29 septiembre, 2008

Los árboles enamorados



Constantino ofrece un ejemplo tomado de las “Geórgicas”, de Florencio: el de una palmera que amaba con fervor a otro árbol y que “no se consolaba hasta que su amado se tendía sobre ella y, de común acuerdo, ambos tendían sus ramas hasta abrazarse y besarse, manifestando así los signos de un amor recíproco”. Amiano Marcelino informa que ciertos árboles se casan entre sí y que muchos otros se enamoran al crecer uno al lado del otro. (…) Si alguien piensa que esto que digo es puro cuento, que lea la historia de las dos palmeras de Italia (historia que narra en un hermoso poema Giovanni Pontano, que en sus tiempos fue filósofo, tutor y secretario de Alfonso el joven, rey de Nápoles). La palmera macho crecía en Brindisi y la hembra en Otranto. Ambos árboles “eran estériles y lo siguieron siendo durante mucho tiempo”, hasta que crecieron en altura y pudieron verse, pese a que los separaban numerosos kilómetros.

Extracto de la inagotable “Anatomía de la melancolia”, de Robert Burton.
 

28 septiembre, 2008

Dos fábulas

El águila de Esopo, al ver un pedazo de carne lista para el sacrificio, la arrebató con sus garras y la llevó hasta su nido; pero justo había un carbón encendido pegado a la carne, que hizo arder de repente todas sus plumas.




Un asno y una mula iban muy cargados y atravesaban un arruyuelo. Uno cargaba lana; la otra, sal. El fardo de la mula se mojó por casualidad , pero la sal estaba en polvo, de modo que la carga se volvió entonces más ligera y los cargadores mucho más aliviados. La mula le contó esto al asno, quien pensó que podría obtener el mismo provecho mojando su carga en el charco siguiente. Así lo hizo, sin embargo su carga de lana se hizo mucho más pesada y el asno se cansó mucho más. Ocurre que una cosa es buena o mala según los diversos elementos y según las ocasiones.


Robert Burton, “Anatomía de la melancolía”

27 septiembre, 2008

Leyendas chinas


El siguiente comentario del libro "Fantasmas de la China", de Lafcadio Hearn, apareció en el diario La Nación, de Buenos Aires, el pasado 10 de septiembre de 2008.
El libro fue publicado por la editorial independiente La Compañía, de la cual soy uno de los socios fundadores.

Lafcadio HEARN


Por Silvia Hopenhayn


Hay ficciones que transmiten leyendas milenarias. Es el caso de los libros de Lafcadio Hearn. Como amante de la cultura nipona (sus melancólicos fantasmas japoneses inspiraron a Kobayashi para su film Kwaidan), ha rastreado en Oriente leyendas antiguas con resonancias poéticas vigentes, para disponerlas en su inquietante prosa. Escritor de origen irlandés, Hearn vivió en Europa, viajó a los Estados Unidos y eligió Japón como tierra definitiva, incluso por amor: se casó con una mujer proveniente de una familia de samuráis. Su pasión orientalista se extendió a China, y así llegaron sus "Fantasmas de la China", traducidos por Marcos Mayer y presentados por Pablo de Santis, en edición de La Compañía. Algunos relatos transcurren hace quinientos años. Esa lejanía predispone a escuchar las historias, más que a leerlas, ya que parecen provenir del susurro del viento, aludido por el propio Hearn. Si bien algunas páginas aterran al tiempo que conmueven, ningún personaje parece tener miedo. Incluso el aspecto sacrificial suele responder a una profunda decisión personal. A diferencia de otras culturas remotas, en este caso el sacrificio (por lo general, ligado a una pasión o a una idea) es un ritual íntimo de entrega personal. Así, la bella doncella se dedica a la aleación de los metales para que una campana "de lamento dorado, llanto sibilante y quebrados susurros plateados" pueda sonar con su nombre, Ko Ngai. Y lo mismo ocurre con el artesano Unto Pu, a quien instan a crear "una vasija que tenga el color y el aspecto de la carne viva, de carne que se mueva cuando se pronuncien palabras como las que pronuncian los poetas, carne que sea movida por una idea, carne a la que un pensamiento pueda espantar." Su reacción, de estupor y desafío, se expresa en una maravillosa pregunta: ¿"Cómo seré capaz de imitar el temblor de la piel conmovida por un pensamiento?" El sacrificio, una vez más, se hace evidente, y Pu no duda en realizarlo.

Por otra parte, los jóvenes, que se dejan llevar, lo hacen por deseo genuino, no por ingenuidad. De allí que todo atisbo de seducción esté ligado al encantamiento, y no a la perversión. El problema es que en esta tentación de intensidad, la pasión, por lo general, se pierde, mientras que la idea, por lo general, se alcanza. Así, los personajes de Hearn se ven envueltos en remolinos de sensaciones tan intensas que caen exhaustos como fantasmas. Aunque, como señala De Santis: "Los fantasmas orientales no son, como los occidentales, solitarias criaturas de ultratumba en el mundo de los vivos, sino que arrastran consigo habitaciones, carruajes, palacios que están hechos, como ellos, con la materia de la sombra." Pero los que no nacen de ningún mortal, son invisibles y sólo pueden encarnarse por un tiempo, según dice la diosa Tchi-Niu. De allí que estos relatos parezcan ecos de un devenir incesante.

Más allá del argumento de estas leyendas hechas ficción, son preciosos los pasajes descriptivos, como el de la casa de Sië Thao: "Sombras de pájaros en vuelo pasaban sobre las bandas de luz que atravesaban las persianas de bambú; enormes mariposas con alas de furiosos colores pasaban por allí, revoloteaban por un momento sobre los vasos pintados y volvían a perderse en el misterioso bosque."

Leer un libro como éste es una forma de entrar en una casa distinta.


www.editoriallacompania.com

23 septiembre, 2008

Los amigos

Por Eduardo Berti


Julio Cortázar y Dino Buzzati publicaron un cuento llamado “Los amigos” con un año de diferencia: en “Final del juego” (1956) y en “El derrumbe de la Baliverna” (1955), respectivamente. Ambos descollaron en el relato tradicional o breve habiendo publicado además (cosa no siempre usual) al menos una novela trascendente: “Rayuela” y “El desierto de los tártaros”. En sus textos se advierten puntos de unión: una mirada atenta a los pequeños misterios cotidianos; la tendencia a volver pesadillesco o inquietante el acto más banal: ponerse un pulóver (Cortázar) o ir al baño en un hotel (Buzzati). En muchas de sus novelas se articula un mecanismo que Borges tildó de kafkiano: la “acción pospuesta”, que consiste en postergar un acontecimiento prometido o sugerido --y esperado por el lector-- hasta un punto que excede incluso el final del libro. Esto ocurre en “El desierto de los tártaros” y en las primeras novelas de Cortázar: “Los premios” o “El examen”.


Dino Buzzati


“Los amigos” de Buzzati es un cuento de fantasmas innovador: la aparición no asusta, más bien molesta; el fantasma lo es a medias ya que no se libró del todo de “cierto residuo de consistencia” y pide permiso para quedarse entre los vivos porque “del otro lado hay un poco de confusión’.

“Los amigos” de Cortázar también elude el retrato de una amistad perfecta y es engañosamente más simple. En los cuentos del argentino, se sabe, el “extrañamiento” es moneda corriente y manifestación de que el mundo podría ser de otra forma. Cuando se habla de ello suelen citarse las “Instrucciones para subir las escaleras” donde una acción que en general se cumple irreflexivamente es explicada o ejecutada con tal minuciosidad que acaba desfamiliarizándose. En estos casos, creía Bioy Casares, lo fantástico se halla menos en los hechos que en el “razonamiento”.

En “Los amigos”, no obstante, Cortázar opera al revés: en lugar de “extrañar” un hecho habitual, familiariza algo excepcional. Todos hemos bajado una escalera, pero matar es otra cosa. ¿Cómo asesinar a alguien, sobre todo a una persona querida? Lo extraño en “Los amigos” es que el personaje central no siente el menor remordimiento. Se ha deshumanizado hasta volverse una máquina de matar.

“Los amigos” no es un cuento fantástico, si bien Cortázar apela a todo un sello de su obra: el mismo “salto al otro lado” que hallamos en “Axolotl” (un hombre mira hechizado a los peces, pero tras un cambio de perspectiva lo vemos desde el interior de la pecera) y, con variantes, en “La noche boca arriba” o en “Las puertas del cielo” y sus “zonas de pasaje”. Aficionado a ponerle nombres ajedrecísticos a las tácticas narrativas, Vladimir Nabokov habría hablado quizá de “enroque”: movimiento que de un “salto” permite mover dos piezas simultáneas. El frío asesino de “Los amigos” piensa de pronto (y son las palabras finales) “que la última visión de Romero había sido la de un tal Beltrán, un amigo del hipódromo en otros tiempos”. Pero a esta altura el dato tiene un peso muy relativo.~

(Publicado originalmente en la revista argentina "Lamujerdemivida")

www.lamujerdemivida.com.ar

22 septiembre, 2008

Guau

¿Para qué sirve la literatura? Algunos días quiero creer que la literatura sirve para recordarnos que el mundo podría ser de otras maneras o para demoler certezas y formular preguntas; otros días en que me levanto más realista siento que está para nombrarnos/ describirnos/ enseñarnos a mirar de forma distinta lo que damos por “ya sabido”. Pero, la verdad, no me preocuparía llegar a la conclusión de que la literatura no tiene ningún fin utilitario. Me acuerdo del chiste de Mafalda: no sabemos qué quiere decir “guau” pero igual nos gustan los perros.


Siempre habrá algún señor que nos explicará que un perro sirve (si es guardián) para espantar amenazas o para hacernos compañía o para traernos el diario entre los dientes (así como los gatos están para comerse ratones…), y no les faltará razón. Sin embargo, creo que amamos a los perros y a los libros por algo mucho más profundo y que no se puede resumir en términos de utilidad.

20 septiembre, 2008

Fantasma diferente

- Yo -dijo un fantasma a otro al encontrarse en el desván de una vieja casona- soy diferente a usted: yo no me morí nunca, yo empecé fingiendo que era un fantasma, y ya me ve.



Enrique Anderson Imbert (1910-2001), "El gato de Cheshire"

18 septiembre, 2008

Predestinados

En mi post del pasado 13 de septiembre, dedicado a Charles Train, hablaba de los apellidos predestinados.

Los ejemplos son, por cierto, innumerables. En el sitio de Verbalia (http://www.verbalia.com/) me he encontrado con el siguiente caso, que copio textualmente:

"En el hielo patagónico es famoso el Cerro Torre, y muchos son los libros escritos sobre esta conocida cima. Pero uno sólo, "Cerro Torre, mito de la Patagonia", del alemán Tom Dauer, tiene una traductora llamada Valeria Montagna, que en italiano se pronuncia montaña, como el tema tratado. Así pues, un libro sobre la montaña traducido por una Montaña."

Cinco libros: Juan Terranova



Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.


El voto de Juan Terranova:



Acá van cinco libros que estuve o estoy leyendo y me gustaron:



Los Draculas de Rals, de Peter Märtin (Tusquets).

El sindicato de policía Yiddish, de Michael Chabon (Mondadori, 2008)

Memorias, de Charlton Heston (Ediciones B)

El descubrimiento del alfabeto, de Luigi Malerba (Gadir)

Santería, de Leonardo Oyola (Negro Absoluto, 2008)


Juan Terranova nació en Buenos Aires a fines de 1975. Publicó las novelas “El caníbal”, “El bailarín de tango”, “El pornógrafo” y “Mi nombre es Rufus”. También “El Ignorante”, un libro de poemas, y la crónica teológica “La Virgen del cerro”. Participó en varias antologías y seleccionó relatos de escritores jóvenes para un libro sobre barrios porteños que se llama “Buenos Aires, Escala 1:1”.

Escribió todos los días durante tres años en su blog http://www.elcocinerosalvaje3.blogspot.com/.

Ahora escribe cada tanto en http://www.elconejodelasuerte.blogspot.com/.

17 septiembre, 2008

Quince palabras

Con el correr de los siglos, la extensión media de la frase literaria se ha ido acortando. Si en las novelas inglesas escritas entre los años 1740 y 1790 había un promedio de 41 palabras por frase, en las novelas inglesas escritas entre 1920 y 1979 hubo un promedio de 15 palabras por frase. Entre tanto, en las del período 1800-1859 hubo 29 palabras por frase; y en las del período 1860-1919, 25 palabras promedio.

Quien se ha ocupado de este tema, como casi ningún otro investigador, es el francés Francois Richaudeau, cuya teoría es que hay una tendencia histórica a acortar las oraciones.

Estos datos provienen de obras de Richaudeau como “Recherches actuelles sur la lissibilité” (1984), pero los he encontrado de forma indirecta en el libro “La cocina de la escritura” (Anagrama), de Daniel Cassany.

Acertadamente, Cassany apunta que estas cifras sólo pueden cobrar valor y validez si se establece a ciencia cierta qué se entiende por frase, o qué entiende en todo caso el francés Richaudeau por frase.

Ahora bien, Richaudeau define la frase, dice Cassany, como “un período de prosa con autonomía sintáctica y semántica, que se marca visualmente con puntuación fuerte (punto, exclamación, etc) o semifuerte (punto y coma, dos puntos, etc)".

Estas estadísticas son sólo generales, desde luego, ya que cada tanto aparece un escritor de frases extensas y sinuosas como Marcel Proust o Thomas Bernhard.

Sin embargo, el propio Richaudeau se encargó de hacer una comparación entre algunos de los principales escritores en lengua francesa, contabilizó el promedio de palabras por frase que emplea cada uno de ellos, y advirtió también en este caso una tendencia decreciente que apunta a las 15 palabras por frase (límite de la memoria inmediata, según investigaciones psicológicas al respecto).

René Descartes empleaba 74 palabras por frase; Marcel Proust, 38; Paul Valéry, 22; Gustave Flaubert, 28; mientras que Jean Giono y George Simenon emplearon ambos un promedio de 15 palabras por frase.

16 septiembre, 2008

La mosca



El choque fue excepcionalmente brutal. Los dos automóviles iban a más de cien por hora y se estrellaron de frente. Resultado: nueve muertos en total.

Tardaron más de una hora en sacar el primer cadáver de los restos de hierro. El único sobreviviente aprovechó para salir de allí e irse volando.

Era una mosca.

-Mierda –pensó-, es la última vez que me subo a un auto para viajar.


Jacques Sternberg
“Contes glacés”
(Traducido del francés por Eduardo Berti)

14 septiembre, 2008

Abogados y actores



…soy un antiguo actor que se ha hecho abogado. Acaba de rodarse el episodio piloto de una serie de TV basada libremente en mi historia profesional y protagonizado por mi amigo Manny di Presso, un antiguo abogado que abandonó el bufete para ser actor. El cual, a su vez, en este episodio piloto me interpreta a mí, un actor convertido en abogado que de vez en cuando vuelve a ser actor…

Thomas Pynchon, “La subasta del lote 49"

13 septiembre, 2008

Charles Train, el verdadero Phileas Fogg



Por Eduardo Berti


¿Quién no intentó alguna vez una lista con los apellidos predestinados como César Carman (presidente del Automóvil Club Argentino) o el escritor alemán Hans C. Buch, por citar dos ejemplos al borde de lo inverosímil?

El caso del magnate estadounidense Charles Francis Train no se queda atrás. Nacido en 1829, en la entonces floreciente ciudad de Boston, Train supo hacer honor a su apellido: fue un pionero del transporte ferroviario, intervino en la construcción de los primeros tranvías ingleses y de dos proyectos faraónicos en su tierra natal: las líneas Union Pacific y Atlántico-Gran Oeste.

Aparte de estas actividades, Train llegó a presentarse en 1872 como candidato a la presidencia de los Estados Unidos, fue un apasionado militante de los derechos femeninos, asesoró a un grupo de revolucionarios australianos (quienes llegaron a proponerle que fuera presidente de dicho país) y, ante todo, fue un viajero incansable, a tal punto que una de sus mayores hazañas como trotamundos parece haber inspirado a Julio Verne su novela “La vuelta al mundo en 80 días” y su famoso héroe Phileas Fogg.

En efecto, a mediados de 1870 Train dio la vuelta al mundo en 80 días junto con un primo que oficiaba de secretario (George P. Bernis), alternando trenes con buques a vapor. El periplo no excluyó una pausa forzosa de casi dos semanas en Francia, donde Train se vio implicado en un oscuro episodio político, fue a dar a la cárcel y salió en libertad gracias a las gestiones del escritor Alejandro Dumas y a las presiones de los grandes diarios de Inglaterra y EE UU.

Viajar contra el tiempo a lo largo o, más bien, a lo ancho del mundo no tardó en volverse una excentricidad bastante usual a fines del siglo XIX.


Según los pocos biógrafos de George Train (entre ellos, Allen Foster), al estadounidense le disgustó que Verne usara su proeza sin dignarse a mencionarlo. En su defensa, Verne podría haber alegado que un amigo suyo, Jacques Arago, había escrito años atrás el “Voyage autour du monde” y que la idea se había vuelto posible y popular tras una serie de factores como la apertura del canal de Suez o la ampliación de la red ferroviaria en India.

De cualquier modo, en 1889 Train anunció que se disponía a batir su record y a dar la vuelta en 60 días. Pese a otra encarcelación (ahora, al parecer, por un escándalo financiero), partió en 1890 y fijó la marca de 67 días, y 13 horas. A grandes rasgos, lo que habría tardado la primera vez de no haber sido detenido en Francia.

Pero aquí no termina la historia. El incansable Train tenía 63 años cuando en 1892 logró por fin su anhelado objetivo: la vuelta al mundo en 60 días exactos. Julio Verne debió enterarse sin dudas de la noticia. Y acaso habrá reflexionado que la gran diferencia entre Phileas Fogg y ese hombre llamado Train consistía en que el primero era un hombre al que, casi con certeza, jamás se lo habría ocurrido repetir el viaje y superar su propia marca, mientras que de Train podía esperarse cualquier cosa.

Según Allen Foster, “Citizen Train” terminó sus días en los bancos públicos del Madison Square Park de Nueva York, obsequiando monedas a los paseantes y dirigiéndole la palabra tan sólo a los niños y a los animales.



(Versión abreviada del artículo publicado en el diario "Crítica" de Buenos Aires)

11 septiembre, 2008

Los juguetes


El siguiente es un cuento del uruguayo Juan José Morosoli ( 1899-1957), originalmente incluido en su libro "Perico". La prosa de Morosoli es simple, directa. Pero en ella, sobre todo en sus cuentos más breves, hay silencios grandes y sugerentes. En un viejo ensayo de Mario Benedetti se cita, al hablar del universo de Morosoli, la siguiente afirmación de Francisco Espínola : Morosoli "no deja correr el tiempo, lo detiene; cuando éste recobra su curso, es ya el fin. Tal el secreto del extraño carácter de sus narraciones, que tienen más todavía de la escultura que de la pintura."






Cuando mi madre estuvo grave, nosotros salimos de nuestro hogar. Mi abuela se llevó a mis hermanos más chicos y yo fui a la casa que era la más lujosa del pueblo. Mi compañero de banca vivía allí.
La casa no me gustó desde que llegué a ella.
La madre de mi compañero era una señora que andaba siempre recomendando silencio. Los criados eran serios y tristes. Hablaban como en secreto y se deslizaban por las piezas enormes como sombras.
Las alfombras atenuaban los ruidos y las paredes tenían retratos de hombres graves, de caras apretadas por largas patillas.
Los niños jugaban en la sala de los juguetes sin hacer ruido. Fuera de aquella sala no se podía jugar. Estaba prohibido. Los juguetes estaban alineados cada uno en su lugar, como los frascos en las boticas.
Parecía que con aquellos juguetes no hubiera jugado nadie. Yo hasta entonces había jugado siempre con piedras, con tierra, con perros y con niños. Pero nunca con juguetes como aquellos. Como no podía vivir allí, mi padrino don Bernardo me llevó a su casa.
Allí había vacas, mulas, caballos, gallinas, un horno de cocer pan y un cobertizo para guardar el maíz y alfalfa. La cocina era grande como un barco. En el centro tenía un tronco de madera enterrado en el suelo. Cerca de la chimenea una rueda de carreta reunía pavos, parrillas y hombres. Pájaros y gallinas entraban y salían. Mi padrino se levantaba a las cinco de la mañana, y comenzaba a partir la leña. Los golpes que daba con elhacha resonaban por toda la casa.
Una vaca mimosa venía hasta la puerta y mugía apenas lo veía. Luego un concierto de golpes, balidos, gritos, cacarear y batir de las alas, conmovían la casa. A veces al entrar en las piezas, el vuelo asustado de un pájaro que se sorprendía nos paraba indecisos. Era una casa viva y trepidante.
La leche espumosa y el pan casero, suave y dorado, nos acercaba a todos a la mesa como a un altar. Nuestras mañanas transcurrían en el granero oloroso de alfalfa. De unos agujeros altos, que el sol perforaba, caían hacia el piso unas listas de luz donde danzaba el polvo.
En casa de mi padrino pensé que los juguetes y los juegos que hacen felices a los niños no están en las jugueterías.

10 septiembre, 2008

Sueño

Mateo Díez


Soñé que un niño me comía. Desperté sobresaltado. Mi madre me estaba lamiendo. El rabo todavía me tembló durante un rato.


Luis Mateo Díez ("El árbol de los cuentos", Alfaguara, 2006)

09 septiembre, 2008

El dolor

Puede ser que, salvo en este pequeño planeta, en esta zona particular de polvo cósmico que desaparecerá mucho antes de que alcancemos la estrella más próxima, puede ser, digo, que en ningún otro lugar exista eso que llamamos dolor. (…) La capacidad de sentir dolor no le es necesaria al músculo, y por lo tanto no existe; sólo se necesita hasta cierto punto en la piel, y sólo en determinadas zonas del muslo hay zonas capaces de percibir el dolor. El dolor no es más que un consejero médico que nos informa y estimula. No toda la materia viva es capaz de sentir dolor, ni todo nervio, ni siquiera todos los nervios sensoriales. No hay el menor atisbo de dolor, de auténtico dolor, en las sensaciones del nervio óptico. Cuando el nervio óptico está herido, lo único que ve son destellos de luz, del mismo modo que una enfermedad del nervio auditivo no produce más que un pequeño zumbido en los oídos. Las plantas no sienten dolor; los animales inferiores, animales como la estrella de mar o el cangrejo de río, es posible que no sientan dolor. Sin embargo, los hombres, cuanto más inteligentes son, más velan por su propio bienestar y tanto menos necesitan el aguijón que los mantiene fuera de peligro. Jamás he oído hablar de algo inútil que, antes o después, no haya sido desterrado por la evolución. Y el dolor, no es necesario.


H.G. Wells, “La isla del Dr. Moreau”

07 septiembre, 2008

Lo clásico según Eliot

Si hay una palabra sobre la que podemos fincar nuestra definición y que sugiere al máximo lo que quiero decir con la expresión ‘un clásico’, esa palabra es ‘madurez’. Más adelante distinguiré el clásico universal, como Virgilio, del clásico que sólo es tal en relación con otras formas literarias de su misma lengua o en relación con las costumbres de un periodo específico.


Un clásico sólo puede existir cuando una civilización es madura y cuando una lengua y una literatura son maduras; además, un clásico ha de ser obra de un intelecto maduro.





La época que precede a una época clásica puede mostrar tanto excentricidad como monotonía: monotonía porque los recursos de la lengua aún no han sido explorados cabalmente; excentricidad porque aún no existe una norma lingüística ampliamente aceptada (si es que en realidad podemos llamar excéntrico a lo que carece de centro); la escritura de esa época puede ser a la vez pedante y licenciosa.


La época que sigue a una época clásica puede también mostrar excentricidad y monotonía: monotonía porque los recursos de la lengua se han agotado, al menos por ese momento; excentricidad porque la originalidad adquiere mayor valor que la corrección.



T.S. Eliot (1888-1965), ¿Qué es un clásico?

(Fragmentos de una extensa conferencia magistral pronunciada ante la Sociedad Virgiliana de Londres, en octubre de 1944)


Traducción de Juan Carlos Rodríguez, texto incluido en “Lo clásico y el talento individual” (Universidad Nacional Autónoma de México)

05 septiembre, 2008

Lafcadio Hearn



Ayer hablaba de “Fantasmas de la China”, el libro de cuentos de Lafcadio Hearn que acaba de ser publicado por La Compañía.

Quisiera añadir algo acerca del autor, antes de citar unos fragmentos del posfacio que Pablo De Santis escribió para dicho libro:

Patricio Lafcadio Tessima Carlos Hearn (1850 - 1904), escritor, traductor y orientalista greco-irlandés, fue uno de los máximos divulgadores de la cultura japonesa en Occidente. Nacido en una isla del mar Jónico llamada entonces Leucada (hoy, Santa Maura), Hearn se marchó en 1869 a los Estados Unidos, donde trabajó como periodista y protagonizó un escándalo al tener relaciones con una mulata de Ohio. En 1890 partió a Japón con la idea de escribir allí una serie de artículos para la revista Harper’s. Se enamoró del país. Se casó con con Setsuko Koizumi, oriunda de una familia de samurais. Se volcó a la enseñanza universitaria y escribió una docena de obras sobre su amado Japón, desde recopilaciones de cuentos fabulosos hasta diarios con observaciones.





En el posfacio a “Fantasmas de la China”, Pablo De Santis escribe, entre otras cosas, lo siguiente:

No fue griego, no fue norteamericano, no fue irlandés. Este caballero sin patria que termina viviendo en Japón nos resulta tan de leyenda como los relatos que escribió. Dicen que era feo, que tenía un solo ojo (había perdido el otro en un accidente) y además terriblemente miope. En las fotos nunca mira de frente, siempre hacia otra parte. Eso produce un efecto extraño de impaciencia, como si Hearn no pudiera esperar el momento de salir de la lenta habitación del fotógrafo y seguir viaje.

Lafcadio Hearn mostró a muchos lectores (entre ellos a Borges) la fascinación del Japón. Evitó la superstición del puro pintoresquismo, pero también la otra, más difundida hoy, de señalar que para conocer una cultura, hay que ignorar todo lo que esta tiene de atractivo y maravilloso, y refugiarse en las cifras de la industria o las estadísticas habitacionales. En el conjunto de sus libros Hearn supo administrar, por igual dosis, realidad y sueño. ¿Acaso hay algo más auténtico en una cultura que sus terrores?

04 septiembre, 2008

Fantasmas de la China

Varias veces he hablado en este blog acerca de la editorial independiente argentina La Compañía. No es casualidad, ya que soy uno de los tres fundadores y (no sin orgullo) ejerzo como director literario.

Hoy vuelvo a hablar de La Compañía porque acabamos de lanzar a la venta nuestro cuarto título: los cuentos "Fantasmas de la China", de Lafcadio Hearn, con traducción de Marcos Mayer y posfacio de Pablo De Santis.




Lafcadio Hearn (1850 / 1904), escritor, traductor y orientalista de origen irlandés, fue uno de los máximos divulgadores de la cultura japonesa en Occidente. Sus cuentos de fantasmas japoneses (kwaidan) son célebres e inspiraron toda una tradición de cine y literatura paranormal. Menos conocidos pero igual de fascinantes son estos cuentos de fantasmas chinos, que Borges tildó de “precisos y a la vez lejanos” y mencionó entre sus libros de cabecera.

Este libro de Hearn se suma, por lo tanto, a los tres precedentes editados por La Compañía: "Lady Susan", novela breve de Jane Austen; "La misma sangre y otros cuentos" del norteamericano William Goyen; y el frondoso y apasionante "Cuaderno de notas" de Anton Chéjov, hasta hace poco inhallable en lengua castellana.

Mañana, en este mismo blog, publicaré un extracto del posfacio escrito por Pablo De Santis, una excelente manera de acercarse al universo tan singular de Lafcadio Hearn.

www.editoriallacompania.com

03 septiembre, 2008

Cinco libros: Sergio Olguín


A pedido del público (o no tanto, en verdad...) vuelve la sección "Cinco libros".


Estoy pidiéndole a diversos escritores y artistas que recomienden cinco libros de ficción a los lectores de este blog y por qué no, de paso, al autor del mismo. No se trata, para nada, de un ránking ni mucho menos de una lista canónica. Se trata, más bien, de cinco libros que repentinamente ellos quieran proponer y compartir con los demás.


El voto de Sergio Olguín:


Cinco novelas de Georges Simenon


El hombre que miraba pasar los trenes: Una de las novelas fundamentales del siglo XX. Como si Kafka escribiera policiales. Acá no hay nadie que se despierta convertido en una cucaracha sino un tipo que sabe que si se va a dormir, se va a despertar convertido en un desocupado.

Barrio negro: una novela a la altura de “El extranjero” de Camus, con la que comparte muchos puntos en común. Eso sí: Simenon la publicó siete años que Camus. Una pareja de franceses jóvenes y burgueses queda varada en Panamá. El protagonista comienza un descenso a los infiernos con una aceleración final que muestra la maestría de Simenon para narrar.

El viajero del día de Todos los Santos: a diferencia de sus otras grandes novelas, ésta no tiene un clima agobiante, sino que parece nutrirse de la gran novela francesa del siglo XIX, con sus historias de familia, su denuncia a la hipocresía burguesa y personajes encantadores.

Los fantasmas del sombrerero
: un policial perfecto donde un asesino serial es un alto personaje de la burguesía local y el que lo descubre y lo acecha (a pesar suyo) es un inmigrante armenio. Una obra maestra de la primera a la última línea.

La habitación azul: cargada de una especial sensualidad (que aflora ya en la primera página), rápidamente aflora la violencia y la muerte. Andrée, la protagonista, es uno de esos personajes escapados del más loco amor. Inolvidable.



Sergio S. Olguín nació en Buenos Aires en 1967. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires. En 1990 fundó la revista de cultura "V de Vian" que dirigió hasta 1999. Fue cofundador y el primer director de la revista de cine "El Amante", y es jefe de redacción de la revista "Lamujerdemivida". En 1998 publicó el libro de cuentos "Las griegas" (Vian ediciones) y en el 2002 su primera novela, "Lanús" (Ed. Norma, reeditada en 2008 por Tusquets y traducida al alemán por Suhrkamp). Luego aparecieron las novelas "Filo" (Tusquets, 2003) y "El equipo de los sueños" (Norma, 2004 y Siruela, 2005)) que ha sido traducida al alemán (Suhrkamp), francés (Metailié-Seuil) e italiano (Feltrinelli). En 2007 apareció su última novela "Springfield" (Norma y Siruela, 2008).

02 septiembre, 2008

Ser y tener


Lo que se tiene ya no se vuelve a tener, y lo que se posee ya se ha vuelto a perder. Sólo se es lo que aún no se ha sido.


Robert Walser (Historias de amor)