11 septiembre, 2008

Los juguetes


El siguiente es un cuento del uruguayo Juan José Morosoli ( 1899-1957), originalmente incluido en su libro "Perico". La prosa de Morosoli es simple, directa. Pero en ella, sobre todo en sus cuentos más breves, hay silencios grandes y sugerentes. En un viejo ensayo de Mario Benedetti se cita, al hablar del universo de Morosoli, la siguiente afirmación de Francisco Espínola : Morosoli "no deja correr el tiempo, lo detiene; cuando éste recobra su curso, es ya el fin. Tal el secreto del extraño carácter de sus narraciones, que tienen más todavía de la escultura que de la pintura."






Cuando mi madre estuvo grave, nosotros salimos de nuestro hogar. Mi abuela se llevó a mis hermanos más chicos y yo fui a la casa que era la más lujosa del pueblo. Mi compañero de banca vivía allí.
La casa no me gustó desde que llegué a ella.
La madre de mi compañero era una señora que andaba siempre recomendando silencio. Los criados eran serios y tristes. Hablaban como en secreto y se deslizaban por las piezas enormes como sombras.
Las alfombras atenuaban los ruidos y las paredes tenían retratos de hombres graves, de caras apretadas por largas patillas.
Los niños jugaban en la sala de los juguetes sin hacer ruido. Fuera de aquella sala no se podía jugar. Estaba prohibido. Los juguetes estaban alineados cada uno en su lugar, como los frascos en las boticas.
Parecía que con aquellos juguetes no hubiera jugado nadie. Yo hasta entonces había jugado siempre con piedras, con tierra, con perros y con niños. Pero nunca con juguetes como aquellos. Como no podía vivir allí, mi padrino don Bernardo me llevó a su casa.
Allí había vacas, mulas, caballos, gallinas, un horno de cocer pan y un cobertizo para guardar el maíz y alfalfa. La cocina era grande como un barco. En el centro tenía un tronco de madera enterrado en el suelo. Cerca de la chimenea una rueda de carreta reunía pavos, parrillas y hombres. Pájaros y gallinas entraban y salían. Mi padrino se levantaba a las cinco de la mañana, y comenzaba a partir la leña. Los golpes que daba con elhacha resonaban por toda la casa.
Una vaca mimosa venía hasta la puerta y mugía apenas lo veía. Luego un concierto de golpes, balidos, gritos, cacarear y batir de las alas, conmovían la casa. A veces al entrar en las piezas, el vuelo asustado de un pájaro que se sorprendía nos paraba indecisos. Era una casa viva y trepidante.
La leche espumosa y el pan casero, suave y dorado, nos acercaba a todos a la mesa como a un altar. Nuestras mañanas transcurrían en el granero oloroso de alfalfa. De unos agujeros altos, que el sol perforaba, caían hacia el piso unas listas de luz donde danzaba el polvo.
En casa de mi padrino pensé que los juguetes y los juegos que hacen felices a los niños no están en las jugueterías.