06 noviembre, 2008

Berberova y Nabokov

No es casualidad que ayer reprodujera en este blog un texto acerca de Vladimir Nabokov. La semana pasada hemos publicado, en La Compañía, un libro escrito por Nina Berberova y consagrado en principio a "Lolita", pero en verdad a toda la obra de su compatriota.

"Nabokov y su Lolita" (como se llama el libro) es el quinto título que editamos con La Compañía, y el último que aparecerá en este año 2008.

Algunos fragmentos del texto de Berberova, que por cierto aparecieron como adelanto en el suplemento ADN del diario La Nación, de Buenos Aires.




D. H. Lawrence, uno de los más notables escritores y poetas ingleses, ha dicho más de una vez que en el amor debe haber una parte de juego, como, por supuesto, en el arte: el arte, sin juego, nos sofoca de aburrimiento. El elemento cómico está presente en las obras de los genios de todos los tiempos. Sólo los individuos desprovistos de talento toman totalmente en serio sus escritos y su propia personalidad, privados como están de ese "grano de sal" que hace a toda verdadera creación. Pushkin, Gogol, Dostoievski, lo sabían bien, pero no fue siempre el caso de Lermontov que, a pesar de su maravilloso talento, no supo transmitir, cuando lo tradujo, la triste ironía de Heine, como lo atestigua En el Norte salvaje: no hay ningún rastro de "grano de sal" y allí no se ve más que a dos personas de sexo femenino que se aburren y querrían hablar entre ellas. A partir de Lermontov, los traductores rusos casi siempre han vuelto el texto extranjero más inconsistente, puritano, tedioso –independientemente de la calidad de la traducción–, despojándolo de toda sonrisa, tuviera una o fuera ésta sólo aludida. [...] Podemos imaginar que en ruso Lolita tendrá una sonoridad muy distinta de la del inglés, privada de ese impiadoso y gracioso "espíritu de Aristófanes" que llevó a algunos críticos a hablar de "libro cómico".

Todo esto para pasar a la ironía de Nabokov, uno de los elementos fundamentales de Lolita, que lo vincula con los genios de nuestro pasado, nada menos que con Dostoievski, tanto como Gogol y –a través de hilos más profundos y completos todavía– Andrei Biely. Desde sus primeros libros, el humor fue uno de los rasgos característicos de Nabokov y sus lazos con Gogol han sido ya objeto de ciertos análisis, pero Lolita vuelve imposible cualquier duda: insensiblemente, sin que Nabokov lo advirtiera, Dostoievski le ha inoculado la sustancia misma de su comicidad, y las líneas de éste sobre la edificación de una canalización en Karlsruhe [se trata de una anécdota de Los demonios] o sus consideraciones sobre la belleza del rostro de la mujer rusa ("bastante similar a un blini, suscita en los maridos una dolorosa indiferencia, que da razón al cuestionamiento femenino") tienen la misma sonoridad que el humor de Lolita. En lo que concierne a Petersburgo, la novela de Biely ha funcionado, por decirlo así, como catalizador de todo el arte de Nabokov. Hay allí materia para un análisis literario particularmente importante, que no me atrevería a abordar aquí de manera superficial. Me limitaré a constatar que Gogol-Dostoievski-Biely-Nabokov forman una cadena evidente. [...]

¿Significa esto que considero Lolita como una novela rusa y a Nabokov, a pesar de todo, como un escritor ruso? Voy a responder a esta pregunta con plena conciencia de mi responsabilidad.

En estos últimos veinte o treinta años de literatura occidental, o para ser más precisos, en la cumbre de esa literatura, ya no existen novelas "francesas", "inglesas" ni "estadounidenses". Lo mejor que se publica hoy día es internacional. No sólo se lo traduce inmediatamente a otros idiomas, sino que a menudo se lo edita desde un primer momento en dos lenguas y –por sobre todo– no es raro que se lo haya escrito en una lengua distinta de aquella en que debería habérselo escrito. Ya había habido, en el siglo XIX, escritores así, pero las razones por las que Conrad nunca escribió en polaco, sino directamente en inglés, no son exactamente las mismas que llevaron a Wilde a escribir en francés o a Strindberg en alemán. En ese sentido, Wilde y Strindberg son los verdaderos precursores de nuestros actuales escritores cosmopolitas. En su tiempo, si hubiera dominado la lengua francesa a la perfección, sin duda Joyce habría escrito Ulises en francés, a semejanza de lo que hace Beckett hoy. Pero a nadie se le ocurrió nunca preguntarse: ¿se perdió Beckett para la literatura inglesa? Está allá, está aquí. En definitiva, ya no se trata de lengua, ésta ha dejado de cumplir el papel estrechamente nacional del que podía estar investida hace ochenta o cien años, las fronteras de las lenguas europeas se borran poco a poco y es probable que de acá a un siglo... Pero ése es otro tema.

Nina Berberova: "Nabokov y su Lolita" (traducción de Pedro B. Rey)

1 comentario:

Anónimo dijo...

Excelente lo de Berberova. Y bravo por los libros que están editando con La Compañía, son buenísimos.