31 octubre, 2009

Fumio Niwa

Fumio NIWA


No conocía al escritor japonés Fumio Niwa hasta haber leído la traducción al francés de “Iyagarase No Nenrei”, que en la versión de Gallimard se titula “L’age des méchancetés” (“La edad de las maldades”, propongo yo), pero que los ingleses han traducido como “The Hateful Age”, que suena más a “la edad odiada” (u odiosa).

El tema central del relato (cuento extenso o novela breve, como se prefiera) es la vejez y el modo en que diversos habitantes de una casa tratan de desembarazarse de una abuela anciana y bastante senil. La biografía de Niwa cobra un especial significado luego de haber leído este libro. Ocurre que el autor vivió 100 años y cinco meses, y que en sus últimas dos décadas sufrió de Alzheimer.

La anciana de “Iyagarase No Nenrei” tiene 86 años de edad y, según escribe Niwa (o, en realidad, según traduzco yo de la traducción francesa), cuando se llega a esa edad “no es un cuerpo de carne y hueso lo que se carga, sino más bien una vida entera”.

Más allá de la trama, que no voy a contar aquí, Niwa ofrece una serie de reflexiones y anécdotas en torno a la vejez. Algunas hacen pensar en aquella famosa película de Shoei Imamura (“La balada de Narayama”), donde se evocaba la antigua creencia japonesa de que los ancianos que han perdido todos los dientes tienen que ser dejados en la cima de una montaña.

El relato de Niwa, escrito a fines de los años cuarenta (finalizada la Segunda guerra mundial), es sintomático, al mismo tiempo, de un problema que sólo se vería con mayor claridad diez o veinte años más tarde: el envejecimiento de la población (no sólo en Japón, sino en el mundo entero) y los cambios en los patrones y las estructuras familiares.

Tras décadas en que se daba por seguro que los hijos y los nietos debían ocuparse de los miembros más viejos de su clan, la juventud japonesa que retrata Niwa ya no parece tan proclive a esta tradición. Más bien todo lo contrario. A tal punto que la idea de un hogar geriátrico les parece una bendición.

Promediando su libro, Niwa cuenta una breve historia. Dice que cuando un hombre casado moría también se grababa en su lápida el nombre de la viuda. Lo frecuente era poner un nombre al lado del otro, aunque coloreando de rojo el de la viuda para indicar que estaba viva. Ahora bien, había viudas que sobrevivían “demasiado” a su esposo. Tanto que, en esos casos, el rojo se iba borrando y ya nadie podía asegurar si la esposa continuaba o no en este mundo.

La abuela del relato de Niwa es una de estas viudas eternas. “Había conservado durante cuarenta años la foto de su marido (…) y ponía flores y prendía inciensos ante ella. Pero había tanta diferencia de edad entre ella y el objeto de su devoción que era posible tomar a este último por su hijo o, más aún, por su nieto”.

Extremadamente prolífico, Fumio Niwa llegó a publicar más de 50 novelas, cientos de relatos y también una decena de ensayos. Se casó dos veces y tuvo una sola hija, Keiko Honda, quien describió su declive físico en un libro llamado Kaigo no hibi (traducido al inglés como Days of Care) y que es, claro está, otro texto acerca de "la edad odiosa".