31 diciembre, 2008

Salinger Noventa


J.D. Salinger cumple mañana 90 años y, al parecer, sigue recluido en
una propiedad cercana a la población de Cornish. Extractos de un artículo anónimo, publicado ayer en el diario "Crítica", de Buenos Aires:



Le bastaron cuatro libros breves y una desaparición extensa para fabricar su propia leyenda. Jerome David Salinger cumplirá mañana 90 años de mitología y son muy pocos los que pueden determinar si ha encanecido. Salinger, como tantas veces se ha dicho, dejó de tener un rostro para los lectores en 1980, cuando concedió su última entrevista.

Hubo un tiempo en que este autor, nacido en pleno Nueva York, hijo de un judío importador de quesos kosher y una judía conversa, tuvo un rostro enmarcado en contadas fotografías que avalaron su fama.

En 1951, tras publicaciones auspiciosas en las revistas del momento, dio un salto a la fama que tanto lo amargaría. Publicó "El cazador oculto", exportó su nombre al mundo entero y entonces su rostro de 32 años, serio y a la gomina, se hizo popular. Sucede que, para muchos, aquella novela inventó, antes que el rock and roll, la rebeldía del adolescente. Su protagonista, Holden Caufield, pasó a ser el emblema incorrecto de los lectores quinceañeros de todos los tiempos (hasta hoy se venden cada año 250 mil ejemplares).

Sufriendo los asedios que recibe un nuevo ícono, J.D. Salinger se dio cuenta, aterrado, de que había perdido la que juzgaba la propiedad esencial de un escritor: su intimidad. Casi sin pensarlo se encerró en una mansión amurallada a un costado de Nueva York.

Vinieron, con el tiempo, tres libros que sortearon su encierro y que mantuvieron con dignidad su temple de narrador.

En 1953 publicó su colección de cuentos, "Nueve cuentos"; en 1961, "Franny y Zooey", y en 1963, como un narrador agónico al borde de una muerte impuesta por sí mismo, Salinger entregó su último suspiro: "Levantad, carpinteros, la viga del tejado" y "Seymour: una introducción". Ese año se puede constatar con exactitud su fallecimiento como escritor, aunque posteriormente haya sacado la voz en un puñado de entrevistas y ahora esté cumpliendo, como un silencioso ser humano, unos solitarios 90 años.


El encierro de Salinger, eso sí, tuvo interrupciones públicas. En 1974, por ejemplo, a punto de apagar sus intervenciones, señaló a The New York Times: “Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi placer”. Los rumores desde esos días han supuesto que Salinger, el ermitaño de New Hampshire, ha seguido escribiendo. Los mitos más entusiastas imaginan que prepara obras misteriosas. Lo cierto es que no hay nada seguro. Y en verdad las interrupciones más bulladas que ha tenido su encierro han sido por los detalles de su vida privada que se han escapado de su mansión.

En la década de los ochenta, Salinger asomó el rostro para batirse legalmente con su biógrafo, Ian Hamilton, quien habría publicado material epistolar privado del escritor. También se ha visto, desde su reclusión, en medio de polémicas sentimentales. Una amante despechada, Joyce Maynard, lo desnudó en su libro de memorias. Su propia hija, Margaret Salinger, retrató en otro libro su cuidada intimidad. Margaret habló de obsesiones exóticas: Salinger se despierta cada mañana y se bebe su orina. Salinger casi nunca tenía sexo con la madre de Margaret. Salinger no dejaba que su mujer viera a sus parientes. Salinger, en fin, es raro. Una rareza que nadie puede discutir y que tiene un posible origen hindú. A partir de los años sesenta se interesó por el budismo zen y no sólo amuralló su casa sino también su mente.

Cada cierto tiempo alguien grita en la prensa que vio a Salinger comprando en el supermercado. O que lo vieron de la mano de una joven rubia. Otros dicen que a veces sale a cazar y apunta a los intrusos con un arma. Las hipótesis seguirán. Lo único que está certificado es el dato biográfico. El 1 de enero J.D. Salinger cumple 90 años. Está vivo, tiene un rostro invisible y todo lo demás es leyenda.

28 diciembre, 2008

Poe comentado

Hace más de medio siglo, alrededor de 1954, Julio Cortázar vivía en París, en condiciones no muy holgadas, cuando recibió la propuesta de traducir, prologar y comentar los cuentos de su admirado Edgar Allan Poe. La Universidad de Puerto Rico publicó esta labor en 1956, el mismo año en que el argentino daba a conocer “Final del juego”. La traducción fue reeditada más tarde por Alianza, en España, y no tardó en convertirse en indiscutible referencia a la hora de leer a Poe en castellano.


A punto de cumplirse el bicentenario del nacimiento de Poe (en enero de 2009), la editorial madrileña Páginas de Espuma ha relanzado estas traducciones de Cortázar con el añadido de dos ensayos especialmente escritos por Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, y en el marco de una versión novedosa, ya que dos jóvenes escritores (el mexicano Jorge Volpi y el peruano Fernando Iwasaki) invitaron a 67 autores de lengua española nacidos después de 1960 –y con, al menos, un libro de cuentos en su haber- para que cada uno escribiera un comentario especial a cada uno de los 67 relatos de Poe.

Poe ha sido el padre de todos los cuentistas, afirman Volpi e Iwasaki en un prólogo de esta antología cuyo atractivo principal acaso consista en proponer una visión no estereotipada del estadounidense. Claro que están los cuentos más “negros” (“Berenice”, “Un entierro prematuro”, “Ligeia”), pero también aquellos donde estalla, cuando no la ironía o el humor satírico, casi siempre un feroz sarcasmo. Y a eso apuntan, asimismo, muchos de los comentarios. A una imagen menos estrecha de Poe.

Iwasaki y Volpi repatieron los cuentos de Poe alfabéticamente, de modo que el primero de ellos, "El alce" (Alce, El), fue adjudicado a la escritora española Pilar Adón, y así sucesivamente. Entre los invitados a comentar a Poe (“con ojos de narradores y no con anteojos de filólogo“, reza el prólogo) están los argentinos María Fasce, Gustavo Nielsen, Esther Cross, Eduardo Berti, Guillermo Martínez, Marcelo Birmajer y Andrés Neuman, los latinoamericanos Mario Bellatin, Santiago Rocangliolo, Juan Gabriel Vásquez y Edmundo Paz Soldán, y los españoles Marius Serra, Care Santos, Berta Marsé o Hipólito G. Navarro, entre otros.

Acarca de la traducción de Cortázar, Mario Vargas Llosa escribe que “merece figurar entre las obras maestras de la literatura contemporánea”, la pone a la misma altura que la versión al francés que hiciera Baudelaire y dice que su mayor mérito reside, justamente, en que no parece en ningún momento una traducción.~

25 diciembre, 2008

Cuento de Navidad

Ray BRADBURY


Por Ray Bradbury


El día siguiente sería Navidad y, mientras los tres se dirigían a la estación de naves espaciales, el padre y la madre estaban preocupados. Era el primer vuelo que el niño realizaría por el espacio, su primer viaje en cohete, y deseaban que fuera lo más agradable posible. Cuando en la aduana los obligaron a dejar tanto el regalo, porque pasaba unos pocos kilos más que el peso máximo permitido, así como el arbolito con sus hermosas velas blancas, sintieron que les quitaban algo muy importante para celebrar esa fiesta. El niño esperaba a sus padres en la terminal. Cuando éstos llegaron, murmuraron algo contra los oficiales interplanetarios.

-¿Qué haremos?

-Nada, ¿qué podemos hacer?

-¡Al niño lo ilusionaba tanto el árbol!

La sirena aulló, y los pasajeros fueron hacia el cohete de Marte. La madre y el padre fueron los últimos en entrar. El niño iba entre ellos, pálido y silencioso.

-Ya se me ocurrirá algo -dijo el padre.

-¿Qué...? -preguntó el niño.

El cohete despegó hacia el espacio oscuro. Lanzó una estela de fuego y dejó atrás la Tierra, un 24 de diciembre de 2052, para dirigirse a un lugar donde no había tiempo, no había meses, ni años, ni horas. Los pasajeros durmieron durante el resto del primer "día". Cerca de medianoche, hora terráquea según sus relojes neoyorquinos, el niño despertó y dijo:

-Quiero mirar por el ojo de buey.

-Todavía no -dijo el padre-. Más tarde.

-Quiero ver dónde estamos y a dónde vamos.

-Espera un poco -dijo el padre.

El padre había estado despierto, yendo de un lado a otro, pensando en la fiesta de Navidad, en los regalos y en el árbol con sus velas blancas que había dejado en la aduana. Al fin creyó haber encontrado una idea que, de resultar, haría el viaje feliz y maravilloso.

-Hijo mío -dijo-, en medía hora será Navidad.

La madre lo miró consternada; había esperado que de algún modo el niño se olvidara de eso. El rostro del pequeño se iluminó; le temblaron los labios.

-Sí, ya lo sé. ¿Tendré un regalo? ¿Tendré un árbol? Me lo prometieron.

-Sí, sí. Todo eso y mucho más -dijo el padre.

-Pero... -empezó a decir la madre.

-Sí -dijo el padre-. Sí, de veras. Todo eso y mucho más. Perdón, un momento. Ya vuelvo.

Los dejó solos unos veinte minutos. Cuando regresó, sonreía.

-Ya es casi la hora.

-¿Puedo tener un reloj? -preguntó el niño.

Le dieron el reloj. El niño lo sostuvo entre los dedos: un resto del tiempo arrastrado por el fuego, el silencio y el momento insensible.

-¡Navidad! ¡Ya es Navidad! ¿Dónde está mi regalo?

-Ven, vamos a verlo -dijo el padre, y tomó al niño de la mano.

Salieron de la cabina, cruzaron el pasillo y subieron por una rampa. La madre los seguía.

-No entiendo.

-Ya lo entenderás -dijo el padre-. Hemos llegado.

Se detuvieron frente a una puerta cerrada que daba a una cabina. El padre llamó tres veces y luego dos, empleando un código. La puerta se abrió, llegó luz desde la cabina, y se oyó un murmullo de voces.

-Entra, hijo.

-Está oscuro.

-No tengas miedo, te llevaré de la mano. Entra, mamá.

Entraron en el cuarto y la puerta se cerró; el cuarto realmente estaba muy oscuro. Ante ellos se abría un inmenso ojo de vidrio, el ojo de buey, una ventana de metro y medio de alto por dos de ancho, por la cual podían ver el espacio. El niño se quedó sin aliento, maravillado. Detrás, el padre y la madre contemplaron el espectáculo, y entonces, en la oscuridad del cuarto, varias personas se pusieron a cantar.

-Feliz Navidad, hijo -dijo el padre.

Resonaron los viejos y familiares villancicos; el niño avanzó lentamente y aplastó la nariz contra el frío vidrio del ojo de buey. Y allí se quedó largo rato, simplemente mirando el espacio, la noche profunda y el resplandor, el resplandor de cien mil millones de maravillosas velas blancas.

24 diciembre, 2008

Cuentos de Navidad


Llega esta época del año y muchos blogs se ponen a publicar cuentos de Navidad. La tentación es sumamente comprensible, máxime porque el rubro "cuento navideño" ha dado grandes obras, sin lugar a dudas, sobre todo en la literatura de lengua inglesa: desde los célebres relatos de Dickens o el “Not If I Know It” de Anthony Trollope, pasando por “Christmas Every Day” de William Dean Howells o “Christsmas by Injuction” de O. Henry, hasta los más recientes “Navidad es una fiesta triste para los pobres”, de John Cheever, “The Leaf-Sweeper”, de Muriel Spark; “Otra Navidad”, de William Trevor, o el famoso relato navideño de Paul Auster (por citar sólo algunos ejemplos), sin olvidar otros cuentos de otras culturas: el "Cuento de Navidad" de Maupassant, los relatos de Emilia Pardo Bazán o el “Cuento de Navidad” de Rubén Darío…

La lista es interminable, y más de un lector tendrá un cuento para añadir a esta “antología virtual” que acabo de hacer a toda prisa.

Este blog quiere desear felices fiestas a todos sus lectores. Y mañana (si viene Papá Noel) tendremos el cuento de una navidad que aún no ha llegado: la del año 2052.

¡Felicidades!

22 diciembre, 2008

El reloj



Los chinos ven la hora en los ojos de los gatos.

Un día, un misionero que se paseaba por un barrio de Nankín advirtió que había olvidado el reloj y le preguntó a un muchacho qué hora era.

El niño del Imperio Celeste dudó al principio; después, recomponiéndose, contestó: «Voy a decírselo». Al instante reapareció con un gato gordo en sus brazos y tras mirarlo, como se dice, en el blanco de los ojos, afirmó sin titubear: «Falta muy poco para el mediodía». Lo que era cierto.

Yo, si me inclino hacia la bella felina, la bien nombrada, que a un mismo tiempo es el honor de su sexo, el orgullo de mi corazón y el perfume de mi espíritu, lo haga de noche o de día, a plena luz o en la sombra opaca, en el fondo de sus adorables ojos siempre veo con claridad la hora, siempre la misma, una hora vasta, solemne, grande como el espacio, sin división de minutos ni segundos: una hora inmóvil que no está marcada en los relojes, y que es, no obstante, leve como un suspiro, rauda como una mirada.

Si algún ser inoportuno me viniera a molestar mientras mi mirada reposa en esa encantadora esfera; si algún Genio malvado e intolerante, si algún Demonio del contratiempo viniese a decir: «¿Qué miras con tanta atención?, ¿qué buscas en los ojos de esta criatura?, ¿acaso ves en ellos la hora, mortal pródigo y holgazán?», respondería sin vacilar: «Sí, en ellos veo la hora. ¡Es la Eternidad!»

¿No le parece, señora, que este madrigal es tan meritorio y tan enfático como usted? En realidad, tanto placer me dio bordar esta pretenciosa alabanza que nada he de pedirle a cambio.~

Charles Baudelaire: "Poemas en prosa"
(Traducción de Eduardo Berti)

20 diciembre, 2008

Segunda perla

Un necio contradijo a un sabio, el cual le replicó: “Si hubieras entendido lo que yo dije, habrías asentido, y si yo hubiera captado lo que tú dijiste, te habría reprobado. Pero no sabes lo que he dicho y por eso no me has reprendido, y yo, conociendo tu necedad, te absuelvo.


Shlomo Ibn Gabirol (“Colección de perlas”)

19 diciembre, 2008

Dos perlas (Parte 1)

Shlomo GABIROL


La edad de oro del judaísmo hispánico dio poetas, filósofos y sabios de gran talento, como Maimonides, Yehuda Halevi o Shlomo Ibn Gabirol.

Nacido en Málaga en 1020 ó 1021, muerto no se sabe bien si en 1057 ó 1070 (incluso se barajan otras fechas), Shlomo Ibn Gabirol también fue conocido bajo el nombre latinizado de Avicebrón o en su variante árabe: Sulaymān ibn Yaḥyà ibn Ŷabīrūl.

Hoy y mañana, en dos entregas, publicaré dos "perlas" de uno de sus libros:



Un monarca condenó a muerte a un sabio falsamente acusado. Mientras se dirigía al patíbulo, el sabio vio que su mujer estaba llorando. Le dijo: “¿Por qué lloras?”. Ella contestó: “Cómo no he de llorar, cuando te llevan a la muerte siendo inocente”. Y él le replicó: “¿Querrías que me ajusticiaran siendo culpable?”


Shlomo Ibn Gabirol (“Colección de perlas”)
Traducción de David Gonzalo Maeso.
Ameller Editor. Barcelona, 1977.


18 diciembre, 2008

El perfecto cuentista

Horacio QUIROGA


Extractos del “Manual del perfecto cuentista”, de Horacio Quiroga:


(1)

Comenzaremos por el final. Me he convencido de que, del mismo modo que en el soneto, el cuento empieza por el fin. Nada en el mundo parecería más fácil que hallar la frase final para una historia que, precisamente, acaba de concluir. Nada, sin embargo, es más difícil.


(2)

Las frases breves son indispensables para finalizar los cuentos de emoción recóndita o contenida. Una de ellas es:

"Nunca volvieron a verse".

Puede ser más contenida aún:

"Sólo ella volvió el rostro".

Y cuando la amargura y un cierto desdén superior priman en el autor, cabe esta sencilla frase:

"Y así continuaron viviendo".

Otra frase de espíritu semejante a la anterior, aunque más cortante de estilo:

"Fue lo que hicieron".

Y ésta, por fin, que por demostrar gran dominio de sí e irónica suficiencia en el género, no recomendaría a los principiantes:

"El cuento concluye aquí. Lo demás, apenas si tiene importancia para los personajes".


(3)

Esto no obstante, existe un truco para finalizar un cuento, que no es precisamente final, de gran efecto siempre y muy grato a los prosistas que escriben también en verso. Es este el truco del "leitmotiv".

Final: "Allá a lo lejos, tras el negro páramo calcinado, el fuego apagaba sus últimas llamas..."

Comienzo del cuento: "Silbando entre las pajas, el fuego invadía el campo, levantando grandes llamaradas. La criatura dormía..."


(4)

El comienzo exabrupto, como si ya el lector conociera parte de la historia que le vamos a narrar, proporciona al cuento insólito vigor. Y he notado asimismo que la iniciación con oraciones complementarias favorece grandemente estos comienzos. Un ejemplo:

"Como Elena no estaba dispuesta a concederlo, él, después de observarla fríamente, fue a coger su sombrero. Ella, por todo comentario, se encogió de hombros".

Yo tuve siempre la impresión de que un cuento comenzado así tiene grandes posibilidades de triunfar. ¿Quién era Elena? Y él, ¿cómo se llamaba? ¿Qué cosa no le concedió Elena? ¿Qué motivos tenía él para pedírselo? ¿Y por qué observó fríamente a Elena, en vez de hacerlo furiosamente, como era lógico de esperar?


(5)

De óptimo efecto suele ser el comienzo condicional:

"De haberla conocido a tiempo, el diputado hubiera ganado un saludo, y la reelección. Pero perdió ambas cosas".

A semejanza del ejemplo anterior, nada sabemos de estos personajes presentados como ya conocidos nuestros, ni de quién fuera tan influyente dama a quien el diputado no reconoció. El truco del interés está, precisamente, en ello.

16 diciembre, 2008

Dos mundos

Lafcadio HEARN


En su prólogo a la edición de Kwaidan, los cuentos fantásticos de Lafcadio Hearn, publicados por Siruela, Carlos Gardini se refiere a la experiencia de Hearn en Japón, en especial a su experiencia como docente de literatura occidental:

"Su labor en la docencia universitaria le reveló otros aspectos del contraste que separaba dos mundos de difícil conciliación. Poemas occidentales de lectura diáfana presentaban a los estudiantes japoneses arduos problemas de comprensión ; un verso de Tennyson que nosotros juzgamos de indiscutible sencillez (She is more beautiful than day, “es más bella que el día”) suponía inaccesibles obstáculos : la analogía entre la belleza del día y la belleza de una mujer, explica Hearn, excede las pautas de comprensión de un oriental, que ve en ello, al fin y al cabo, un exceso de antropomorfismo sentimental típico de nuestra cultura ; nuestras metáforas y alegorías, comenta Hearn, citando al erudito profesor Chamberlain, resultan incomprensibles en el Lejano Oriente : la lengua del Japón, cuyos sustantivos no tienen género, cuyos adjetivos no tienen grados de comparación, cuyos verbos no tienen personas, manifiesta hasta qué punto está arraigada la ausencia de personificación, que inclusive obstruye el uso de sustantivos neutros combinados con verbos transitivos. Esa ausencia de personificación fascina al autor de Kwaidan, que aventura que quizá nuestras facultades estéticas se hayan desarrollado en forma unidireccional y errónea ; hemos feminizado la naturaleza y somos incapaces de comprenderla."

Acerca de Carlos Gardini:

http://www.literatura.org/Gardini/Gardini.html

15 diciembre, 2008

Por qué regalar libros...



Llegamos a fin de año y, como se avecina el tiempo de los brindis, de los balances y de los regalos, con los demás integrantes de La Compañía (la pequeña editorial independiente donde hago las veces de director literario) resolvimos pedirle a alguna gente que nos ayudara a pensar por qué regalar un libro de La Compañía (o más de uno) en estas fiestas (o en cualquier fecha).


Esto es lo que dijeron:


Porque hay vida (y belleza) más allá del mercado

Porque detrás de los libros hay libros: los borradores de Chéjov, los sueños de Nabokov, la cándida acidez de Austen y las chicas inglesas.

Porque siempre vale la pena regalar algo que te puede cambiar la vida.

Jorge Lanata



Porque regalar un libro es un acto de amor que requiere dedicación y pensar en el otro. Y si el libro es de la Compañía, no hay error posible: el catálogo es excelente tanto en narrativa como en ensayo. Gracias a ellos descubrí a William Goyen, un autor maravilloso para leer y disfrutar.

Natu Poblet



Porque siempre he creído que no hay nada mejor para el verano que proveerse de un buen libro. Y es igualmente bueno regalarlo: evita la tontería de los objetitos estúpidos y crea una relación: el que lo regala piensa que su destinatario es un semejante y no hay nada comparable a la alegría que eso despierta.

Porque los libros que editó este año La Compañía, en un desafío, son como para desencadenar oleadas de placer de lectura.

Porque Jane Austen, con esa mezcla de contenido erotismo e inteligencia narrativa, no sólo muestra en Lady Susan algo de la problemática cultura victoriana sino que pone a la pasión amorosa en un primer plano, mujeres sensibles que se pueden poner muy duras, desengaños que hacen aprender en una prosa desprejuiciada y envolvente.

Porque, en el caso del Cuaderno de notas de Antón Chéjov, es emocionante encontrarse con una prosa de rara melancolía y de profunda investigación sobre lo que podemos llamar el “alma humana”. Chéjov siempre vive: tenue, sutil, inteligente, doloroso. Leerlo es quedarse tomado, contagia su felicidad de la tristeza.

Noé Jitrik



Porque los libros te abren la cabeza.

Porque desarrollan tu imaginario.

Porque te hacen más rico como persona.

Porque te acompañan como nada cuando estás solo.

Porque llenan espacios para que la ansiedad no te devore.

Porque no hay que enchufarlos ni llamar al service.

Porque se pueden llevar a la cama.

Porque son bellos.

León Gieco


www.editoriallacompania.com


14 diciembre, 2008

Odon von Horváth, hijo de su tiempo

Odon von Horvath


Por Eduardo Berti


El escritor de lengua alemana Edmund Josef von Horváth (más conocido como Odon von Horváth) había nacido en diciembre de 1901 y había experimentado desde muy pequeño un miedo casi atávico a los rayos. En París, una noche de junio de 1938, ya convertido en un autor teatral de renombre, Horváth advirtió que se avecinaba una tormenta eléctrica y decidió intrerrumpir su caminata por los Campos Elíseos para refugiarse en un lugar que por muchas razones le inspiraba protección: el Teatro Marigny. Minutos más tarde, al ganar de nuevo la calle, se le cayó encima un árbol (seguramente un árbol debilitado por un rayo) y lo mató de forma instantánea.

Hijo de un diplomático húngaro también llamado Edmund (que en magyar equivale a Odon), Horváth tenía 8 años de edad cuando su padre fue ennoblecido (de allí la «h» final en su apellido), tenía 29 cuando recibió el Premio Kleist y tenía casi 32 cuando, con la llegada al poder de Adolf Hitler y la consecuente prohibición de sus obras teatrales, decidió emigrar a Viena, ciudad que luego cambió por París.

Aunque era ciento por ciento «ario», Horvath se autoimpuso un exilio sumamente crítico, sólo interrumpido por un viaje fugaz. Al parecer, pensó al principio (lo mismo que otros intelectuales alemanes) que el nazismo tenía los días contados. Así que volvió con la idea de plasmar algunos guiones de cine y de estrenar alguna obra, pero todo terminó abruptamente luego de que la policía alemana allanara su lugar de residencia. Para el poder Horváth era un «autor degenerado» y, en consecuencia, sus libros fueron quemados.
Casi enseguida, Horváth se casó con la cantante judía Maria Elsner; el matrimonio duró tan poco que hoy se estima que sirvió principalmente para que ella obtuviera la nacionalidad húngara y huyera así de la persecución nazi.

Horváth pintó como pocos escritores la amargura y las contradicciones de la clase media alemana en tiempos del surgimiento del nazismo. Las dos novelas que publicó en el último año de vida («Juventud sin Dios» y «Un hijo de nuestro tiempo»), y que escribió de forma arrebatada, en siete u ocho meses, brillan por su implacable laconismo y anuncian un mundo entonces inminente, en el cual el alma del hombre –puede leerse- «se volverá tan rígida como el rostro de un pescado».

El narrador de «Juventud sin Dios» («Jugend Ohne Gott») es un joven docente a quien el director del colegio no le pide que corrija a un alumno si éste dice que los negros son infrahumanos, y sí en cambio le recuerda que su obligación es "educar para la guerra". Parte de la acción transcurre en una especie de campamento paramilitar donde se produce un crimen misterioso.

En «Un hijo de nuestro tiempo» («Ein Kind unserer Zeit», título que hace pensar en «Un héroe de nuestro tiempo», del ruso Lermontov), un muchacho sin trabajo, un «hijo» de la crisis del ’29, se enrola en el ejército tentado por la idea de ganar dinero fácil, pero conoce finalmente un mundo de horror y muerte. Se trata, acaso, del primer retrato a fondo, desde la literatura, de un soldado nazi. La gran pregunta que intenta responder von Horvath es cómo logra el ejército de Hitler nutrirse de combatientes entusiastas.

«Hace falta que escriba este libro. ¡Es urgente! No tengo tiempo para escribir grandes novelas porque soy pobre y debo trabajar para comer… Yo también soy un hijo de nuestro tiempo», le escribía Horváth, en 1937, a un amigo.

No perder tiempo. Ser directo. Enviar el mensaje con urgencia. Los amigos de Odon von Horváth recordaban que éste, en su juventud, había protagonizado una historia bastante insólita: estaba paseando por los Alpes cuando de súbito se topó con un hombre muerto hacía tantos meses o años que, más que cadáver, era casi un esqueleto. Así y todo, junto al muerto había un bolso intacto. Horváth abrió el bolso y halló una tarjeta postal que decía: "Estoy pasándola muy bien”, o algo semejante. Los amigos quisieron saber qué había hecho con la postal. "Fui al correo –les explicó- y la despaché. ¿Qué otra cosa podía hacer?”.~

12 diciembre, 2008

Trentacuentos

Un grupo de escritores se ha nucleado en Palma de Mallorca en torno a la entrañable Teresa Ordinas y al recuerdo imborrable de quien fuera su compañero: el escritor Avelino Hernández.

El núcleo tuvo la idea de fundar una asociación cultural, Casabierta, que incluye un sello editorial. Hasta ahora han editado mayormente poesía: “El septiembre de nuestros jardines”, de Avelino Hernández; “Anatomía de un ángel hembra”, de Pedro Andreu.

“Todo nuestro trabajo es desinteresado, o mejor, totalmente interesado: queremos romper con unas formas de mercado ilógicas a nuestro entender para con la literatura, dar a libros imposibles su lugar y a los autores un poco de aliento”, es su declaración de principios.

Esta semana, Casabierta publica un nuevo libro: “Trentacuentos”. El título lo explica bastante: treinta y cinco cuentos de treinta y cinco autores diferentes, la mayoría de ellos españoles, pero también algunos invitados de América Latina, entre los cuales me ha tocado la suerte de estar. Y, como broche final, un “relato visual” a cargo de Monica Fuster Julià: “Los insólitos viajes espaciales de Rufus Mc Golden”.


La ficha del libro:

Claribel Alegría, Mi cabellera/ Alicia Andrés Ramos, Vida y obra / Pedro Andreu, La Djin / Eduado Berti, La carta vendida / Damián Cano, Petra y el coleccionista de palabras / Cristina Cerezales, El abrazo / Luisa Cuerda, Mayo / Luis Mateo Díez, El tilo / Lourdes Durán, Cuento de Navidad a oscuras / Marga Font, El olvido de don Juan / Avelino Hernández, Café en casa de Gustavo / Eduardo Jordá, Bananoff / Regina José Galindo, En sus manos / Julio Llamazares, La suerte de don Tancredo / José Carlos Llop, Todos tenemos un Manderley / Guillermo Martín de Oliva, In Memoriam / Teresa Martín Taffarel, Alma / José María Merino, El mundo del silencio / María Montero Cué, El cuadro / Mª Paz Ordinas, El gran salto / Teresa Ordinas, Las copas rotas / Alejandro Padrón, Reencuentro / Antonio Pereira, Las nieblas de la Purísima / Sergio Ramírez, La puerta falsa / Carme Riera, El cuaderno de Manuel / Tomás Sánchez Santiago, Viajante en la tormenta / Care Santos, Círculo polar ártico / Ignacio Sanz, Instrucciones para cometer asesinatos / Pablo Scasso, El coleccionista de silencios / Cristóbal Serra, Saverio el servicial / Magdalena Tirado, Calor / Mª Elena Vallés, Memory blues / Luis Verdú, Alamelín Diû / José Vidal Valicourt, Hotel Cheever / Mauricio Wiesenthal, El barrio negro de Shalimar

Más:

http://casabierta-ed.org/

http://casabierta-ed.blogspot.com

10 diciembre, 2008

Maestros impostores

Jean Echenoz


Por Eduardo Berti

Enrique Vila-Matas no necesita demasiada presentación para los lectores de lengua castellana. El francés Jean Echenoz, en cambio, es menos conocido: nació en 1947, obtuvo el premio Médicis en 1983 con "Cherokee", novela traducida por Anagrama (al igual que tantas otras, como "Ravel", "Nosotros tres" o "Al piano"), se terminó de consagrar en 1999 con "Me voy", premio Goncourt, y es en la actualidad una de las máximas figuras de la editorial De Minuit, la misma que supo congregar a los principales exponentes del “nouveau roman”: Beckett, Butor, Duras, Simon, Robbe-Grillet, etcétera.

Un pequeño libro recién editado en Francia se ocupa de transcribir un diálogo sumamente sabroso entre Vila-Matas y Echenoz. Se titula "De la impostura en literatura", ofrece una versión bilingüe del texto (español/francés) y fue publicado, en convenio con la revista "Número Cero", por el sello Meet que dirige Patrick Deville, también director de la Casa de Escritores y Traductores de Saint-Nazaire.



Vila-Matas y Echenoz, que en estos días volverán a verse las caras en una charla conjunta en el marco del Meeting (festival anual que organiza la Meet), cuentan en el libro que se conocieron, allá por los ochenta, en un bar de Barcelona llamado Aviador, decorado con hélices, gorras de la RAF y demás motivos aeronaúticos. La corriente de simpatía fue inmediata. Con el tiempo, una frase que Echenoz dejó caer en alguna entrevista fue a parar (debidamente transformada) a las páginas de "París no se acaba nunca", de Vila-Matas. Y en un futuro (si cumplen lo prometido casi al final de su charla) tal vez podamos verlos presentando en conjunto un libro inexistente, puesto que ambos confiesan deplorar el ritual de las presentaciones oficiales. “Es como si fuera una sanción que te imponen por haber publicado, como si quisieran advertirte que no se te ocurra volver a hacerlo” (Vila-Matas). “Equivale a andar persiguiendo a su propio libro, a tener que darle una existencia pública, social, que no estaba prevista en lo más mínimo en el proyecto” (Echenoz).

En paralelo a esta conversación con Vila-Matas, Echenoz acaba de lanzar en Francia un nuevo libro: "Courir" (Correr), inspirado en la vida del recordado maratonista Emil Zatopek (1922-2000), alias “La Locomotora Checa”, cuatro veces madalla de oro en los Juegos Olímpicos. Desde luego, no se trata de una típica biografía novelada sino de un ejercicio de escritura que elude las fechas exactas y aborda el tema mediante detalles y ángulos impensados.

“Captar, robar, apropiarse, desviar, romper en mil pedazos la percepción del mundo y reunir esos pedazos en un orden diferente para intentar dar una imagen reconstruida de ese mundo” es, según le dice Echenoz a Vila-Matas, el profundo sentido de la literatura. “Lo que podríamos llamar la imaginación de un novelista quizá no sea otra cosa que el trabajo de esta misma reconstrucción”.

Vila-Matas, por su parte, señala que muchas veces le han preguntado por qué trabaja tanto con frases de otros autores y cuenta cuál es su respuesta usual en estos casos: “Practico –les digo- una escritura de investigación. Leo a los demás hasta volverlos otros. Este afán de apropiación incluye mi propia parodia (…) Puede parecer paradójico, pero he buscado siempre mi originalidad de escritor en la asimilación de otras voces”

Originalmente publicado en el diario "Crítica" de Buenos Aires, Argentina

www.criticadigital.com.ar

09 diciembre, 2008

Cinco libros: Marcelo Cohen


Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo.
No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.

El voto de Marcelo Cohen:


"Política de la inmortalidad". Boris Groys. Editorial Katz.


"El hueco que deja el diablo". Alexander Kluge. Anagrama.

"El libro de amor de Muraski Shikibu". (Poemas tomados de "Gengi Monogatari"). Selección y traducción de Alberto Silva. Pretextos.

"Historia de un secreto. La Suite Lírica de Alban Berg". Esteban Buch. Anagrama.


"Virilidad". Cynthia Ozick. Traducción de Mirtha Rosemberg. Editorial Bajo la Luna.


Marcelo Cohen nació en Buenos Aires en 1951. Entre 1975 y 1996 vivió en Barcelona, España. Es autor de las novelas "El país de la dama eléctrica", "Insomnio", "El sitio de Kelany", "El oído absoluto", "El testamento de O’Jaral", e "Inolvidables veladas". Publicó también los libros de relatos "El buitre en invierno", "El fin de lo mismo" y "Los acuáticos"; y el volumen de ensayos "¡Realmente fantástico! y otros ensayos". Dirige la revista "Otra parte". Recibió la beca Guggenheim (1995) y el Premio Kónex (2004).

08 diciembre, 2008

Duermevela


Existe un estado de sopor, intermedio entre la vigilia y el sueño, durante el cual el hombre sueña en cinco minutos, con los ojos medio entornados y medio dándose cuenta de todo lo que pasa a su alrededor, más que en cinco noches que pasara con los ojos completamente cerrados y con todos los sentidos sumidos en una absoluta inconciencia.

Charles Dickens, “Oliver Twist”

06 diciembre, 2008

La buena vida según Hemingway


Hemingway y Fidel Castro: dos potencias se saludan.


Por Eduardo Berti

En 1948, con 28 años recién cumplidos, un tal Aaron Edward Hotchner, de formación abogado pero de vocación escritor y periodista, viajó a Cuba enviado por la revista Cosmopolitan para convencer a Ernest Hemingway de que escribiera un “ensayo tonto” sobre el futuro de la literatura. En los años previos, Hotchner había logrado que Dorothy Parker o John Steinbeck, entre otros, reanudaran sus colaboraraciones para Cosmo. Pero Hemingway era su ídolo personal, de modo que apenas pisó Cuba le envió “como un cobarde” un mensaje diciéndole que había venido con una “misión vergonzosa” y que se conformaba con recibir un rechazo por escrito. Para su sorpresa, Hemingway lo llamó casi enseguida; le dijo: “No puedo dejar que aborte su misión, porque quedar mal con la organización Hearst es como que a uno lo echen de una colonia de leprosos”, y le dio cita en un bar llamado La Florida. Ese encuentro marcó no sólo el nacimiento de una profunda “amistad aventurera”, según Hotchner, sino de un texto inmortal (“A través del río y entre los árboles”) que el estadounidenese entregó en vez del artículo sobre el futuro de la literatura.

En los años cincuenta, Hotchner recorrió Europa con Hemingway. Anduvieron sobre todo por España, viendo las corridas de San Fermín y admirando al torero Antonio Ordóñez. Luego de la muerte de su ídolo, Hotchner publicó en 1966 el libro “Papa Hemingway”. Le siguieron el relato autobiográfico “King of the Hill” (filmado en 1993 por Steven Soderbergh), sendas biografías de Doris Day y Sofía Loren, un libro sobre los sesenta y los Rolling Stones, e incluso un exitoso emprendimiento empresarial con el actor Paul Newman: los productos Newman’s Own.

Tras “Hemingway y su mundo” (1989), Hotchner decidió hace poco consagrar un tercer libro a su amigo Ernest. Se titula “La buena vida según Hemingway”, acaba de ser editado en España por Belacqua (en traducción del novelista colombiano Juan Gabriel Vásquez) y será pronto distribuido en América Latina. El libro se compone de excelentes fotos y de centenares de anécdotas, observaciones y opiniones acerca de todo lo que apasionaba al premio Nobel (literatura, deportes, mujeres, viajes), frases que Hotchner fue recogiendo y apuntando con devoción y que, en su mayoría, por distintas razones, quedaron afuera de “Papa Hemingway”. Un Hemingway en estado puro, podría decirse.




Algunos ejemplos:

BEBIDA. He bebido desde los quince años y pocas cosas me dan más placer. Cuando te pasas el día trabajando duro con la cabeza y sabes que al día siguiente volverás a hacerlo, ¿qué puede removerte las ideas y hacerlas cambiar de nivel mejor que el whisky? Cuando estás mojado y tienes frío, ¿qué otra cosa te calienta? Antes de un ataque, ¿quién puede decirte algo que te genere la momentánea sensación de bienestar que produce el ron? La bebida sólo es mala cuando escribes o peleas. Eso se debe hacer en frío. Pero beber siempre me mejora la puntería. La vida moderna es a menudo una opresión mecánica, y el licor es el único alivio mecánico.

BOXEO. Si peleas contra un buen gancho de izquierda, tarde o temprano acabará tirándote al suelo. Pondrá la izquierda donde no puedas verla, y te caerá encima como un ladrillo. La vida tiene el mejor gancho de izquierda hasta ahora conocido, aunque muchos dicen que el mejor era el de Jack Britton. Jack se mantenía en puntas de pie y se movía de un lado al otro y nunca se dejaba dar un buen golpe. Cuando peleó con el gran Benny Leonard, le preguntaron cómo lo había derrotado tan fácilmente. Pues te lo voy a decir, dijo Jack. Este Benny es un boxeador muy astuto. Siempre está pensando mientras pelea. Y mientras él pensaba, yo le pegaba.

CAZA.
Para disparar bien, primero debes calmarte por dentro, como si estuvieras en una iglesia y creyeras en algo… y luego hacer el tiro.

ESCRIBIR. El problema del escritor no cambia. Es cómo escribir con la verdad y, habiendo encontrado lo verdadero, cómo proyectarlo de tal manera que se vuelva parte de la experiencia de quien lo lee.

FAULKNER. Pobre Faulkner. ¿De veras cree que las grandes emociones vienen de las palabras grandes? Se cree que no conozco las palabras de diez dólares. Claro que las conozco. Pero hay palabras más viejas y simples y mejores, y son las que uso yo.

INICIOS. Cuando un escritor comienza suele encantarle lo que hace, y al lector en cambio no le gusta nada; después de un tiempo, al escritor le gusta un poco y al lector le gusta un poco; finalmente, si el escritor vale algo, lo que hace no le gusta nada, y en cambio al lector le encanta.

LIBROS. La prueba definitiva de un libro es cuánto material bueno le puedes quitar.

MUERTE. ¿Y si ya no puedes estar a la altura, ni involucrarte, si ya has agotado todas las fantasías? Un campeón no puede retirarse como los demás. ¿Cómo demonios puede retirarse un escritor? El público no se lo permitirá. Cuando un hombre pierde el centro de su ser, pierde su ser. ¿Retirarse? Es la palabra más sucia de la lengua inglesa. Es empezar a retroceder hacia la tumba. Si no puedo existir en mis términos, la existencia es imposible. Así es como yo he vivido y así debo vivir… o no vivir.


Artículo publicado hoy mismo en el diario "Crítica", de Buenos Aires, Argentina.

http://criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=15212

05 diciembre, 2008

Verdades y mentiras

"Hay mentiras hechas de verdades, como suelen ser las del periodismo, y verdaderas hechas de mentiras, como suelen ser las del arte."

William Ospina, en su prólogo a la reciente edición de la primera traducción al castellano de “El anillo y el libro”, de Robert Browning.

04 diciembre, 2008

Una broma colosal

Todos (o casi todos) creíamos que Virgilio Piñera estaba muerto, que había fallecido en 1979, con 77 años, en La Habana.

De nuestra irresponsable confusión nos saca una página web: “Una broma colosal”.

Virgilio no sólo está vivo y de buen humor, sino que lleva adelante una especie de blog en primera persona, donde publica cada tanto algunos de sus textos. ¿No será éste el primer síntoma de algo así como una epidemia? ¿No tendremos pronto cientos de blogs donde nuestros mayores escritores escriben desde el más allá?

De momento, la broma colosal puede visitarse en la siguiente dirección:

http://unabromacolosal.blogspot.com/


Y hasta se le puede escribir un email a Virgilio, claro que sí. De allí a que responda, es otra cosa...

02 diciembre, 2008

Virgilio Piñera


Por Eduardo Berti


Versión resumida de un artículo publicado en el “Suplemento cultural del diario La Nación”, Buenos Aires, 6 de mayo de 2001



Durante años, la obra del escritor cubano Virgilio Piñera (1912-1979) fue divulgada y conocida de forma incompleta. Mientras que en su país se lo estimaba principalmente como dramaturgo, autor de piezas de estética absurda como "La boda", "Dos viejos pánicos" o "Falsa alarma", escrita dos años antes de que Ionesco estrenara en 1950 "La cantante calva", en la Argentina o en España venía prestándosele más atención a su faceta de cuentista, sobre todo a partir de la inclusión de su relato "En el insomnio" en la antología de "Cuentos breves y extraordinarios" hecha por Borges y Bioy Casares a mediados de los cincuenta.

Nacido en el pequeño pueblo de Cárdenas, criado en Guanabacoa y Camagüey, Piñera recién se instaló en La Habana --ciudad que comparó más de una vez con "un sepulcro"-- al cumplir los 28 años. Poco antes, en 1936, Juan Ramón Jiménez había incluido un poema suyo en la “Antología de la poesía cubana”.


Entender por qué Piñera llamó “Cuentos fríos” a su primer conjunto de relatos resulta clave para aproximarse a su literatura. "Son fríos (...) porque se limitan a exponer los puros hechos", explicó en su momento. Su prosa lacónica y distante nada tenía que ver con el barroquismo por entonces en boga”. Aunque también es cierto lo afirmado por José Bianco: que Piñera en el fondo "no es menos barroco" que Carpentier o Lezama, sólo que su barroquismo no proviene del estilo sino de "la acción misma" de sus ficciones.

Si se da por válida la línea divisoria que trazara Italo Calvino entre los escritores de llama y los de cristal (estos últimos, "exactos, lógico-geométrico-metafísicos"), Lezama pertenecería al primer lote y Piñera al segundo. Y en más de un sentido: Lezama era obeso, glotón y vivía rodeado de libros, como lo retrata Cabrera Infante en “Vidas para leerlas”; Piñera era vegetariano, a pesar (o precisamente a causa) de lo carnívoro de su literatura, y proclamaba que los libros "están todos en mi cabeza".

Entre 1946 y 1958, aunque con interrupciones, Piñera vivió en Buenos Aires. Fiel a su espíritu libre, frecuentó a escritores de capillas diferentes, incluso antagónicas: Borges, Bianco, Girondo, Macedonio, Sábato, Mallea y Gombrowicz, entre ellos. Borges fue el primero en publicar en la Argentina un cuento suyo, en la revista “Anales de Buenos Aires” de mayo de 1947, pero la amistad con Gombrowicz parece haber sido la más sólida e influyente. Fue Piñera quien presidió el comité que efectuó la traducción colectiva de la novela “Ferdydurke”. Más tarde, en 1952, cuando Piñera publicó los “Cuentos fríos”, Gombrowicz suscribió un prefacio entusiasta: "Piñera quiere hacer palpable la locura cósmica del hombre que se devora a sí mismo mientras rinde tributo a una lógica insensata". Y agregó: "Debemos cuidarnos no desfigurar esta obra pegándole el rótulo 'de procedencia kafkiana' ".

Piñera dijo, a propósito de su literatura: "Soy tan realista que no puedo expresar la realidad sino distorsionándola, es decir haciéndola más real y vívida".

Pero acaso la mejor definición haya corrido por cuenta de su amigo Rodríguez Feo: "Lo impresionante de su obra es que el lector está constantemente experimentando el mismo sentimiento de terror y de incertidumbre que aflige al héroe. Lograr este objetivo es una de las tareas más arduas que puede proponerse el escritor de ficción."

01 diciembre, 2008

Natación

Virgilio Piñera

He aprendido a nadar en seco. Resulta más ventajoso que hacerlo en el agua. No hay el temor a hundirse pues uno ya está en el fondo, y por la misma razón se está ahogando de antemano. También se evita que tengan que pescarnos a la luz de un farol o en la claridad deslumbrante de un hermoso día. Por último, la ausencia de agua evitará que nos hinchemos.

No voy a negar que nadar en seco tiene algo de agónico. A primera vista se pensaría en los estertores de la muerte. Sin embargo, eso tiene de distinto con ella: que al par que se agoniza uno está bien vivo, bien alerta, escuchando la música que entra por la ventana y mirando el gusano que se arrastra por el suelo.

Al principio mis amigos censuraron esta decisión. Se hurtaban a mis miradas y sollozaban en los rincones. Felizmente, ya pasó la crisis. Ahora saben que me siento cómodo nadando en seco. De vez en cuando hundo mis manos en las losas de mármol y les entrego un pececillo que atrapo en las profundidades submarinas.

Virgilio Piñera, El que vino a salvarme