10 octubre, 2008

Le Clézio


Es una muy buena noticia que J.M.G. Le Clézio haya ganado el premio Nobel. No sólo es un gran escritor, sino que es alguien que ha querido y sabido mantenerse razonablemente al margen de los círculos intelectuales y que, desde su primera novela (“Le procés verbal” escrita bajo el influjo del “nouveau roman” y coronada por el premio Renaudot) fue desmarcándose de cualquier moda o tendencia previsible para construir una obra tan singular como exigente.

Tras aquel debut resonante, Le Clézio se fue de Francia para vivir en diversos lugares de América o de Asia, fiel a la trashumancia de sus antepasados. Pasó un tiempo en Panamá, otro en Tailanda, otro en México y más tarde en Albuquerque, Nuevo México. Escribió un libro sobre Frida Kahlo y Diego Rivera, así como relatos infantiles con ilustraciones de Georges Lemoine. Mucho antes de que se le diera el Nobel, ya gozaba en su país natal del raro privilegio de ser al mismo tiempo popular y reputado.

La vasta bibliografía de Le Clézio abunda en novelas pero no excluye algunos relatos sumamente interesantes, como los que componen “La ronde et autres faits divers”, cuyo tema central es la violencia urbana. Pero acaso el gran tema en Le Clézio sea, en definitiva, el choque de culturas.

De sus muchas novelas, de un profundo y genuino universalismo, un lugar especial ocupan “La cuarentena” (1993), “El buscador de oro” (1985) y “Viaje a Rodrigues” (1986), suerte de trilogía de recuerdos familiares vinculados a la isla Mauricio, en el océano Indico (donde la familia Le Clézio -originaria de Bretagne, Francia- emigró a fines del siglo XVIII), y atravesada por la noción de la memoria ancestral, de la memoria inscripta en la sangre. Aunque, si somos justos, la crónica familiar aparece no sólo en estos libros sino en casi todas sus novelas fundamentales: desde “Desierto” hasta “Onitsha”.

Al día de hoy, los lectores en lengua española tenían pocos libros de Le Clézio a su disposición, aun cuando en los últimos tiempos los sellos argentinos Adriana Hidalgo y El Cuenco de Plata habían publicado, respectivamente, “El africano” y “Urania” (sumándose a ciertos títulos antes editados por Tusquets).


Previsiblemente (y por suerte) de la mano del Nobel tendremos una visión más completa de una obra que muchos han tildado de “catarsis” y cuyo no termina de indagar sus orígenes, desde todos los ángulos posibles.