceses. No hay en él pornografía sino un erotismo discreto, varios senos descubiertos y un elogio del amor sensual que resultaron escandalosos para la época. Me pregunto si el "colorado pecoso" habría dirigido otros films anteriores en la misma vena, si su notoriedad podía haber llegado a oídos de esas amigas que la persuadieron para no escuchar las sirenas de la voiturette).

Porque la belleza juvenil, fresca, vivaz, que descubrí en otras fotos merecía las caricias de la cámara. Con los años iba a convertirse en lo que se decía "una linda señora", atractiva en su viudez aunque siempre desconfiada de galanes atentos y asiduos. Los años no la maltrataron demasiado. Había llegado a los noventa y cinco cuando atacó el Alzheimer y en tres años la destruyó: su cara se hizo mueca, la mirada ausente o asustada

En ese tramo final me tocó revisar un placard de su departamento en busca de documentos que ella no hubiese podido hallar, ni siquiera reconocer. Encontré muchas fotos viejas, suyas, de sus hermanas, de sus padres; entre ellas, esta fotografía de estudio. Se la mostré para estudiar su reacción. ¿Se reconocería? Con voz firme, sin el balbuceo ya habitual, comentó, en tercera persona: "Ese vestido se lo hizo la mamá, las botitas se las regaló una tía." Y tras un silencio, con la mirada siempre fija en lo que había sido casi un siglo atrás: "La madre murió cuando ella tenía trece años.

Ella murió cuando yo ya había cumplido setenta.


2 comentarios:

flor dijo...

Me impresiona y admira tanto que le haya preguntado a su madre acerca de sus pretendientes.

Tanto.

Esas son charlas que jamás tendré.

Roberto dijo...

"Roberto Videla y sus precursores"
Uno de los secretos mejor guardados de la actual literatura cordobesa, secreto a voces, secreto sólo para los provincianos de la pampa húmeda, es "Perla", de Roberto Videla, la narración del reencuentro fugaz de un hijo que tuvo que irse lejos con su madre de noventa años, en el pueblo de la infancia. Las sutilezas del estilo memorialista al servicio de la intensificación del presente, que es el tiempo de la supervivencia, tiempo en el que la infancia vuelve a ser una promesa incumplida acechada por los fantasmas de la muerte.
Proyecto para un ensayo: leer conjuntamente "Perla" y "Sara", de Edgardo Cozarinsky, dos especímenes magníficos del género "mi madre y yo". El epígrafe sería el mismo que el de la memoria de Cozarinsky:
"Escribir: tratar meticulosamente de retener algo, hacer que algo sobreviva; arrebatarle unos pocos fragmentos al vacío que crece, dejar en alguna parte un surco, una huella, una marca, unos pocos signos" (George Perec, "Especes d'espaces").