22 julio, 2009

Orar y mendigar

Nunca me ha gustado la frase “la necesidad enseña a orar”. Suena a sarcasmo, como sonaría por ejemplo: “La necesidad enseña a perorar.” Un rezo extraído, por imposición del miedo y de la necesidad, de los labios de aquellos que en los buenos tiempos ni sabían lo que significaba un rezo, no es más que una mísera perorata.

No existe un dicho como: “La felicidad enseña a orar.” Una oración semejante de acción de gracias ascendería libremente como incienso aromático. Pero esto es pura especulación. Nuestro idioma alemán no es equivoca cuando hace que se parezcan como hermanas las palabras “beten” (orar) y “betteln” (mendigar). Hubo épocas en que la figura del mendigo formaba parte del paisaje de las puertas de las iglesias, como el picaporte; su presencia estaba, por así decirlo, legitimada por la gracia de Dios, como la del rey, de manera que éste tenía su extremo opuesto en la tierra, y el orante y el mendicante-de-Dios tenían a alguien frente al cual podían ejercer la función de Dios donante.


“Una mujer en Berlín” (Anónima), traducción de Jorge Seca.