29 julio, 2009

Somerset Maugham: lector omnívoro


Una mujer cuyo hijo tenía inclinaciones literarias le preguntó a Somerset Maugham qué consejo le daría él para ayudarlo a convertirse en escritor. Seguro de que la mujer no le haría caso, el autor de "Cakes and Ale" propuso: "Déle ciento cincuenta libras anuales por el lapso de cinco años y dígale que se vaya al demonio". Años más tarde, Maugham cayó en la cuenta de que el consejo impartido era "mucho mejor de lo que yo había supuesto", porque "con ese dinero un joven no morirá de hambre pero a la vez, como es poco, no llegará a disfrutar más que de un pequeño confort" (y el confort, decía Maugham, es el "peor enemigo de un escritor"), y también porque "con ese dinero viajará por el mundo en condiciones que le permitirán ver aspectos de la vida más coloridos y variados que si viajara como lo hacen los pudientes".

Viajar y leer eran acaso las dos mayores pasiones de Maugham. En "Confesiones de un lector", Juan Carlos Onetti lo califica de "lector omnívoro" y le adjudica la siguiente historia: estaba una noche Somerset Maugham en una perdida estación de tren de la India cuando descubrió que sus valijas no había viajado con él, que llegarían horas más tarde en el tren siguiente. Obligado a esperar, se puso a hurgar los bolsillos, releyó los papeles que llevaba encima y que, en el fondo, conocía de memoria, y finalmente tuvo que conformarse con la guía telefónica del pueblo: nombres y apellidos apenas comprensibles, direcciones y números. Cuando el tren llegó con las valijas en las que estaban los libros que llevaba para el viaje, hacía rato que había agotado la guía. El pueblo, para su desgracia, tenía muy pocos habitantes.

3 comentarios:

Ariel dijo...

Lindísimo.

Tomás D. Rubio dijo...

Y con cierto aire a déjà vu.

Saludos.

Jose F dijo...

Esa metáfora: la lectura como comida ("meter el diente a ese libro", "lector omnívoro" etc) habría merecido la diatriba de Bloy en su Exégesis de los lugares comunes.
Claro que Pablo Rolando me explicó alguna vez que hay gente que sólo tiene dientes. Que, por supuesto, no es el caso ni de Onetti ni de Maugham ni de Berti.