17 octubre, 2008

Hojas y raíces

Un campesino labraba su campo, cuando se le acercó un oso.

-¡Campesino, te voy a matar! -gritó.

-¡No me mates! -suplicó éste-. Sembraré nabos y los repartiremos; me quedaré con las raíces y te daré las hojas.

El oso aceptó y se retiró al bosque.

Vino el tiempo de la cosecha. El campesino empezó a escarbar la tierra y a recoger los nabos; el oso salió del bosque para recibir su parte.

-¡Hola, campesino! Ha llegado el momento de que cumplas tu promesa - dijo el oso.

-Con mucho gusto, amigo. Si quieres, yo mismo te llevaré tu parte - contestó el campesino.

Y tras juntar todo, le llevó al bosque un carro lleno de hojas de nabo. El oso quedó satisfecho de lo que consideró un justo reparto.

Un día, el campesino cargó su carro con los nabos. Se dirigía a la ciudad, con el objeto de venderlos, cuando en el camino tropezó con el oso, que le dijo:

-¡Hola! ¿Adónde vas?

-Ya ves, voy a la ciudad a vender las raíces de los nabos.

-Muy bien, pero déjame probar qué tal saben.

No hubo más remedio que darle un nabo para que lo probase. Apenas el oso lo comió, rugió furioso:

-¡Miserable! ¡Me has engañado! ¡Las raíces saben mucho mejor que las hojas! Cuando siembres otra vez, me darás las raíces y te quedarás con las hojas.

-Bien -contestó el campesino y en lugar de sembrar nabos sembró trigo.

Llegó el tiempo de recolectar y tomó para sí las espigas, que desgranó, molió y con su harina amasó y coció ricos panes, mientras que al oso le dio las raíces del trigo.


Fragmento de “El campesino, el oso y la zorra”, cuento de Aleksandr Afanasiev (1826-1871).


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