29 octubre, 2008

Esa maniática obsesión de escribir

El diario Crítica, de Buenos Aires, publicó ayer un artículo consagrado a las manías de los escritores a la hora de ponerse a trabajar. Un fragmento:


Apareció un libro, en Italia, que se llama Escribir es un tic y que denuncia un asunto milenario: los escritores, esos maniáticos, impulsan la inspiración con sus manías. Al escribir o, incluso, al proyectar un argumento, una frase, imaginar el nombre de un personaje o todo aquello que aparecerá impreso en un libro o todo aquello que no está en el libro, sino en sus alrededores, los escritores recurrirán a ritos obsesivos. El autor del libro, Francesco Piccolo, se refiere a esos sucesos como tics, es decir, contracción muscular y de tipo espasmódica que es involuntaria. Lo cierto es que, en este caso, más que tics parecen ser preocupaciones caprichosas. Y, salvo excepciones, más que contracciones musculares involuntarias, son extravagancias creadas a propósito.

Francesco Piccolo


Piccolo, de 44 años, escritor, guionista y profesor de la Universidad de Roma, es, sin duda, un obseso del rito ajeno. En una entrevista, este guionista de Nanni Moretti, dijo: “Sentía la necesidad de reunir una documentación práctica para mostrar que el oficio de escribir tiene sus reglas y no se parece en nada a esa imaginería de colegial tan falsa”. Por ese motivo Piccolo exprimió el anecdotario y sacó ritos y manías de escritores de todos los tiempos. A raíz de este libro ya no cabe duda de que la manía abarca la literatura universal.

Piccolo construye un mapa de caprichos y escribe que al ruso León Tolstoi, maniático de estilo monacal, le gustaba el silencio y la soledad. Una sola interrupción, un ruido impensado y una obra maestra se quedaba en el basurero. Otro solitario aparece en Italia y es Claudio Magris. Su soledad, eso sí, es peculiar; él la encuentra en las cafeterías, rodeado de otros solitarios (“La cafetería es un aislamiento especial, es el sitio donde la soledad se verifica en medio de los demás”, ha dicho el autor de Microcosmos). Pero, ya en Francia, a Sartre también le gustaba el ruido. En los cafés, con meseros equilibrando copas, Sartre elucubraba sobre el existencialismo. Marguerite Duras se llevaba el bar a su escritorio y simplificaba la inspiración con una botella de whisky a su lado. Manía estética sacó el belga Georges Simenon que sólo escribe uniformado siempre con la misma camisa.

También, en torno a las obsesiones más clásicas, incluso más allá del libro de Piccolo, surgen dos bandos: los madrugadores y los noctámbulos. La selección de madrugadores la integra, con jineta de insomne, Paul Valéry: sólo puede escribir entre 4 y 7 de la mañana. Alberto Moravia se suma a esta selección. Por Perú saca la cara Mario Vargas Llosa que empieza la escritura a las 7 de la mañana. El español Juan José Millás le gana una hora y escribe, agregando la manía de escribir sin ingerir alimento, desde las 6 hasta las 9 de la mañana. Millás no se alimenta por un tic digestivo: una tostada y la alegría de su estómago lo haría perder la lucidez de su cerebro. Los noctámbulos arremeten liderados, otra vez, por los maniáticos de Francia: Marcel Proust, escritor de pijama, que sólo trabajaba de noche, acostado en la cama, como lo hiciera también el uruguayo Juan Carlos Onetti. Y, con respecto a las fracciones de tiempo, el angloestadounidense T. S. Eliot escribía sólo un par de horas porque a la tercera hora, pensaba él, ya no estaba inspirado. Y, englobando a todos, diurnos y nocturnos, aparece un ruso todopoderoso: Fédor Dostoievski, que escribía, compulsivo, de día y de noche, por casi 24 horas inspiradas.

Estos ritos disciplinados, claves para el desarrollo de una obra, quizás están presentes en todos los creadores. Y ahí está Toni Morrison, que escribe sólo en una pieza adornada con duendes. Isabel Allende sólo empieza una novela los 8 de enero. Mark Twain, que escribía cierto número de palabras por día. Antonio Tabucchi, que sólo escribe en cuadernos escolares. Neruda lo hacía con tinta verde. Hemingway con una pata de conejo raída en el bolsillo. El alemán Thomas Mann le leía lo escrito a toda su familia y le pedía consejos. Y Gabriel García Márquez corrige y corrige hasta que le quitan los originales de las manos.


La versión completa del texto:

http://www.criticadigital.com.ar/impresa/index.php?secc=nota&nid=14452

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