30 mayo, 2008

La mujer del armario


TOKIO (AFP, 29/5/08) - Intrigado por la misteriosa desaparición de alimentos de su frigorífico, un japonés se llevó la sorpresa de descubrir a una mujer que vivía en un armario de su casa desde hacía meses.

El hombre, un soltero de 57 años, había decidido instalar una cámara de seguridad en su casa, en la localidad de Fukuoka (oeste), para descubrir el motivo de la desaparición de comida de su cocina.

Y llamó a la policía cuando vio en las imágenes a una mujer que se paseaba por su domicilio en su ausencia.

"Registramos la vivienda y descubrimos a la mujer instalada en un armario", explicó un portavoz de la policía de Fukuoka.

La mujer, Tatsuko Horikawa de 58 años, vivía escondida en la parte superior de un armario, lo suficientemente grande para albergar a una persona acostada, donde había instalado un colchón y varias botellas de agua.

La mujer "explicó a los investigadores que no tenía dónde vivir. Parece que vivió aquí durante un año, aunque no todo el tiempo", declaró el portavoz.

La mujer fue detenida y la policía sospecha que pudo haber instalado escondrijos en los armarios de otras viviendas del barrio.

29 mayo, 2008

Eleanor Marx, hija de Karl


Por Eduardo Berti



Karl Marx no era visto como un buen candidato y sólo pudo casarse con Jenny von Westphalen, amiga de la niñez e hija de aristócratas, tras la muerte de los padres de ella. El matrimonio pasó penurias económicas y su sueño de tener hijos fue complicado: Heinrich y Francisca Marx murieron antes de cumplir un año (puede que a causa de la pobreza) y Marx debió pedir dos libras prestadas para el entierro de esta última; Edgar Marx murió a los ocho años y, a pesar de su corta edad, se le atribuyó la muy dudosa autoría de un texto que reza: "En un momento pensé decirle a mi padre que dejara de luchar por los intereses del proletariado, porque lo único que conseguía con ello era que nuestra vida, la de la familia Marx, fuese cada día más incierta, miserable y enfermiza.”

Más longevos, pero no menos trágicos, fueron los casos de Laura Marx, nacida en 1845, y de Eleanor Marx, que nació en Londres diez años más tarde y se desempeñó como secretaria de su padre, antes de ejercer la docencia, fundar la Liga Socialista, convertirse en activista sindical y preparar la edición inglesa de “Das Kapital”.

ELEANOR MARX


En 1884, un año después de la muerte de Karl, Eleanor se enamoró del médico Edward Aveling, reputado anatomista y autor del libro “The Religious Views of Charles Darwin”, donde afirmaba que Darwin, a quien conoció personalmente, era ateo. Mujeriego empedernido, Aveling estaba legalmente casado con Isabel Frank y había tenido, si no seguía teniendo, lazos amorosos con la escritora Annie Wood Besant.

Edward y Eleanor vivieron juntos, escribieron a dúo “The Woman Question” (1886) y viajaron a Estados Unidos, donde ayudaron a organizar el Socialist Party of America. Con el tiempo se distanciaron de la política y se volcaron al teatro: él escribió algunas piezas y cuatro llegaron a estrenarse sin mucho éxito; en conjunto montaron una versión de “Casa de muñecas”, de Ibsen, autor que ella admiraba y del que tradujo varias obras; Eleanor también volcó al inglés “Madame Bovary”, de Flaubert.

EDWARD AVELING


En 1895 Aveling cayó muy enfermo y Eleanor pasó meses a su lado. No obstante, apenas recuperado, él inició un romance con una actriz de 22 años llamada Eva Frye. La cosa se recompuso, unos murmuran que gracias a un dinero que Eleanor recibió de Friedrich Engels y que atrajo a Aveling, sumido por entonces en grandes deudas. Pero al cabo de tres años Aveling empeoró, debió ser operado de urgencia y le confesó a Eleanor que se había casado con Eva Frye en secreto, bajo un nombre falso, y que en adelante viviría con su nueva esposa. Desde luego, Eleanor se sintió traicionada. El 31 de marzo se envenenó con ácido prúsico y su suicidio conmovió al socialismo internacional. Meses después, en agosto, Aveling murió: acaso se quitó la vida o su salud terminó de deteriorarse. En su biografía de Eleanor, Yvonne Kapp no afima con certeza que el suicidio de la hija de Marx se debiera a su desengaño amoroso. Otros historiadores piensan que sí.

¿Quizá la doble vida de Aveling le dolió especialmente a Eleanor Marx porque allí vio repetirse la historia de su padre con Helene Demuth, la fiel sirviente de la familia Marx que diera a luz un niño varón cuyo padre seguramente fue Karl, pese a que el fiel amigo Engels salió en su momento a reconocerlo? No es raro que ciertos hechos y ciertas fechas se repitan en las familias. El mismo Karl que no había obtenido la aprobación de los padres de Jenny, rechazó al periodista francés Hippolyte Lissagaray cuando, allá por 1872, Eleanor quiso casarse con él. Ella sólo tenía 17 años y era apodada "Tussy"; él tenía el doble de edad.

En cuanto a Laura Marx, repitió el desenlace de su hermana menor y se suicidó en 1911 junto con su esposo Paul Lafargue, autor de una obra llamada “Elogio de la pereza” donde postulaba jornadas laborales de tres horas y por lo tanto, según ciertos teóricos, impugnaba uno de los valores centrales del marxismo: el trabajo. “Al día siguiente de la revolución habrá que pensar en divertirse”, había escrito Lafargue, deseoso de fusionar marxismo con hedonismo.~

28 mayo, 2008

El secreto

Había un inglés rico, de noble familia y muy respetado, que vivía solo en su casa de Mayfair. Un día, cuando salía de casa y se preparaba para subir a su carruaje, un hombre joven, de aspecto equívoco, salió de entre la niebla y le dijo bruscamente: "¡Yo conozco su secreto!". El hombre rico enrojeció y bajó la cabeza sin responder. Suspiró y condujo al joven adentro, a una salita de la casa. Una vez allí le preguntó qué es lo que deseaba. El joven fijó una cifra y aseguró que pasaría cada tres meses a cobrar su pensión. Su víctima no discutió. Pasaron diez años. El joven equívoco seguía visitando regularmente a su involuntario benefactor. Los encuentros transcurrían siempre en silencio. Pero una mañana de invierno el mayordomo negó al aventurero la entrada a la residencia. "Milord se está muriendo”, le dijo. “No puede recibir a nadie." El otro no hizo caso y entró en la habitación del moribundo. Éste, al verle, giró la cabeza y de repente su cara se iluminó: "Y ahora”, le espetó, “¡dígame cuál es mi secreto!" ~


EDMOND JALOUX


Edgardo Cozarinsky me ha enviado esta pequeña perla: una historia que, según parece, Oscar Wilde le contó a un grupo de amigos y Reggie Turner repitió a su vez ante Edmond Jaloux, quien la consigna en sus memorias.

27 mayo, 2008

Una revolución


Es bien sabido que Gutenberg inventó la imprenta con caracteres móviles a mediados del siglo XV y con ella revolucionó el saber y la historia de los libros.

Menos se sabe sobre las cifras concretas de esa revolución. Se estima que en los primeros cincuenta años (es decir, hasta alrededor de 1500) unas 300 ciudades europeas pasaron a contar con talleres para la impresión de libros.

Por otra parte se calcula que entre 1450 y 1500 se publicaron más de 300 mil títulos en las imprentas europeas. Eso no es nada comparado con el verdadero estallido, que se produjo en el siglo XVI. Según los historiadores, se llegaron a editar en ese lapso entre 150 mil y 200 mil títulos y el volumen total de ejemplares impresos puede haber superdado el de 150 millones de ejemplares.

25 mayo, 2008

El juego de las versiones


Tras la edición argentina y la edición colombiana, ha aparecido ahora (con una cubierta diferente) la edición española de mi última novela “La sombra del púgil”.



Por otra parte, la siguiente es una entrevista efectuada por Augusto Munaro para el diario “La capital” de Rosario y publicada allí, en una versión más extensa, el pasado 18 de mayo de 2008.

El juego de las versiones

Por Augusto Munaro

Eduardo Berti (1964) es uno de los escritores argentinos más prolíficos de su generación. Su versatilidad como cuentista, antólogo, traductor, novelista y recientemente editor lo convierte en un autor muy activo y personal. Escribió dos tomos de cuentos —“Los pájaros” y “La vida imposible”—, pero ha sido el género novelístico el que mejor repercusión ha alcanzado en la crítica argentina y europea. Sus novelas “Agua”, “La mujer de Wakefield” y “Todos los Funes” le han valido premios y, lo que es más importante aún, la oportunidad de ser traducido a numerosos idiomas y leído por otros públicos.

“La sombra del púgil” (Norma) es su cuarta y última novela. En ella, Berti nos revela su fascinación por el relato múltiple, su capacidad por explorar las técnicas narrativas con el fin de escribir con claridad una historia desbordante y compleja. Un matrimonio y sus tres hijos, el mundo boxístico, la amistad, el juego de la memoria, el relativismo de una historia abordada desde varias miradas representan y solidifican los fundamentos de una obra que revela la preocupación de su autor por indagar e innovar las posibilidades del género novelístico.


—Como acontece con sus anteriores novelas, “La sombra del púgil” es disímil a todo lo que haya escrito hasta el presente. ¿Cuáles fueron los mayores desafíos que debió afrontar al escribir la novela?


—Bueno, justamente ése es el primer gran desafío: tratar de no repetirse o, al menos, de entablar variaciones en torno a ciertas obsesiones que irremediablemente llaman a la puerta. Me gusta pensar que estoy escribiendo una novela que no sé si soy capaz de escribir. "Me gusta" es una manera de decir, porque esa incertidumbre no excluye momentos de angustia, claro. Como punto de partida, me planteé algunas cosas: plasmar una historia totalmente ambientada en Buenos Aires, luego de haber ambientado mis novelas anteriores en Inglaterra o Portugal o Francia; no incurrir de nuevo en un narrador en tercera persona y no partir de ningún juego de intertextualidad, si bien se puede afirmar que “La sombra del púgil” es por momentos una novela autoconsciente, pero eso es otra cosa.


Ultimamente varios escritores nacionales han publicado novelas donde se mezclan la ficción en primera persona y la autobiografía. ¿Cuán autobiográfico cree que sea su libro?

—Los escritores solemos "reelaborar" a partir de experiencias propias o cercanas. Armamos un personaje combinando rasgos de personas que frecuentamos, nos preguntamos qué habría sido de nuestra vida o de la vida de Fulano si en lugar de haber tomado tal decisión hubiese tomado tal otra en determinado momento. Fantasías e hipótesis por el estilo. En todas mis novelas he trabajado de este modo: el personaje Funes está basado en mi padre, por ejemplo. Es cierto, sin embargo, que en “La sombra...” muchas cosas son más palpables que en mis novelas anteriores: los tres hermanos —los narradores— son mis contemporáneos y buena parte de sus recuerdos o vivencias son las de mi generación. Pero, ante todo, apoyé casi toda la trama sobre datos de mi familia y de la familia de mi mujer: inventé una especie de monstruo combinando libremente elementos de las dos familias (elementos reales y no tanto), a los que a la vez alteré sin ningún prurito en beneficio de lo que iba pidiendo la lógica novelesca.


—Uno de los tantos aspectos originales de “La sombra del púgil” es su modo de experimentar los tiempos narrativos. La forma en que entrecruza el pasado y el presente con el fin de contar la historia. Un relato que no se cierra sino que se expande a través de las distintas épocas, como ocurre al percibir la realidad misma. ¿Podría considerarse el libro como una posible teoría de la narración?


—No tengo todas las cosas totalmente claras o preestablecidas antes de ponerme a escribir una novela. Muchas cosas las voy descubriendo a medida que avanzo, y no siempre escribo todo en riguroso orden cronológico. También me pasa que pienso tomar un rumbo pero, en el medio, advierto que otro camino es mejor. Lo que sí suelo tener bastante en claro es la trama básica, un inicio y un final, un "tono", una perspectiva (que tiene que ver con quién narra y cómo) y la "forma" de la novela. Con esto último me refiero al aspecto formal: en “La mujer de Wakefield”, por ejemplo, trabajé con una serie de capítulos muy breves; en "Todos los Funes" superpuse realidad y sueño, presente y pasado. Un elemento clave en “La sombra del púgil”, creo yo, es el juego de las versiones: no hay una historia definitiva, sino un cúmulo de versiones alrededor de dos historias centrales (la de amor, la "deportiva"). Esto impuso una forma, la de los relatos que se van complementando. Y esto bien puede haber suscitado lo que llamás "teoría".~

23 mayo, 2008

Fábulas de Leone B. Alberti

Cuatro pequeñas fábulas de Leone Battista Alberti (1404-1472), incluidas en su libro "Apologhi Centum".






1.

Un vanidoso, frustrado porque su imagen en el espejo nolo había saludado, se enfureció y lo miró con insolencia,pero como la imagen respondió haciendo lo mismo golpeócon fuerza el espejo y lo destrozó. Tras ello se sintió afligido de haber multiplicado la cantidad de hombres que le hacían burla.



2.

Un náufrago acusó de hurto al Océano y probó su culpabilidad delante de la Justicia. “Ven a visitarme –respondió el Océano–,no impediré que recuperes tus cosas cuando quieras.”


3.

Una flauta estaba obturada por el polvo. “Nosotros, los poetas –dijo–, no cantamos cuando estamos con la panza llena.”


4.

Un emperador depositó en un templo, con los más grandeshonores, la flecha que había matado al rey de los enemigos. El arco se lamentó: él era el principal artífice de la hazaña y nadie le rendía homenaje.

22 mayo, 2008

Fábulas sin moraleja

Por Eduardo Berti

De no haber existido Leonardo Da Vinci, es probable que Leone Battista Alberti hubiese ocupado su lugar como estereotipo de hombre del Renacimiento. Nacido en Génova, en 1404, muerto en Roma, en 1472 (cuando Leonardo tenía apenas 20 años), Alberti fue principalmente arquitecto, matemático y poeta, aunque también supo desempeñarse como arqueólogo, lingüista, músico y filósofo.



Alberti hizo aportes fundamentales a las artes plásticas y a la arquitectura: analizó las proporciones del cuerpo humano, definió las leyes de la perspectiva y estableció los cánones de la arquitectura moderna. También plasmó tratados sobre la familia, la lengua, el amor o las matemáticas. En paralelo, desde muy joven se consagró a la literatura: escribió una comedia autobiográfica y una novela satírica, ambas en latín, además de una suerte de elegía en broma en memoria de su perro muerto y varios elogios en la tradición del “Elogio de la mosca”, de Luciano.
En la vasta obra literaria de Alberti destacan, como perlas raras, las pequeñas fábulas sin moraleja llamadas “Apologhi centum” (Cien apólogos), muy poco conocidas por los lectores de lengua española. Según lo quiere la leyenda, estas cien microfábulas fueron escritas bajo el influjo de la fiebre en apenas una semana, entre el 16 y el 24 de diciembre de 1437.



El modelo para las fábulas de Alberti parece haber sido Esopo, a quien está dedicado el libro. Dos especialistas en literatura medieval y en la obra de Alberti (David Marsh y Consolación Baranda) han afirmado que, si bien el género de la fábula gozó de enorme popularidad durante la Edad Media, la traducción al latín de la obra de Esopo (publicada en Verona hacia 1479) fue determinante para que algunos humanistas empezaran a redactar nuevos apólogos en prosa. El primero de ellos fue Alberti (aunque sus “Apologhi centum” datan de antes de esta traducción) y otros siguieron sus pasos: Bernardino Baldi, Marsilio Ficino, el mismísimo Leonardo Da Vinci (cuyas fábulas siguen causando sorpresa) y especialmente Bartolomeo Scala, autor de apólogos inspirados en los de Alberti.



Desde tiempos antiguos existen, a muy grandes rasgos, dos clases de fábula: las fábulas apólogas y las fábulas milesias. Las primeras apuntan a alguna enseñanza, casi siempre moral; las segundas (así llamadas a partir de Arístides de Mileto) suelen definirse mediante dos rasgos centrales: buscan “divertir” al lector en vez de dejar una moraleja, y su contenido es más bien “licencioso” (cuando no erótico), como en el caso del “Asno de oro” de Apuleyo.



La originalidad de Alberti es tal que sus fábulas burlan ambas categorías y se ubican en una zona intermedia, más cercana a lo que hoy se entiende como “fábula sin moral”. Son “milesias”, podríamos decir, no por su tono subido sino porque a menudo eluden la moraleja o no la explicitan como era la regla en aquellos tiempos.



En un breve prólogo a sus "Apologhi centum", el propio Alberti admite que algunas de sus fábulas plantean un mensaje “ambiguo” y que por ello conviene leerlas más de una vez, aunque esto pueda causar “gran fastidio.



Lo que hace Alberti con la fábula no es tan distinto de lo que ocurrirá siglos después con el género del aforismo, el cual de un uso próximo a la máxima “apóloga” (Pascal, Montaigne) pasará (con Lichtenberg, Karl Kraus, Alphonse Allais o Gómez de la Serna) a un empleo cada vez más lúdico, apartado de la intención didáctica. Escritas hace más de 500 años, las fábulas de Alberti poseen elementos asombrosamente actuales, que las vinculan con el arte de las “fábulas sin moral” que en el siglo XX supieron cultivar Kafka, Ambrose Bierce o Italo Svevo, entre otros. Igual de actual es esta frase que se le adjudica a Alberti: “Los buenos libros son aquellos que el lector escribe a medias”.

Este texto fue publicado, en una versión un poco más extensa, el pasado fin de semana en el suplemento “Radar” del diario “Página/12”, de Buenos Aires, Argentina. Algunos ejemplos de las fábulas de Alberti, mañana en este mismo blog.

20 mayo, 2008

Pensamientos de Voltaire


El honor es una mezcla natural de respeto por los demás y por uno mismo.


Los gramáticos son para los escritores lo que un luthier es para un músico.


¿Todos los siglos se parecen? No, como tampoco se parecen las diferentes edades del hombre. Hubo siglos de salud y siglos de enfermedad.


Cromwell decía que nunca se va tan lejos como cuando se ignora adonde se va.


El infeliz que se cree famoso haya un buen consuelo.


La imaginación galopa; el pensamiento juicioso avanza paso a paso.


Extractos de “Pensées, remarques et observations” de Voltaire
(Traducción de Eduardo Berti)

19 mayo, 2008

El padre de un asesino


Por Eduardo Berti

Cuando Alfred Andersch era niño, allá por 1928, fue a un colegio de Múnich cuyo director o "rex" era "el viejo Himmler", padre del futuro dirigente nazi y mano derecha de Hitler. El hecho es evocado en este relato, aunque no en clave autobiográfica, sino a través de una especie de álter ego llamado Franz Kien. La autobiografía tradicional "no permite que el narrador se distancie demasiado", apunta Andersch en un jugoso "Epílogo para el lector", incluido en esta edición. "Contar algo en tercera persona permite al escritor ser muchísimo más sincero" y, añadamos en este caso puntual, concentrar más la intensidad ya que no todo lo que ocurre en el relato fue experimentado de forma directa por el autor (pero sí lo será por Kien).

La estructura del texto es engañosamente simple: como en una escena teatral, casi todo sucede en orden cronológico durante una hora de clase de griego. Para sorpresa de los alumnos y también del profesor Kandlbinder, el "rex" efectúa una visita de inspección. El profesor hace, a juicio de Kien, una jugada incorrecta y sacrifica a su mejor alumno en la primera movida. Pero Himmler tiene otros planes y está muy bien informado de los puntos débiles de la clase, de los malos alumnos, de los conflictivos. A diferencia de otras obras donde los recuerdos escolares son expuestos con conocimiento de futuro (“The Prime of Miss Jean Brodie”, de Muriel Spark es un caso paradigmático), los hechos aquí están contados como si se ignorase el devenir, renunciado a cualquier pista de lo que ocurrió después. Semejante devenir (la guerra, el nazismo, el holocausto) parece negarse a quedar afuera y hace fuerza para colarse desde el epílogo, desde el texto de contratapa o, con deliberación por parte de Andersch, desde la palabra "asesino" del título. Aparte de esto, es el lector quien "conoce el futuro", por retomar la idea de Carlos Fuentes; por eso mismo la estrategia narrativa logra suscitar un efecto tan perturbador.


Técnicamente, Andersch logra potenciar la sensación de presente absoluto intercalando al narrador en tercera persona (sólo focalizado en su álter ego ya que los demás personajes, como indica en su epílogo, son "puros objetos de observación") diversas reflexiones de Kien, muchas de ellas volcadas en estilo directo, en primera persona: "Está enmistado mortalmente con su hijo. El viejo Himmler es del partido conservador bávaro [ ] y ni siquiera es antisemita". Con sutileza parecida, Andersch rompe dos veces la linealidad: por la mitad, cuando el narrador recuerda ciertas historias acerca del "rex" que le contó su padre, un oficial en la última guerra ("última" y no "primera", porque se ignora el futuro) y simpatizante del nacionalismo alemán; al final, cuando tras una elipsis la acción da un salto temporal a la casa paterna, aunque no de una sola vez, sino mediante un flashforward , un flashback al aula y otro flashforward más.


Andersch sostuvo que no había escrito este relato para explicar que el viejo Himmler estaba predestinado a ser el padre del joven, ni tampoco lo contrario: que un criminal debía nacer de semejante padre. El lector no tardará en notar un gran sadismo en el "viejo Himmler", una indignante humillación en la escena y una temerosa pasividad en todos quienes rodean al "rex"; nada más tentador que entablar paralelismos históricos a partir de estos elementos. Lo que, en cambio, parece intencional es cierta identificación entre Franz Kien y el profesor de griego. El segundo, a diferencia de sus colegas, no se ha buscado un preferido ni un alumno al que no pueda ver; "quiere mantenerse al margen de todo", piensa Franz de él. En cuanto a Kien, no tiene ningún amigo íntimo entre sus compañeros.


"El padre de un asesino" fue publicado tras la muerte de Andersch, en 1980, y se vincula a su modo con otros libros suyos que se tradujeron años atrás: esa novela llamada "Efraim" (para W. G. Sebald una obra "usurpadora", porque un autor no judío pretendía "sacar provecho" del tema de la Shoah), esos cuentos inquietantes y al borde de lo fantástico que integran "Un amante de la penumbra" (ambos libros fueron publicados en los ochenta por Centro Editor de América Latina). Con indisimulada preocupación, Andersch observa en su epílogo que el asesino, Himmler hijo, no creció entre los hombres del proletariado más bajo, sino en una familia burguesa de fina educación humanística. "¿El humanismo, pues, no protege de nada?", es la pregunta que invita a una lectura de esta historia maravillosamente escrita.~

Comentario de “El padre de un asesino”, de Alfred Andersch (Norma), publicado el pasado sábado 17 de mayo de 2008, en ADN Cultura, La Nación, Buenos Aires, Argentina.

14 mayo, 2008

Manuel Peyrou



Si Borges tuvo dos amigos íntimos, estos fueron los escritores Adolfo Bioy Casares y Manuel Peyrou, aunque con cada cual mantuvo un vínculo distinto: Bioy era el amigo de menor edad, mientras que Peyrou era el mayor; con Bioy se trataba de una amistad a la inglesa, que excluía las confidencias; con Peyrou, en cambio, incluyó confesiones más personales. A tal punto que , cuando buscó la ayuda de un psicoanalista, según reveló Estela Canto, fue Peyrou quien se lo recomendó.

“Era un hombre muy reservado, pero aceptaba y alentaba las confidencias”, dijo Borges de él. “Creo que fue una de las pocas personas a quien me atreví a hacérselas.”

La relación empezó cuando fueron presentados en una reunión de escritores en un bar alemán de la calle Corrientes. Se acompañaron de regreso en ésta y otras reiteradas ocasiones (las casas de uno y otro quedaban a pocas cuadras), mientras recitaban versos de Jules Lafforgue. Pronto supieron que sus respectivos padres se habían conocido en la Universidad de Buenos Aires, donde ambos se graduaron de abogados en 1897, junto con Macedonio Fernández.

Tras la muerte de su amigo en 1974, Borges escribió el poema «Manuel Peyrou», incluido luego en Historia de la noche:


Suyo fue el ejercicio generoso
de la amistad genial. Era el hermano
a quien podemos, en la hora adversa,
confiarle todo o, sin decirle nada,
dejarle adivinar lo que no quiere
confesar el orgullo

13 mayo, 2008

Oscar Peyrou



Óscar Peyrou es argentino, escribe interesantes cuentos breves y vive desde hace un tiempo en Madrid, donde ha publicado varios libros como "Máscaras de polvo" (Verbum, 1992).
Es también el sobrino de Manuel Peyrou, uno de los mejores amigos de Borges, y fue el responsable de una reciente reedición de un volumen de cuentos de su tío: "La espada dormida y otros cuentos" (Losada, 2003).


CONVERSACIÓN


Estuvimos hablando un rato. Era inteligentísimo. Estaba de acuerdo conmigo en todo. Al despedirnos, le dije: --Fue una conversación muy interesante. Aprendí mucho escuchándome.


MI PADRE EN UN AVIÓN


Encontré a mi padre en un avión. Volaba de Chicago a París. Creo que él no me vio. Yo había terminado el desayuno y faltaba poco para llegar. Acababa de amanecer. Por las ventanillas de la izquierda entraba un resplandor frío y opaco, como el reflejo de un espejo sucio. Me encontraba sentado junto al pasillo derecho. Por el lado opuesto comenzó a pasar un hombre hacia la parte trasera del avión. Primero creí que vestía alguna prenda gris, aunque -pienso ahora- tal vez sólo fuera el color del pelo. Inmediatamente después descubrí que era mi padre. Me sentí algo sorprendido de encontrarlo allí. Estaba un poco más viejo que cuando murió.


ESTRATEGIA


Cerré los ojos para que nadie me viera.



Más sobre Oscar Peyrou:


12 mayo, 2008

Lady Susan



El suplemento ADN del diario "La Nación" (Buenos Aires, Argentina) ha publicado la siguiente reseña de mi traducción de "Lady Susan", la breve novela de Jane Austen publicada por "La Compañía"



JANE AUSTEN

Por Soledad Quereilhac

"Lady Susan" es una espléndida nouvelle que exhibe, de principio a fin, todas las características de la "novela epistolar" europea de fines del siglo XVIII y principios siglo XIX, con la salvedad de que aquí no es una subjetividad romántica la que se expresa en las cartas, sino un coro de personajes de la burguesía rural inglesa, construido bajo el prisma de un fino trazo observador y con una encantadora ironía. Escrita presuntamente entre 1794 y 1805 -como señala el traductor y responsable de la edición, el escritor argentino Eduardo Berti-, Lady Susan es vista como la más lograda de sus obras escritas durante el "período de aprendizaje", aquellas que antecedieron a las luego exitosas novelas "Sensatez y sentimientos" (1811), "Orgullo y prejuicio" (1813), "Mansfield Park" (1814) y "Emma" (1816). Inédita hasta 1870, año en que su sobrino edita "Memoir of Jane Austen" y la incluye como apéndice, la nouvelle es, sin dudas, una obra menor en la producción de la autora inglesa, pero no por ello deja de ser una singular muestra de cuánta sagacidad y cuánto humor velaba detrás de sus cuadros aparentemente banales sobre las ambiciones matrimoniales e intrigas familiares de las clases acomodadas de provincia de su época.

La nouvelle abre con la carta que la inteligente y, en un punto, macabra Lady Susan Vernon le escribe a su cuñado, en la que anuncia su futura visita a su residencia en Churchill; es la carta más estratégicamente dulce e hipócrita de Susan la que se exhibe en esta esquela, cara que en realidad esconde su necesidad de ser albergada por parientes y amigos en su viudez y su consecuente debacle económica. La siguiente carta, dirigida a su amiga confidente, devela sus verdaderas intenciones. A este intercambio epistolar luego se suman las cartas que su cuñada, Catherine Vernon, intercambia con su madre y con su hermano, así como aquellas que este intercambia con Lady Susan (tras caer bajo sus "encantos"), hasta que, "en detrimento de los ingresos del correo", como señala jocosamente el texto, un narrador en tercera persona irrumpe y completa el desenlace de la historia. Tanto en las cartas como en este final narrado por una tercera persona desconocida es posible detectar la marca de una distancia irónica, de un hiato que se abre entre lo que se narra y lo que el lector percibe, que lejos de ser una intromisión o debilitar la autonomía de los personajes, logra insinuar sutiles ejercicios críticos sobre ese universo de herencias, matrimonios por conveniencia, modales, recato y virtud (además de, claro está, chismes en abundancia).

De ello resulta, por cierto, que Austen jamás caiga en tontos maniqueísmos cuando concibe a sus personajes, ni tampoco en el sentimentalismo, ya que su particular observación de perfiles y conductas está acompañado siempre de toques de leve humor y de mordacidad. En este sentido, el personaje de Lady Susan se destaca por su complejidad, y por la combinación de una innegable habilidad para seducir a los demás y para, lisa y llanamente, manipularlos, sobre todo a los hombres. Porque como ya muchos críticos han señalado, son las mujeres las que verdaderamente ostentan algo parecido al poder en estas tramas familiares y de lazos amorosos, mientras que los hombres parecen ser meros trofeos a obtener o los proveedores de la subsistencia.

La edición argentina de esta obra poco conocida de Jane Austen cuenta con el agregado, además, de una traducción cuidada, que felizmente está exenta de los giros y coloquialismos de España que tanto desencanto suelen producir en el lector vernáculo.

10 mayo, 2008

Sylvia Townsend Warner


Por Eduardo Berti

Poco conocida en Argentina, figura de considerable culto en Gran Bretaña a raíz de sus novelas "Lolly Willowes" (1926) y "Mr. Fortune´s Maggot" (1927), y de una vida que desafió las convenciones -incluyó una resonante militancia comunista y un notorio romance con la también escritora Valentine Ackland-, Sylvia Townsend Warner merece además ser presentada como poeta, como la traductora al inglés de "Contra Saint-Beuve", de Marcel Proust, y como una cuentista magistral. Nacida en 1893, hija de un profesor de historia, Townsend Warner colaboró con la revista New Yorker desde mayo de 1936 hasta su muerte en 1978. En todo ese tiempo trabó amistad con el editor y narrador William Maxwell y llegó a publicar más de 150 cuentos. De semejante cosecha, la editorial Lumen ha seleccionado once relatos, reunidos bajo un título nada fácil de memorizar: "Mi padre, mi madre, lord Bentley, el caniche, Lord Kitchener y el ratón".

Por definición -y salvo muy raras excepciones- todo volumen de cuentos es "desparejo". Claro que la irregularidad siempre tiene matices y, en este caso, ocurre que los relatos menos satisfactorios no están para nada lejos de los verdaderamente buenos ("Desagravio", "Sus apacibles vidas", "Vivir para los demás") y de los dos que, sin duda, se destacan como los mejores: "Idenborough" y "Amantes".

Sylvia Townsend Warner (y no Silvia, como informa por error la tapa) escribió "Amantes" en 1963. Un clima siniestro (entendiendo como "siniestro" lo extraño en un contexto familiar) atraviesa este cuento que trata la historia de dos hermanos incestuosos. Celia Tizard, que ha perdido en el frente a su joven y flamante esposo Tim, recibe a su hermano Justin de "permiso" después de una batalla. La bienvenida a Justin es tan exagerada que Warner escribe: "Era como si lo hubiese preparado todo por Tim...". Una noche, Celia se descubre de pie ante la cama de su hermano, "tratando de despertar al hombre que (...) caso de despertarlo sería Justin". Lo que sigue, aunque puede imaginarse (Warner expande hasta el límite el significado de la palabra "permiso"), conviene ser leído.

Cuento de enorme sutileza, "Idenborough" combina la "memoria involuntaria" de Proust con ese tono de epifanía nostálgica que hay, por ejemplo, en la última escena de "Los muertos", de James Joyce. La historia es simple: una mujer viaja por Inglaterra con su segundo marido y llega por accidente a un pueblo donde, según recuerda, muchos años atrás vivió una inolvidable aventura amorosa y le fue infiel a su primer esposo. "Reincidiendo en la deslealtad, ella miraba al frente, humedeciéndose los labios, impaciente por reconocer el paraje", escribe Warner, al tiempo que esconde en la manga un desenlace agudo y sorpresivo.

De todos los relatos agrupados en este volumen, "Vivir para los demás" es acaso el de mayor resonancia autobiográfica porque tiene como protagonista a un compositor, profesión que la autora estuvo a punto de abrazar en desmedro de la literatura.

Insolencia, humor y excentricidad son elementos tan propios de Warner como la bruma de misterio que a menudo envuelve los hechos o la frialdad que exhibe la voz del narrador. Leer estos cuentos es acercarse al mundo de una escritora de primer nivel, cuya flemática ironía alcanza su cumbre en una escena de "Desagravio". En ese cuento, la ex mujer de un personaje de nombre Fenton vuelve a su antiguo domicilio conyugal para, con el consentimiento de la joven "sustituta", cocinar el plato favorito de su ex esposo. Mientras la "sustituta" tiene ante sus ojos asombrados "una esposa que Fenton nunca le había descrito", la "sustituida" lamenta que los cuchillos se hayan oxidado, pero igual se pone manos a la obra. "Estará listo a las siete. Hay que dejarlo hervir a fuego lento, no a borbotones", dice una nota que encuentra Fenton al regreso del trabajo. La nota, escrita al dorso de una tarjeta de visita, es una muestra perfecta de ese tono provocador y escueto que tanto identifica a Sylvia Townsend Warner.~


(Publicado originalmente en el diario La Nación de Buenos Aires, Argentina)

08 mayo, 2008

William A. Spooner, autor de lapsus

Por Eduardo Berti

Las erratas de escritura (lapsus calami) suelen ser menos espectaculares que los llamados lapsus linguae, errores en el discurso oral. Las causas de estos lapsus orales son múltiples: desde una simple traición del inconciente hasta ciertas clases de afasia que llevan a pronunciar una palabra en vez de otra. El reverendo inglés William Archibald Spooner (1844–1930) cometía errores tan flagrantes y graciosos –al menos para los demás--, sobre todo en la transposición de las primeras sílabas o consonantes de las palabras, que esos lapsus en particular aún se denominan en Gran Bretaña “spoonerisms”. El fenómeno no es nuevo y hay casos deliberados y anteriores a Spooner como la frase que Rabelais acuñara en el siglo XVI: “Femme folle à la Messe/Femme molle à la fesse" (Mujer loca en la misa/Mujer de culo blando). Pero Spooner, según crónicas y biografías, era todo un fenómeno lingüístico que alcanzaba cumbres surrealistas, como cuando intentó decir “conquering kings” (los reyes conquistadores) y soltó “kinquering congs”.

De la vida de Spooner no hay tanto para contar. Fue ordenado sacerdote in 1875. Trabajó en el colegio de Oxford durante sesenta años. Daba clases de historia antigua, filosofía y ética artistotélica ante alumnos que luego se harían famosos como Julian Huxley o Arnold Toynbee. “Parecía un conejo”, según Toynbee; “un pequeño albino de tez rosada y una cabeza demasiado grande para su cuerpo”, llegó a describírselo. A los spoonerismos, en cambio, podría dedicárseles un libro entero. Deseando en cierta ocasión presentar a la reina Victoria como “our dear old queen”, Spooner terminó diciendo en presencia de su Majestad “our queer old dean” (nuestro exótico y viejo decano). Es muy probable que el estrés de hablar en público más lo nervios de estar ante la mismísima reina tuvieran su cuota de responsabilidad. El detalle es que Spooner, por dos de sus actividades más frecuentes (dar misa y pronunciar discursos ante el alumnado), enfrentaba muy seguido esta situación. Una vez iba a reprender a un alumno con “you have missed my history lectures” (usted faltó a mis clases de historia) pero sus labios dijeron “you have hissed my mistery lectures” (usted estuvo murmurando en mis clases de novela policial). La mismísima reina Victoria fue víctima de otro insólito lapsus cuando el reverendo, en un discurso de bienvenida, dio inicio a una frase que debía ser “I have in my bossom a half-formed wish” (albergo en mi pecho un deseo a medio fomular) y terminó siendo “a half-wormed fish” (un pescado a medio cocinar).

Como es previsible, los alumnos pronto se pusieron a inventar “spoonerismos” y, parafraseando el chiste de Les Luthiers, a hablar como el reverendo: "go and shake a tower" (vaya a sacudir una torre) en vez de “go and take a shower” (vaya a tomar una ducha). Hacia 1885, el término "spoonerism" era corriente en Oxford; quince años después se había diseminado por Inglaterra y las revistas de entretenimientos empezaron a incluir un juego llamado “spoonegrama”.

Quienes se han ocupado de retratar muy bien a Spooner y sus lapsus son el británico Roy Harrod y el escritor catalán Marius Serra en su notable libro “Verbalia, juegos de palabras y esfuerzos del ingenio literario” (Península, 2000). No sin orgullo nacional, Serra se atreve a proponer un adversario para Spooner: un tal Joan Pich i Pon (1878-1937), comisario y fugaz alcalde de Barcelona a quien se le atribuyen errores verdaderos (“radiador romano”, en lugar de “gladiador”) y otros legendarios como “la batalla de Waterpolo” (Waterloo), todos ellos hoy llamados “piquiponadas”. Sin embargo, a diferencia de Pich i Pon, Spooner era un hombre de vastísima cultura y en sus últimos años sufrió mucho por los falsos “spoonerismos” que corrían por los pasillos de Oxford. Se cuenta, incluso, que llegó a sospechar que la creciente muchedumbre en sus actos públicos se componía de cazadores de lapsus; a tal punto que, cerca ya de su muerte, interrumpió un servicio religioso y soltó: “Ustedes no vinieron aquí por mi sermón. Ustedes solamente quieren oír un… un… En fin, una de esas cosas”. ~

Este texto fue publicado el martes pasado (martes 6 de mayo de 2008) en la contratapa del diario "Crítica" de Buenos Aires.

07 mayo, 2008

Lo sobrenatural

Edward G. Bulwer-Lytton (1803-1873) no sólo fue el autor de “Los últimos días de Pompeya”, sino un devoto del ocultismo y de la metafísica, temas que abordó –mezclando, a menudo, ficción y teoría- en novelas como “Zanoni” o “A Strange Story” y en relatos canónicos dentro de ese subgénero llamado “ghost story”.



Bulwer-Lytton solía decir que detrás de todo hecho “sobrenatural” suele haber circunstancias naturales. “Mi teoría es que lo sobrenatural se confunde con lo imposible. Lo que muchos denominan así proviene, en realidad, de la aplicación de leyes naturales que ignoramos. Por consiguiente, si un fantasma se me aparece no tengo el derecho de afirmar: “Vaya, lo sobrenatural existe”, sino: “Vaya, la aparición de un fantasma, contrariamente a lo que yo había pensado hasta aquí, entra en el reino de las leyes naturales y no sobrenaturales”, puede leerse en “La casa de los espíritus” (1859), un relato que H.P. Lovecraft llegó a considerar una de las mejores historias de casa embrujadas de todos los tiempos.

También hallamos, en aquel relato, la siguiente reflexión: “Ciertos espiritistas norteamericanos publicaron unos libros en prosa y en verso que, según dicen ellos, fueron escritos por los muertos más ilustres: Shakespeare o Bacon. Dicho textos, aun si se toman los mejores, no difieren de lo que hubiese escrito una persona de talento o educación normal, pero resultan, en todo caso, asombrosamente inferiores a lo que escribían Shakespeare, Bacon o Platón cuando estaban vivos. Más llamativo todavía es que estos textos no contienen ni una sola idea que no existiera ya en la tierra”. ~

05 mayo, 2008

En el nombre del padre


El diario Crítica de Buenos Aires publicó la siguiente entrevista con motivo de la aparición de mi nueva novela "La sombra del púgil".

Por Hernán Brienza

Eduardo Berti, autor de "Todos los Funes" y "La mujer de Wakefield", es una de las voces más interesante de la narrativa argentina actual. Nacido en 1964, este escritor, editor y periodista publicó en abril su nuevo libro "La sombra del púgil", una sutil novela sobre la relación entre tres hijos y su padre, quien les relata historias que están a medio camino entre la verdad y la módica mitología familiar. Actualmente en Francia, desde allí contestó las preguntas de Crítica de la Argentina.

Después de Todos los Funes, que es una novela con mucha intertextualidad, ¿por qué escribiste La sombra del púgil, una novela más formal, si se quiere?

–Estaba escribiendo los cuentos breves de La vida imposible y allí surgió una historia que dejé a un lado porque sentí que daba para más: la historia de un mediocre boxeador que en su último combate derrota a un púgil muy joven que debuta como profesional. Esta primera historia se combinó con otras que me venían rondando en los últimos tiempos. Historias de índole muy diferente: una romántica, otra familiar. Del entretejido final salió esta novela. La estructura la tuve bastante clara desde un inicio. Es algo vital para mí tener en claro la estructura y el punto de vista (la perspectiva), sin eso no puedo abordar una novela.


–¿Por qué vinculaste la acción con los años setenta y no hiciste una visión política?

–Porque hubiese sido lo más obvio, ¿no es cierto? Yo tuve primero la historia. Luego advertí que, por una serie de hechos que deseaba contar, la historia terminaría enmarcada en los años setenta. Entonces, pensé que así como el boxeo es importante pero al mismo tiempo está como fuera de campo (quiero decir que se habla de peleas, pero no se muestra ninguna en concreto, salvo una que está vista como fuera de foco, borrosa, confusa), de igual modo debía estar la política. Los narradores son niños y a ellos les llegan por vía indirecta (según los relatos de los mayores) tanto las leyendas vinculadas con el boxeo, como la humilde mitología familiar o la información política.


Bueno, pero el reloj marca una fuerte vinculación con el tiempo, con el pasado.

–Los narradores de esta novela son tres chicos que tienen alrededor de 10, 12 y 14 años en plena dictadura. El padre les cuenta historias del pasado (de sus antepasados, del boxeador ya retirado y sus combates, etc.) como un modo, acaso, de no hablar de lo que está ocurriendo en ese presente: la dictadura. Pero el presente se cuela de todos modos. Y cuando en los años posteriores, ya adultos, los hermanos se ponen a completar o a investigar los relatos del padre (y aun los de la madre, no siempre coincidentes) también ocurre, como no podría ser de otro modo, que su infancia y que la figura de su padre termina de dibujarse o, mejor dicho, adquiere una dimensión más compleja.


–¿Cuáles fueron las fuentes literarias de esta novela?

–Ésta es una novela que no trabaja las fuentes literarias de modo tan explícito como "La mujer de Wakefield" con el cuento "Wakefield" de Nathaniel Hawthorne, o como "Todos los Funes" con los personajes llamados Funes en la literatura en castellano (Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Augusto Roa Bastos, Horacio Quiroga, Humberto Costantini.) Creo que en esta novela hay más un trabajo de autoconciencia, es decir: que es una novela que reflexiona sobre las múltiples versiones que puede haber de una historia, de cómo se cuenta, de cómo se concita la atención de un lector, de cómo se construye la así llamada verosimilitud. No hay tesis alguna detrás de esto, claro. Hay más preguntas que respuestas.


04 mayo, 2008

La novia


El novio queda muy ingratamente sorprendido cuando le presentan a la novia. Llave aparte al casamentero y le pregunta, en tono de reproche:

-¿Para qué me ha traído aquí? Ella es fea, vieja y bizca. Tiene feos dientes y sus ojos lagrimean.

-Puede usted hablar en voz alta-responde el otro-, también es sorda.


Sigmund Freud: selección de textos para “El chiste y su relación con el inconsciente” (Obras completas, Vol VIII, Buenos Aires).

02 mayo, 2008

Belleza


"Nunca en mi vida me he acostado con una mujer fea... Pero me he levantado con unas cuantas"

Famosa cita adjudicada al actor español Paco Rabal (1926-2001)

01 mayo, 2008

Diógenes y la muerte

Un día le preguntaron a Diógenes donde quería que lo enterrasen al morir.

-Quiero que me dejen tirado en el campo -respondió.

-¡Cómo! –intervino alguien presente-. ¿Quieres que te devoren los pájaros y los animales salvajes?

-Que me dejen con mi bastón, así podré ahuyentarlos.

-¡Ahuyentarlos! –exclamó otra persona-. Si estás muerto, no sentirás nada.

-Entonces –dijo Diógenes-, qué importa que los pájaros me devoren.



Heinrich Von Kleist


En 1810, Heinrich von Kleist fundó un diario en Berlín, el Berliner Abendblätter, fuertemente crítico con el entonces ocupante francés, que se vio obligado a cerrar el año siguiente. En dicho diario publicó una columna de misceláneas y textos breves, como éste sobre Diógenes.