14 octubre, 2008

Historias de avaros


La Editorial Nacional de España publicó en los años ochenta dos clásicos de la literatura árabe: “A través del islam”, de Ibn Battuta, y el “Libro de los avaros”, de Al-Yahiz, ambos con edición de Serafín Fanjul.

El segundo de estos libros es una joya casi ignorada por los lectores occidentales, pese a la fama que sigue gozando su autor en el mundo árabe.

Nacido en torno al año 776 (se desconoce la fecha exacta) en la ciudad de Basora, el verdadero nombre de Al-Yahiz era Abu Utman Amr Bahr al-Kinani al-Fuqaymi al-Basri. Lo de Al-Yahiz fue un apodo que aludía a su más visible defecto físico: “una exoftalmía de sus globos oculars, prominentes y saltones”, explica Fanjul.

Muerto también en Basora, en 860, autor de otras obras de asuntos diversos (“Libro de los animales”, “Libro de los países”), Al-Yahiz reunió en su “Libro de los avaros” un sinnúmero de historias y reflexiones en torno a la avaricia, pero a este tema central le sumó otros asuntos vinculados: las argucias de los malintencionados, el aprendizaje de la generosidad, el arte de invitar y de ser anfitrión, la mezquindad de los ricos, etcétera.

“Cuando se dice de alguien que es un avaro se está reafirmando la permanencia en su poder del dinero, mientras que al llamar a alguien generoso se está anticipando la noticia de la pérdida de sus bienes”, puede leerse en una de sus páginas.

En tiempos remotos, cuenta Al-Yahiz, los habitantes del Jurasán (sobre todo los mervazíes) eran “famosísimos tacaños”. “Los mervazíes interrogan tanto al recién venido como al invitado que tarda en irse: ‘¿Almorzaste hoy?’. Si el otro responde afirmativamente, el huéspede dice: ‘De no haber comido, te habría ofrecido un banquete’. En cambio, si el otro responde que no, la replica es: ‘De haber comido, te daría cinco copas de vino’. En ambos casos el invitado se queda sin nada”.

Anécdotas de este tipo (muchas de ellas, graciosas) abundan en el “Libro de los avaros”. Refiero aquí otro caso hilarante:

“Un día, Zubayda Humyard pidió prestados dos dirhams y un quilate a un verdulero que vivía frente a su casa. Seis meses después, para cancerlar el préstamo, le entregó dos dirhams y el peso equivalente en metal a tres ‘habbas’ de cebada. El verdulero se enfureció. “¡Loado sea Dios! Tú tienes una fortuna de cien mil dinares, mientras que yo soy verdulero, mi capital es escaso y vivo de mi esfuerzo. Y, sin embargo, cuando te presto dos dirhams y el equivalente a cuartro ‘habbss’ de cebada, ¡al cabo de seis meses me devuelves dos dirhams y tres ‘habbas’!”. La respuesta de Zubayda fue la siguiente: “Estás loco. Me prestaste en verano y yo te pago en invierno. Ten en cuenta que tres granos de cebadas hinchados por la humedad pesan más que cuartro secos en el verano. A mí no me cabe duda de que sales ganando”.