31 agosto, 2008

Christopher Sholes, el señor Qwerty

Por Eduardo Berti

Al teclado de las máquinas de escribir y de las computadores se lo denomina Qwerty porque así se leen sus primeras letras, de izquierda a derecha. Una falsa leyenda le atribuye la paternidad del Qwerty a cierto James Daugherty que inventó a fines del siglo XIX una máquina de escribir. Según esta leyenda, Daugherty ordenó las teclas para que el “e-r-t-y” permitiera escribir con facilidad su apellido.

El verdadero creador del teclado Qwerty fue el norteamericano Christopher Latham Sholes, quien a partir de 1867 patentó varias máquinas de escribir. Nacido en 1819, Sholes había trabajado como editor de periódicos y ejercido cargos políticos y administrativos, cuando con dos socios, Carlos Glidden y Samuel Soule, logró al fin una máquina de escribir tan eficaz que, en 1873, la empresa Remington compró los derechos por 12 mil dólares.

En cuanto al teclado Qwerty, existen dos versiones sobre su nacimiento. La primera indica que las máquinas de Sholes tenían un inconveniente: apenas el dactilógrafo adquiría buen ritmo, los tipos chocaban y se atascaban como espadas cruzadas. Para evitarlo, Sholes cambió la disposición de las teclas (originalmente alfabéticas) por otra que ralentizara la velocidad de mecanografiado. Según esta versión, el de Sholes es un clásico ejemplo de producto que se impone no por ser necesariamente el mejor.

La segunda versión sostiene que uno de los muchos socios que tuvo Sholes para sus inventos (un inversor llamado Densmore) era hermano del futuro pedagogo Amos Densmore, autor de un estudio sobre la frecuencia más usual de pares de letras en el idioma inglés. Según esta versión, Sholes consideró los grupos de letras que suelen escribirse juntos con mayor asiduidad (“th”, “er”, “re”) para diseñar su teclado.


Como sea, el Qwerty apareció tanto en la primera Remington como en su edición mejorada: la célebre y masiva No 2, que también incluía otras novedades como la tecla “shift” para escoger entre mayúsculas y minúsculas (el modelo previo, del que se vendieron apenas unos 5 mil máquinas, sólo traía mayúsculas), y los números “1” y “0” (en el modelo previo debían usarse la “ele” y la “o”).

Diez años después, el Qwerty empezaba a imponerse en los Estados Unidos, donde se organizaban concursos en los que debía escribirse la mayor cantidad de palabras sin mirar, ni de reojo, las teclas. Sholes murió en 1890 sabiendo que su teclado permitía escribir entre 80 y 100 palabras por minuto, cuando la escritura manual ronda las 20, pero sin imaginar que en 1923 (en el libro “The History of the Typewriter”) se lo retrataría como “el salvador de las mujeres”, ya que su Remington No 2 masificó la profesión de secretaria-dactilógrafa.

Pronto el Qwerty pasó a ser el estándar occidental, a lo sumo con ligeras variantes (el Azerty francés o el Qwertz alemán), y aunque se le formularon objeciones (su mala ergonomía que, al menos en inglés, obliga a usar mucho más la mano izquierda que la derecha) no fue desbancado ni con la llegada de la máquina eléctrica ni con la invención de numerosas alternativas, como el teclado del profesor August Dvorak, quien alrededor de 1935 dispuso las vocales y consonantes más frecuentes en la hilera del centro

Parece que el Dvorak no sólo era mejor en lo ergonómico, sino en velocidad, ya que con él podían escribirse 400 palabras por minuto. Que los fabricantes y diseñadores de computadoras no lo tuvieran en cuenta y prefirieran seguir con el Qwerty se explicaría, ante todo, por la ardua y tortuosa readaptación masiva que habría significado semejante decisión.

Según Koichi Yasouka (todo un experto en el tema), el propio Sholes estaba insatisfecho con el Qwerty y trató, en 1880, de mejorarlo con otro teclado en el que, un poco como Dvorak, agrupó vocales y consonantes frecuentes. Al morir Sholes, sin embargo, sus patentes cayeron en manos de Clarence Walker Seamans, primer presidente de la Union Typewriter Company. “Pero el señor Seamans, que impulsaba el oligopolio del Qwerty –dice Yasouka-, nunca lanzó a la venta el nuevo teclado de Sholes”.


(Publicado originalmente en el diario "Crítica" de Buenos Aires, Argentina)

29 agosto, 2008

Los dos relojes


¿Qué es mejor, un reloj que da la hora exacta una vez por año, o un reloj que es puntual dos veces al día? "Este último”, me respondes, “indudablemente". Muy bien, ahora presta atención.

Tengo dos relojes: uno no funciona para nada, el otro retrasa un minuto por día: ¿cuál preferirías? "El que retrasa", me respondes, "sin duda alguna". Sin embargo, observa esto: el que retrasa un minuto por día debe emplear doce horas, o setecientos veinte minutos, hasta señalar de nuevo la hora correcta, por lo tanto es puntual una vez cada dos años, mientras que el otro evidentemente es puntual siempre que es la hora por él indicada, lo que ocurre dos veces al día.

De esta manera te has contradicho una vez.

"Ay”, me dices, “pero ¿de qué sirve que sea puntual dos veces al día, si no puedo saber cuándo llega esa hora correcta?"Bueno, supongamos que el reloj marca las ocho en punto, ¿no entiendes que el reloj es puntual a las ocho en punto? En consecuencia, cuando sean las ocho en punto tu reloj señalará la hora exacta."Sí, eso es fácil de ver", me respondes.

Entonces te has contradicho ya dos veces. Así que arregla ahora mismo este entuerto, lo mejor que puedas, y trata de no contradecirte más.

Ya sé, has de preguntarme: "¿Cómo voy a saber cuándo son las ocho en punto? Mi reloj no me lo dirá". Ten paciencia: sabes que cuando sean las ocho tu reloj estará bien, muy bien; así que ésta es la regla: mantén la vista fija en el reloj y, en el momento exacto en que dé puntualmente la hora, serán las ocho. "Pero…" me dices. Ya lo sé, ya bastante por hoy. Cuanto más preguntes, más lejos estarás de la solución. De modo que lo mejor será que paremos aquí.

Lewis Carroll: "The Two Clocks".
Traducido de "The Complete Works of Lewis Carroll" (The Nonesuch Press, Londres)

28 agosto, 2008

Papa sin armiño

Más allá de la humorada del tango, lo del papa con armiño no es broma...

Una asidua lectora de este blog me ha escrito para saber dónde hay que firmar la solicitada por un papa sin arminio.

Este es el sitio:

http://www.firmiamo.it/sign/list/papasenzaermellino

Hasta ahora las firmas no son muchas, pero confío en que los millones de lectores de bertigo acudirán en masa a hacer justicia y poner fin a esta situación.

Abrazos a todos

27 agosto, 2008

Aquel papado de armiño…


La Asociación Italiana para la Defensa de los Animales y el Ambiente (Aidaa) comenzó a recolectar firmas para pedirle a Benedicto XVI que renuncie a la estola de armiño, "que nada tiene que ver con los paramentos sagrados, en el respeto de la vida en todas sus formas y para recordar que también los animales son criaturas de Dios", según puede leerse en la carta abierta al Papa.

La campaña "Papa sin armiño" comenzó el 21 de julio pasado y hasta la fecha logró cosechar más de 2500 firmas. El objetivo de la asociación es alcanzar 10.000 firmas antes del 30 de septiembre próximo. Y también convencer al Papa de que abandone la estola roja (de raso en verano, y de terciopelo en invierno), así como el antiguo camauro, el gorro también rojo, ambos bordados con piel de armiño, que suele utilizar para no enfriarse.

Amante de las tradiciones, Joseph Ratzinger sacó del arcón estas dos prendas que se remontan al siglo XV, que Juan Pablo II jamás utilizó, y que pudieron verse hasta la época de Juan XXIII, el "papa bueno".

"¿No hay batallas más importantes que hacer?", se preguntó, molesto, el cardenal Andrea Cordero di Montezemolo. "Está bien defender los armiños, pero hay criaturas humanas que se merecerían una defensa prioritaria", agregó al Corriere della Sera.


(Extracto de La Nacion, Argentina, Jueves 14 de agosto de 2008. Texto de Elisabetta Piqué, corresponsal en Italia)




Aquel tapado de armiño,

todo forrado en lamé,

que tu cuerpito abrigaba

al salir del cabaret.

Cuando pasaste a mi lado,

prendida a aquel gigoló,

aquel tapado de armiño

¡cuánta pena me causó!

¿Te acordás?, era el momento

culminante del cariño;

me encontraba yo sin vento,

vos amabas el armiño.

Cuántas veces tiritando,

los dos junto a la vidriera,

me decías suspirando:

¡Ay, amor, si vos pudieras!

Y yo con mil sacrificios

te lo pude al fin comprar,

mangué a amigos y usureros

y estuve un mes sin fumar.

Aquel tapado de armiño

todo forrado en lamé,

que tu cuerpito abrigaba

al salir del cabaret.

Me resultó, al fin y al cabo,

más durable que tu amor:

el tapado lo estoy pagando

y tu amor ya se apagó.

"Aquel tapado de armiño" (tango, 1929. Delfino-Romero)

26 agosto, 2008

El ajedrez y el nuevo mundo

Entre los diversos textos que conforman su libro “Las palabras y los días”, Abelardo Castillo le dedica un apasionante ensayo al juego del ajedrez, donde cita entre otras cosas la siguiente definición de Stefan Zweig: “Este juego pertenece a todos los pueblos y a todas las épocas y nadie puede saber de él qué divinidad lo regaló a la Tierra para matar el tedio, aguzar el espíritu y estimular el alma”.


Cuenta también allí Castillo que una partida de ajedrez resultó fundamental para que se concretara el primer viaje de Cristóbal Colón. El testimonio se encuentra, al parecer, en una carta de fines del siglo XV que relata la pasión del rey Fernando, el Católico, por el juego. “Sin tener conciencia de lo que está realmente escribiendo”, dice Castillo, el autor de aquella carta acaba por contar que un rival de turno del rey, un cierto Fonseca, “con la esperanza de distraer al temible adversario” se puso en cierta ocasión a filosofar que el mundo era cuadrado como el tablero, que estaba rodeado de agua y que luego venía el abismo.

Estas palabras provocaron, según parece, no solamente la intervención de fray F. De Talavera (“si el mundo está hecho así, Dios habría debido consultarme antes de crearlo; tal vez podría haberle dado unos buenos consejos”) sino además la reacción de la reina Isabel, quien aprovechó el diálogo para recordar el proyecto de Colón.

Como sea, la carta cuenta que la partida finalizó con la victoria del rey Fernando, quien festejó con euforia su triunfo, al grito de: “Y pienso ordenar a don Juan de Colona que extienda el nombramiento de Almirante a favor de Colón…”.

La conclusión a esta historia, una especie de ucronía fabulosa, la escribe Abelardo Castillo, de forma admirable:

“Es casi imposible no preguntar, trivialmente, qué hubiese ocurrido de ganar Fonseca : de todos modos, ni Pascal, pensando en la nariz de Cleopatra, pudo reprimir una tentación semejante. Más mágico es quizás imaginar que alguna vez, en cualquier club de ajedrez del mundo, dos jugadores repetirán o habrán repetido, sin saberlo, esa posición final. En algún caso, habrán ganado o ganarán las piezas de Fonseca, y será como si esta página se borrase o no hubiera sido escrita”.


24 agosto, 2008

La libertad


La puerta de la jaula había quedado abierta. El pajarito, al cabo de un leve salto, se instaló en la entrada y observó desde allí el ancho mundo, primero con un ojo y luego con el otro. Su pequeño cuerpo sintió entonces un escalofrío de deseo por los amplios espacios para los cuales habían sido hechas sus alas. No obstante, enseguida pensó : "Si salgo, la jaula podría cerrarse... Y me quedaría ahí afuera, prisionero". Así que se volvió a meter y poco después vio con satisfacción como volvía a cerrase aquella puerta que sellaba su libertad.



Italo Svevo, "Fábulas"


21 agosto, 2008

Una ciudad del 2000



En el marco de una sesión de la Academia de Amiens, que por entonces presidía, Julio Verne leyó un discurso en forma de cuento. Corría diciembre de 1875 y el texto quedó archivado en las actas de la Academia bajo el título de "Amiens en el año 2000: Una ciudad ideal". Más que un ejercicio de anticipación, el relato es una crítica al presente; los valores y los hábitos de la ciudad se exhiben invertidos, de modo que a la actualidad de su ciudad el novelista contrapone un futuro ideal donde los médicos atienden gratis, hay una máquina de vapor que amamanta y existe un impuesto al celibato. El
fragmento aquí reproducido tiene algunos puntos en común con "M. Ré-dièze et Mlle Mi-bémol" (1893), un cuento poco conocido sobre un maestro de música de una aldea alpina que ha fabricado un órgano "enriquecido" con voces infantiles: voces de niños de carne y hueso que ha encerrado en los tubos del instrumento. Se verá que en cada caso, aunque con matices diferentes, la máquina cumple el fin de "prolongar" al ser humano (en el mundo verniano los artefactos no se oponen a la naturaleza); pero además estamos ante inventos suntuarios, dado que en las obras de Verne las maquinarias no son concebidas para la gran producción industrial, sino para el viaje o la comunicación, el confort o el entretenimiento.



A la izquierda se elevaba un vasto monumento de forma hexagonal, con una entrada soberbia. Era al mismo tiempo un circo y una sala de conciertos, tan grande como para permitir que allí fusionaran sus acordes el Orphéon, la Sociedad filarmónica, la Harmonie, la Unión coral y la Fanfarria municipal de los bomberos voluntarios.

En esta sala --se escuchaba muy bien-- una inmensa multitud aplaudía a rabiar. Afuera se extendía una larga cola, a través de la cual se propagaba el entusiamo del interior. En la puerta se desplegaban unos afiches gigantescos, con este nombre en letras colosales:

PIANOWSKI
PIANISTA DEL EMPERADOR
DE LAS ISLAS SANDWICH

Yo no conocía ni a este emperador ni a su virtuoso pianista.

-- ¿Y cuándo llegó Pianowski? --le pregunté a un amante de la música, reconocible por el desarrollo extraordinario de sus orejas.

-- No llegó --me respondió, mirándome con aire bastante sorprendido.

-- Entonces, ¿cuándo vendrá?

Ahora el hombre parecía a punto de decirme: "Pero usted, ¿de dónde salió?".

-- Y si no viene --dije--, ¿cómo hará para dar su concierto?

-- Lo está dando en estos momentos.

-- ¿Acá?

-- Sí, sí, en Amiens al mismo tiempo que en Londres, en Viena, en Roma, en Petersburgo y en Pekín.

"Ah, claro", pensaba yo, "toda esta gente está loca. ¿Será que acaso, por azar, dejaron escapar a los del manicomio de Clermont?"

-- Señor --volví a decir.

-- Pero, señor --respondió el amante de la música, alzando los hombros--, ¡lea bien el afiche! ¿No ve que este concierto es un concierto eléctrico?

Leí el afiche... En efecto, en ese momento, el célebre machacador de marfil Pianowski tocaba en París, en la sala Hertz; pero por intermedio de unos hilos eléctricos su instrumento estaba en contacto con otros pianos de Londres, de Viena, de Roma, de Petersburgo y de Pekín. Entonces, cuando él martillaba una tecla, ¡la nota idéntica resonaba en los teclados de esos pianos lejanos, en los que cada tecla era movida instantáneamente por la corriente eléctrica!

¡Quise entrar en la sala! Fue imposible. ¡Ay, no sé si el concierto era eléctrico o no, pero puedo jurar que los espectadores estaban electrizados!


(Traducido del francés por Eduardo Berti)

20 agosto, 2008

La infidelidad



(Agencia Reuters, Australia, 14/8/2008
)

Una mujer australiana se ha vengado de la infidelidad de su marido colgando una fotografía de la ropa interior de su amante para subastarla en eBay.


En el catálogo, al pie de la foto, la mujer explica que está vendiendo unas bombachas (unas bragas) de encaje negro y un envoltorio vacío de un condón "tamaño pequeño" encontrados en su cama después de que su marido tuviera un desliz con otra mujer.

La vendedora, identificada en eBay como annastella007, aporta descripciones más bien poco halagadoras de la bombacha: "Es tan grande que acaso alguien la pueda usar como chal, o aún mejor, para Halloween".

17 agosto, 2008

Juan de la Coba, inventor inmóvil

Por Eduardo Berti


Juan de la Coba era gallego y también se lo conoce (poco, pero algo es algo) como Juan de la Cueva y Gómez. Nacido en 1829 en Ourense, inventor y poeta extravagante (estirpe que comparte con el francés Charles Cros), De la Coba pudo jactarse de tres hallazgos sin par: el “trampitán” (suerte de idioma privado y surrealista avant la lettre), el “pirandargallo” (un paraguas gigante que debía instalarse en el Polo Norte para evitar, de este modo, que lloviera en el planeta Tierra) y un aparato volador, especie de globo aerostático sobre cuyo nombre los historiadores no acaban de ponerse de acuerdo.


Según el escritor José María Merino, que le dedicó un texto en su admirable libro acerca de las “Leyendas españolas de todos los tiempos” (2000), don Juan de la Coba era también aficionado a la escultura. Talló varias figuras de santos para las iglesias de su comarca y la más famosa de todas fue, dice Merino, “un san Roque en el que el artista, por falta de madera, tiempo o ganas, o por mera provisionalidad, talló el perro del santo aprovechando el volumen y la forma de un gran nabo”. Desde luego, el perro-nabo fue encogiéndose con el paso del tiempo y con la humedad, que en Galicia es abundante. Muchos quisieron ver en este encogimiento la señal de un milagro.

Lo más parecido a un milagro en la carrera literaria de Juan de la Coba, poco trascendente por lo demás, fue la invención del “trampitán”. No fue el único escritor en dar a luz un “idiolecto privado¨o un idioma hecho de “otras palabras” que invita al lector a sacar sus propias interpretaciones de cada vocablo. Está el “jabberwocky” de Lewis Carroll; están las “jitanjáforas” del mexicano Alfonso Reyes y está, incluso, la canción “Serú Girán” de Charly García (“cosmigonón, gisofanía…”). Uno de los casos más populares es el capítulo 68 de “Rayuela”, escrito en "glíglico", término inventado por el propio Julio Cortázar: "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos exasperantes". Una diferencia importante, sin embargo, es que mientras el “glíglico” sugiere una intención (casi todos los lectores del capítulo 68 comprenden o deducen que se trata de un encuentro amoroso), el “trampitán” parece exento de toda intención comunicativa. Es un lenguaje puramente musical.

Al principio De la Coba introducía unas pocas palabras inventadas (“los prados de la julepa”, “el valle del verramoto”), pero luego ideó una ópera de un acto, llamada desde luego “La Trampitana”, enteramente escrita en su nuevo idioma: “Lotun to vero celo verida” puede leerse, entre frases por el estilo. Lo peculiar es que la obra venía acompañada de una traducción, puede que a cargo del propio don Juan. Aquella frase era volcada al castellano como “Siempre te quise, dulce querida”

De la Coba murió en 1899, también en Ourense. El inmovilismo parece haber signado su vida: así como el “trampitán” es un idioma que no conduce a ninguna parte y cuya finalidad se agota en sí mismo, su globo aerostático postulaba una suerte de viaje quieto.
En efecto, el escritor Manuel Rivas ha contado que el singular aerostático de Juan de la Cueva se elevaba pero no se movía, de modo que el pasajero no viajaba a otro lugar, sino que ese otro lugar debía supuestamente viajar hacia el pasajero. En determinada ocasión, escribe Rivas, “Juan de la Cueva se subió al globo en Ourense, y se mantuvo estático porque quería ir a Ceilán, para hablar en trampitán, pero Ceilán nunca pasó por Ourense”.

Poco antes de morir, en 1895, Juan de la Coba mandó a imprimir una de sus obras dramáticas (muchas permanecen inéditas, muchas poseen títulos como “Tretas”, “El congojo” o “Triunfando me voy”) y decidió escribir él mismo el frontispicio. Al hacerlo, dejó de lado cualquier abstracción digna del trampitán; se definió como “uno de los muy pocos mejores escritores dramáticos de España” y hasta dijo que “hay títulos y diplomas a mi favor, ocultos por infames envidiosos”.

15 agosto, 2008

Dos poemas de Joan Brossa


Apis

Un ídolo

primitivo me da

lo que una catedral

ya no me puede dar




Los bigotes

Me miro

en un espejo de mano

donde están pintados unos bigotes

y procuro que las rayas

me queden encima

del labio superior

Joan Brossa (Barcelona, 1919-1998)

14 agosto, 2008

Caballo regalado


Estaba yo en aquel momento en Canadá, y un joven inglés me contó como experiencia personal la historia del secuestro de un cadáver, bajo una nieve intensa, en un pueblo perdido de las praderas. El final era de terror puro. Para olvidar aquella historia la escribí minuciosamente y me quedó demasiado bien, demasiado equilibrada, demasiado pulida. Guardé por un tiempo el relato, no porque me disgustara especialmente, sino porque quería estar convencido. A los pocos meses tuve que sacarme una muela con ayuda de un dentista del pueblito estadounidense que hay cerca de “Naulakha”. El dentista me hizo estar un rato en la sala de espera, donde había unos ejemplares del Harper’s Magazine de los años cincuenta, todos ellos encuadernados en tomos de seiscientas páginas. Abrí un tomo y leí con la poca concentración que me dejaba la muela. Allí estaba mi cuento, idéntico hasta en el menor detalle: la tierra nevada; el cadáver helado y cubierto de pieles, en la calesa; el ventero que le ofrecía algo de beber, y así hasta llegar al horrible desenlace. Si llegaba a publicar aquello, no me habría salvado nadie de la acusación de plagio deliberado. Conclusión: en este oficio, a caballo regalado hay que mirarle hasta los pensamientos, no sea que nos atropelle y arroje al suelo.


Rudyard Kipling (“Algo de mí mismo”)

13 agosto, 2008

Carlos Pujol

En la página web de Fernando Valls, "La Nave de los Locos", entre comentarios lúcidos y datos estimulantes, he encontrado los siguientes aforismos de Carlos Pujol ("Memorándum", sobre literatura), alguien a quien desconocía hasta hoy.

Según explica Valls, Pujol es poeta, ensayista, traductor (Shakespeare, Baudelaire, Verlaine, Henry James, Proust, Simenon, entre otros muchos gigantes) y narrador.

"Durante años fue profesor de Literatura Francesa, muy querido por sus alumnos, en la Universidad de Barcelona. En la actualidad trabaja en la editorial Planeta. Estos aforismos inéditos formarán parte de un libro que publicará Pre-textos a finales de año", escribe Valls.

Los aforismos valen la pena:


Carlos Pujol

En un escritor nada más peligroso que la facilidad para escribir. Es como tener siempre la puerta abierta para tonterías improvisadas.

Lo que se pueda decir en prosa que no se diga en verso; lo que se pueda contar sin ficción que no se cuente con el disfraz de la novela.


Escribir para quien sepa leer, lo cual no significa necesariamente una minoría.


Modas. Ni inventarlas ni seguirlas.


La difícil paciencia, corregir flaubertianamente.


El arte de las pausas, lo que significa el silencio bien organizado.


Se escribe con recuerdos e imaginaciones, no con lo que se ve.


Estilo de plomo que traiciona a su autor, ni una sola frase levanta el vuelo.


El cine, hijo adulterino de la novela, da consejos de oro a su madre.


En literatura el narcisismo da malos frutos. Mirarse demasiado al espejo hace perder el mundo de vista....


El talento de un escritor se suele agotar, y en cualquier caso se estropea fácilmente.


Aburrir al lector es un síntoma de impotencia literaria.


Hay poetas que se fabrican una lengua, un esperanto personal; otros extraen de la lengua común la música que les es propia.


Las palabras se orean en la calle.


Lo decorativo y lo hermético hacen buenas migas.


Críticos. Prescindir de ellos -de nosotros- no sería ninguna catástrofe.


Lo que ha de decidirse con palabras técnicas sólo tiene interés para los técnicos.


Enséñate a ti mismo a fuerza de equivocarte (a ser posible antes de publicar).


Es posible escribir sin lectores, pero no sin pensar en el hipotético servicio que se puede prestar no se sabe a quien.


Hay que cerrar los ojos para ver mejor lo que se está escribiendo.


Decir lo máximo con recursos mínimos. O que lo parezcan.


Experimentar es fácil, conseguir que el experimento sirva para algo fuera del laboratorio es dificilísimo.


Las críticas favorables son como los chupetes para los bebés, tranquilizan y confortan.


La música de lo que se escribe. Ha de ser persuasiva, irresistible y a poder ser discreta.


Poetas. Que antes de serlo aprendan a escribir bien en prosa cosas sencillitas. Primero andar y después bailar.


Una novela mete el mundo en un frasco de cristal; el contenido adopta su forma, pero la vasija ha de ser transparente.


La indiferencia, el desdén, un misericordioso olvido nos salvan de tanta ruindad, ineptitud y estolidez como andan sueltas por ahí.


La literatura de verdad sale de lo incomprensible.


En cada lengua hay unas pautas expresivas que no son traducibles.


Un escrito cualquiera es como un poema en cuanto precisión y economía de las palabras. No está eximido de la voluntad de expresarse lo mejor posible.


La página de Fernando Valls: "La nave de los locos"


http://nalocos.blogspot.com/


12 agosto, 2008

Eterna Cadencia

Es una muy grata noticia: la librería Eterna Cadencia (de Buenos Aires, Argentina), siempre bella y repleta de libros interesantes, acaba de lanzar su propio sello editorial, con dirección general de Pablo Braun y dirección editorial de Leonora Djament.


“Editar es un modo de intervenir en los debates locales. En el solo hecho de darle una temporalidad distinta a los libros, asumir decisiones estéticas o velar por la calidad de la manufactura, se está sosteniendo un modo propio de relacionarse con las librerías, con el lector y con la lectura”, señalan en ocasión de su lanzamiento.



Los tres primeros títulos son una breve novela de Miguel Vitagliano (“Cuarteto para autos viejos”) y dos ensayos de Oscar Masotta: “Sexo y traición en Roberto Arlt” e “Introducción a la lectura de Jacques Lacan”. Anuncian, en breve, otros libros como "Frío en Alaska", de Matías Capelli (narrativa), "Fantasmas de Malvinas" de Federico Lorenz (crónica) y "1983" de Dani Yako (crónica fotográfica).

http://www.eternacadencia.com.ar/editorial.htm

10 agosto, 2008

Un escritor y sus alrededores

Artículo consagrado a "Galaxia Flaubert", publicado el domingo 3 de agosto en el diario Perfil de Buenos Aires, Argentina.



Acaba de aparecer “Galaxia Flaubert”, un libro compilado por el escritor Eduardo Berti que reúne textos –algunos de ellos hasta ahora inéditos en español– de distintas personalidades que conocieron al autor de “Madame Bovary”, e intercambiaron opiniones sobre literatura con él. Louis Bouilhet, Maxime Du Camp, Louise Colet, Charles Baudelaire, George Sand, Ivan Turgueniev son sólo algunos de ellos.


Por Hernan Arias



Por unos meses, canal Encuentro transmitió un programa sobre artistas plásticos que parecía interesante. Durante una hora, un inglés de traje y anteojos caros se movía con confianza por los pasillos de los museos delante de las obras más relevantes de la historia de la pintura, y explicaba de qué manera cada uno de estos artistas había conmocionado a sus contemporáneos y modificado radicalmente la plástica de su tiempo sin otra herramienta que su extraordinario “genio”. De acuerdo con el criterio de este crítico, los artistas se parecían a seres de otros planetas que llegaban a la Tierra con conocimientos e ideas siempre novedosas, y le daban forma a sus creaciones en absoluta soledad.


Galaxia Flaubert, el libro que acaba de publicar Editorial Adriana Hidalgo y que compila Eduardo Berti, parte de una concepción del arte y de los artistas exactamente opuesta a la de este crítico inglés: se interesa por las zonas de confluencias entre las distintas obras de una misma época, por los intercambios entre artistas, por sus acercamientos y discusiones, y por las obras en tanto resultados de estos encuentros.


En este sentido, el caso de Gustave Flaubert es particularmente interesante, ya que, como se sabe, pasó la mayor parte de su vida recluido y trabajando en su propiedad de Croisset. Pero aun así no pudo evitar –tal vez nunca se lo haya propuesto– que otros escritores y amigos ejercieran una profunda influencia sobre él, y viceversa. Galaxia Flaubert lo demuestra al reunir breves escritos y fragmentos de cuentos y novelas de 14 autores que, por distintas razones y en circunstancias diversas, conocieron a Flaubert.


Entre otros, aparecen Victor Hugo, Alfred Le Poittevin, Louis Bouilhet, Maxime Du Camp, Louise Colet, Charles Baudelaire, George Sand, Ivan Turgueniev, Emile Zola y Alphonse Daudet. Y cada uno es presentado por textos de dos o tres páginas pertenecientes a Eduardo Berti, en los que el compilador explica de qué manera estos autores conocieron a Flaubert, cómo se relacionaron con él y el modo en el que esos vínculos se fueron transformando con el paso del tiempo. En estas presentaciones, además, Berti aprovecha para anotar datos poco conocidos de la vida del autor de Madame Bovary, como cuando habla de su interés por las obras en colaboración: “Pese a su fama de insociable, pese a haber plasmado sus libros en una suerte de celda monástica, Flaubert fue un ferviente adepto de la escritura a dos voces o del double pupitre, como dicen los franceses”.


Según Henri Troyat, biógrafo de Flaubert, a los 18 años éste tenía como principales referentes literarios a Montaigne, Rabelais, Chateaubriand y Victor Hugo. Y tuvo la fortuna de llegar a conocer personalmente a uno de ellos. En el atelier del escultor James Pradier, Flaubert se encontró con el autor de Los miserables, de quien, pocos días después, escribió en una carta: “Un hombre como los demás, de figura algo fea y de aspecto bastante común. Posee unos dientes magníficos y una frente soberbia, no tiene cejas ni pestañas. Habla poco, da la impresión de controlarse, de contenerse. Es muy pulcro y un poco afectado, pero me gusta mucho el sonido de su voz”.


En su libro La tentación de lo imposible, Mario Vargas Llosa afirma que en este encuentro confluyeron el autor de “la última gran novela clásica” y el creador de “la primera gran novela moderna”. Y asegura que el aporte fundamental de Flaubert al género llegó cuando éste “mató la inocencia del narrador, introdujo una autoconciencia o conciencia culpable en el relator de la historia, la noción de que el narrador debía abolirse o justificarse artísticamente”. De esta manera se distanció del romanticismo de su maestro, de sus “excesos de escritura”, y provocó, como lo señala Berti en el Prólogo, que a partir de su obra nada fuera igual: “Los narradores juzgaron menos y observaron más; no se extendieron ya tanto en explicaciones acerca de sus personajes y los mostraron más en acción”.


Galaxia Flaubert deja en claro que esta transformación del género no puede entenderse solamente como un logro personal, sino que además debe ser interpretada como el resultado de una búsqueda colectiva. Otro escritor con el que Flaubert compartió proyectos de escritura, discusiones y hasta el célebre viaje a Oriente (entre 1849 y 1851) fue Maxime Du Camp, a quien Julian Barnes calificó como “el álter ego social” del autor de Bouvard y Pécuchet. Se conocieron cuando Flaubert había publicado apenas tres o cuatro cuentos en revistas literarias, y sus intercambios de opiniones fueron fundamentales para ambos.

Aunque los textos traducidos en este libro son un tanto desparejos, en el conjunto cobran fuerza y trazan un sucinto panorama de las distintas poéticas que convivían en Francia a mediados del siglo XIX. Pero es en los textos de presentación, escritos por el compilador, donde encontramos los datos y las referencias más interesantes sobre Flaubert, y donde se traza el mapa de relaciones que posibilitó la aparición de su obra, y que ahora nos ayuda a comprenderla.

08 agosto, 2008

Galaxia Flaubert


Por Eduardo Berti

Gustave Flaubert, que era alto (un «gigante de 1,80», para los parámetros de su época) y con los años se volvió obeso (un «oso», según su hermana Caroline), propugnó con éxito la invisibilidad del autor y del narrador. También lo hizo fuera de su obra, en la esfera social, a tal punto que fue tenido por muchos como un misántropo.

Pese a su fama de insociable, pese a haber plasmado sus libros en una suerte de celda monástica, Flaubert fue un ferviente adepto de la escritura a dos voces o del «double pupitre». Escribió en colaboración con Louis Bouilhet, con Maxime Du Camp y con el Conde d’Osmoy, y faltó poco para que también lo hiciera con Alfred Le Poittevin o Guy de Maupassant.

Los biógrafos coinciden en que hubo dos momentos en que Flaubert salió, más que nunca, de su vida de clausura: 1) en ocasión de su viaje por Oriente, entre 1849 y 1851 («el acontecimiento central de su vida», a juicio de Henry James) ; 2) tras la publicación de Madame Bovary, durante un período que a grandes rasgos abarcó de 1857 a 1865 y marcó su ingreso en el mundillo literario.

En sus últimos años volvió a replegarse, es sabido, pero ya se había formado por entonces un heterogéneo círculo de discípulos y admiradores, de modo tal que, en ocasiones, el imponente Flaubert (prematuramente envejecido, según todos los testimonios) asistía, por ejemplo, a las Soirées de Médan que animaban, entre otros, Emile Zola, Paul Alexis o Guy de Maupassant.

Flaubert murió en 1880 y desde entonces sus libros no dejan de constituir una referencia para autores o incluso para escuelas literarias antitéticas, ya sea en Francia como fuera de ella. El legado es vasto y parte de una multitud de imágenes que, aun contradictorias, definen al autor de Madame Bovary: el ermitaño de Croisset; el primer novelista moderno; el padre del realismo; el verdugo del romanticismo; el puente que une a Balzac con Joyce; el precursor de Proust. Podría añadirse, apelando a Henry James, que Flaubert fue «el novelista de los novelistas». O que a partir de su obra nada fue igual: los novelistas juzgaron menos y observaron más; los novelistas no desplegaron tantas extensas explicaciones acerca de sus personajes y los mostraron más en acción.

Guy de Maupassant, que llegó a conocer a Flaubert como pocos, sostuvo que su maestro tenía «horror al movimiento» y que su misantropía no era «natural», sino consecuencia de un feroz desprecio hacia la «tontería humana». Quienes integran esta galaxia encarnaron, sin dudas, una excepción a ese desprecio, lo mismo que otros amigos como Théophile Gautier, Georges Feydeau o Catulle Mendès. Por lo demás, lo mejor sea acaso citar lo que le escribiera Flaubert a Louise Colet en 1852 : «¡Qué admirable invento del diablo son los vínculos sociales!».~




Fragmento del prólogo a “Galaxia Flaubert” (Adriana Hidalgo Editoria, Buenos Aires), con selección, notas y traducciones a cargo de Eduardo Berti. El libro es una antología en torno a la figura del célebre escritor francés, en la que se recorre su vida y su obra a través de diversos textos de autores cercanos a él: desde la sombra de su ídolo Victor Hugo o de sus maestros más inmediatos Alfred Le Poittevin, hasta las páginas de algunos de sus “hijos espirituales” como Maupassant o Zola (desde el romanticismo hasta el naturalismo), pasando por sus amigos de los primeros tiempos como Louis Bouilhet o Maxime Du Camp, por sus compañeros de las tertulias literarias de la adultez como George Sand o el temible crítico Saint-Beuve, por una amante escritora como Louise Colet o por algunos de sus principales interlocutores: Charles Baudelaire, Alphonse Daudet, los hermanos Goncourt o el ruso Ivan Turgueniev. Para ello, se ha recurrido a varios textos inéditos o muy poco difundidos en lengua española. El resultado excede el primer objetivo: las obras seleccionadas pueden leerse como el retrato de una época, corazón del siglo XIX, en la que Francia se ubicó al frente de la producción y el debate literarios, o también pueden recorrerse las semblanzas de los catorce autores aquí reunidos como una impensada “comedia humana”.

06 agosto, 2008

Un año


El tiempo es puro "bertigo", no hay dudas...

Y este blog hoy tiene la osadía de cumplir un año.

Gracias a quienes suelen visitarlo.

04 agosto, 2008

Las máquinas de Da Vinci


Un aspecto característico del genio de Leonardo, que encuentro expuesto de manera brillante en un artículo de la revista “Scienze” (edición italiana de “Scientific American”) consistió en la capacidad del considerar a una máquina cualquiera, por primera vez en la historia, no como un organismo único, un prototipo irrepetible, sino como un conjunto de máquinas más simples.

Leonardo “descompone” las máquinas en elementos. En “funciones”. Así llegó a estudiar separadamente, por ejemplo, la “función” de rozamiento, y este estudio lo condujo a proyectar cojinetes con esferas y conos y hasta rodillos troncocónicos que, en efecto, se han fabricado en época reciente, para el funcionamiento de los giroscopios indispensables en la navegación aérea.

En estudios semejantes, Leonardo lograba incluso divertirse. Se ha descubierto hace poco un dibujo suyo que representa una invención burlesca: un “amortiguador para frenar la caída de un hombre desde lo alto”. Allí se ve al hombre que cae, no se sabe de dónde, frenado por un sistema de cuñas conectadas entre sí y, en el punto final de la caída, por un fardo de lana, cuya resistencia al choque es controlada y medida por una última cuña. Es probable que también haya que atribuir a Leonardo, por lo tanto, la invención de las “máquinas inútiles”, construidas por puro juego, para realizar una fantasia, diseñadas con una sonrisa…

Gianni Rodari, “Gramática de la fantasía”

03 agosto, 2008

Hombres y perros

Hablamos de hombres que tienen perros, pero podríamos hablar más expresamente de perros que tienen hombres. Conozco un dogo en una humilde esquina de Hammersmith que tiene un hombre. Lo tiene en un patio y lo obliga a concurrir a las tabernas y a apostar por él, a apoyarse en los postes y mirarlo, a ignorar su trabajo; y lo mantiene bajo rígida coacción. Otra vez conocí a un foxterrier que tenía un caballero: un señor educado en Oxford, nada menos. El perro tenía al señor sólo para su glorificación, y el señor no hablaba de otra cosa que no fuera su foxterrier.


Charles Dickens: “Barrios humildes”

01 agosto, 2008

Qin Shi Huang, enemigo del pasado



Por Eduardo Berti


El primer emperador chino se llamó Qin Shi Huang. En realidad empezó reinando como monarca de Qin con apenas 13 años de edad, en el 246 antes de Cristo, pero de a poco fue conquistando y anexando los territorios vecinos hasta que en el 221 a.C. se erigió emperador hegemónico y unificó China por primera vez, no sólo geográficamente sino también en lo legal, lo monetario, lo politico y lo lingüístico.

Su reinado significó una ruptura total con el pasado. Asesorado por su ministro Li Si, y a fin de lograr una óptima administración, dividió el país en 36 provincias dirigidas cada una por tres gobernadores (un civil, un militar y un tercero para mediar entre ellos); mandó construir una red de caminos terrestres y vías fluviales más extensa que la del imperio romano; unificó la escritura china (los nuevos caracteres fueron tallados en todas partes, hasta en las laderas de algunas montañas); dio los primeros pasos en la construcción de lo que después se conocería como la Gran Muralla, y convirtió la filosofía legalista en doctrina oficial del imperio.




Todo esto habría bastado para que entrase en la historia, pero otro episodio en particular fue también sinónimo de su reinado: en el 213 a.C. Qin Shi Huang firmó un decreto que autorizó la quema de libros más grande que se conociera antes de la extinción de la biblioteca de Alejandría o de la quema de libros en la Alemania nazi.

El decreto de Qin Shi Huang obligó a sacrificar todas las obras literarias, históricas y filosóficas (particularmente las confucianas), aunque salvo del fuego a muchos tratados científicos y, por suerte, ordenó que se conservara un ejemplar de cada obra quemada, el cual sólo podía ser consultado por alto mandos del gobierno. La tradición y el pasado quedaron así prohibidos bajo pena de muerte. Se ha llegado a afirmar que 460 sabios que desacataron la orden fueron enterrados hasta el cuello y decapitados, y el famoso sinólogo Herbert Giles ha escrito que quienes ocultaron libros destinados a la hoguera terminaron marcados con un hierro candente y condenados a construir, hasta el día de su muerte, la famosa muralla. Corre también la leyenda de que el Cielo se enfadó tanto con el emperador que dejó caer una piedra grabada con unas frases amenazadoras.

Jorge Luis Borges sostuvo en 1950, en un texto titulado “La murallas y los libros”, que el primer emperador chino --a quien él denomina Shih Huang Ti-- deseaba abolir el pasado para que “la historia comenzara con él”. Quemar libros y erigir fortificaciones parece tarea propia de los príncipes, pero Borges aventuró que en el caso de Qin Shi Huang, dada la colosal escala de ambas empresas, el incendio de las bibliotecas y la edificación de la muralla fueron operaciones que de modo secreto se anulaban entre sí.

En cierto sentido, Qin Shi Huang salió victorioso porque la historia de China, como tal, empieza con él; pero fracasó en su sueño de fundar una dinastía que gobernara por siglos y siglos. Un par de años después de la quema de los libros, y mientras hacía un viaje por la China oriental en busca del secreto de la inmortalidad, Qin Shi Huang bebió un brebaje que (por error o no) tenía veneno y murió de forma inmediata.


Al morir, se hallaba a dos meses de viaje de la capital Xiangyang. El primer ministro Li Si temió que el anuncio de su fallecimiento causara una rebelión, por lo tanto decidió ocultar la noticia (incluso a los integrantes del cortejo imperial) hasta haber regresado a la capital. El viaje de retorno fue una obra maestra del engaño: Li Si entraba cada tanto en la diligencia donde estaba el cadáver y aseguraba a todo el mundo que discutía con el emperador asuntos de estado; y cuando el cuerpo de Qin Shi Huang empezó a descomponerse, solicitó que un carro lleno de pescado pasara justo antes del arribo de la diligencia del emperador y que otro, también con pescado, pasara justo después para tapar el olor. Ya en Xiangyang, Li Si obligó al hijo mayor (Fusu) a suicidarse y proclamó segundo emperador (Qin Er Shi) a su otro hijo: Huhai.~