25 mayo, 2009

Lugares comunes


El “Diccionario de lugares comunes” (o de “tópicos”) fue la obra toda la vida de Gustave Flaubert. El proyecto nació antes aún de que publicara “Madame Bovary” y nunca dejó de obsesionarlo.

En una carta del 5 de julio de 1854, Flaubert le enumera a su querido amigo Louis Bouilhet las obras que han de forjar a dúo, entre ellas cierto “Ballet astronómico”, varias pantomimas y sobre todo el “Diccionario de lugares communes”. Y aunque en muchas cartas posteriores volvió a aludir a este libro, murió sin finalizarlo, a tal punto que el diccionario se publicó como texto inédito y como apéndice a la edición, también póstuma, de su novela “Bouvard y Pécuchet”.

El diccionario de Flaubert es un catálogo implacable de los clichés y las ideas estereotipadas (“idées recues”) de la burguesía europea, no sólo francesa, hacia fines del siglo XIX. Y al hacerlo también denuncia, de forma demoledora, ciertos tópicos en el uso de la lengua.

El libro está ordenado alfabéticamente, lo mismo que un pariente cercano: el “Diccionario del diablo”, de Ambrose Bierce. No obstante, a diferencia del libro de Bierce, Flaubert juega raras veces a proponer definiciones alternativas o sarcásticas, como por ejemplo en estos dos casos:

Ahorros (Caja de): Ocasión de robo para el servicio doméstico.

Imbéciles: Quienes no piensan como uno

O en esta otra entrada, que bien podría ser una greguería:

Deshollinador: Golondrina del invierno.

Por el contrario, el diccionario de Flaubert más bien se encarga de iluminar o desnudar prejuicios ideológicos que vacían o reducen de contenido a ciertos vocablos:

Cerveza: No hay que beberla porque acatarra.

Competencia: El alma de los negocios.

Difunto: "Mi difunto padre", y uno se quita el sombrero.

Erección: Sólo se menciona al hablar de los monumentos.

Infanticidio: Sólo lo cometen las clases populares.

Morenas: Más fogosas que las rubias.

Organo: Eleva el alma hacia Dios.

Zurdos: Terribles en la esgrima. Más habilidosos que quienes emplean la mano derecha.