09 agosto, 2009

Sistema de Babel

Salvador ELIZONDO


Ya va a hacer un año que decreté la instauración de un nuevo sistema del habla en mi casa. Todos somos considerablemente más felices desde entonces. No hay que pensar que lo hice porque el lenguaje que habíamos empleado hasta entonces no me pareciera eficaz y suficiente para comunicarnos. Prueba de ello es que lo estoy empleando aquí para comunicar, aunque sea en una medida remota e imprecisa, la naturaleza de esta nueva lengua. Además, su materia es esencialmente la misma de que estaba hecho el otro, ahora desechado y proscrito. Pero fueron, justamente, esa eficacia y esa suficiencia del antiguo lenguaje las que me lo hicieron, al final, exacto, preciso y, sobre todo, extremadamente tedioso. ¡Qué estupidez trágica, me dije, qué aberración tan tenaz de la especie es la de que las palabras correspondan siempre a la cosa y que el gato se llame gato y no, por ejemplo, perro!

Pero basta con no llamar a las cosas por su nombre para que adquieran un nuevo, insospechado sentido que las amplifica o las recubre con el velo del misterio de las antiguas invocaciones sagradas. Se vuelven otras, como dicen. Llamadle flor a la mariposa y caracol a la flor; interpretad toda la poesía o las cosas del mundo y encontraréis otro tanto de poesía y otro tanto de mundo en los términos de ese trastocamiento o de esa exégesis; cortad el ombligo serpentino que une a la palabra con la cosa y encontraréis que comienza a crecer autónomamente, como un niño; florece luego y madura cuando adquiere un nuevo significado común y transmisible. Condenada, muere y traspone el umbral hacia nuevos avatares lógicos o reales. Digo reales porque las metamorfosis de las palabras afectan a las cosas que ellas designan. Para dar un ejemplo sencillo: un perro que ronronea es más interesante que cualquier gato; a no ser que se trate de un gato que ladre, claro. Pensemos, si no, un solo momento, en esos tigres que revolotean en su jaulita colgada del muro, junto al geranio.

Todos aquí ayudamos a difundir la nueva lengua. Concienzudamente nos afanamos en decir una cosa por otra. A veces la tarea es ardua. Los niños tardan bastante en desprender el significado de las palabras. Diríase que nacen sabiéndolo todo. Otras veces, especialmente cuando hablo con mi mujer de cosas arbitrarias, llegan a pasar varias horas antes de que podamos redondear una frase sin sentido perfecta.

Salvador Elizondo: “El grafógrafo”

(gracias a José F, lector de este blog, quien a propósito de la entrada de ayer me recordó la existencia de este texto que yo había leído hace tiempo)


1 comentario:

Zeberio Zato dijo...

Pues yo no lo había leído y me encanta la última parte. Estamos tan poseídos por el lenguaje que no podemos pensar otra manera de delimitar la realidad.

Sobre este aspecto, que puede ser el germen de la poesía, leí hace poco un librito que se titula "Siete maneras de decir manzana" y que nos viene muy bien a los lectores de prosa.