23 septiembre, 2008

Los amigos

Por Eduardo Berti


Julio Cortázar y Dino Buzzati publicaron un cuento llamado “Los amigos” con un año de diferencia: en “Final del juego” (1956) y en “El derrumbe de la Baliverna” (1955), respectivamente. Ambos descollaron en el relato tradicional o breve habiendo publicado además (cosa no siempre usual) al menos una novela trascendente: “Rayuela” y “El desierto de los tártaros”. En sus textos se advierten puntos de unión: una mirada atenta a los pequeños misterios cotidianos; la tendencia a volver pesadillesco o inquietante el acto más banal: ponerse un pulóver (Cortázar) o ir al baño en un hotel (Buzzati). En muchas de sus novelas se articula un mecanismo que Borges tildó de kafkiano: la “acción pospuesta”, que consiste en postergar un acontecimiento prometido o sugerido --y esperado por el lector-- hasta un punto que excede incluso el final del libro. Esto ocurre en “El desierto de los tártaros” y en las primeras novelas de Cortázar: “Los premios” o “El examen”.


Dino Buzzati


“Los amigos” de Buzzati es un cuento de fantasmas innovador: la aparición no asusta, más bien molesta; el fantasma lo es a medias ya que no se libró del todo de “cierto residuo de consistencia” y pide permiso para quedarse entre los vivos porque “del otro lado hay un poco de confusión’.

“Los amigos” de Cortázar también elude el retrato de una amistad perfecta y es engañosamente más simple. En los cuentos del argentino, se sabe, el “extrañamiento” es moneda corriente y manifestación de que el mundo podría ser de otra forma. Cuando se habla de ello suelen citarse las “Instrucciones para subir las escaleras” donde una acción que en general se cumple irreflexivamente es explicada o ejecutada con tal minuciosidad que acaba desfamiliarizándose. En estos casos, creía Bioy Casares, lo fantástico se halla menos en los hechos que en el “razonamiento”.

En “Los amigos”, no obstante, Cortázar opera al revés: en lugar de “extrañar” un hecho habitual, familiariza algo excepcional. Todos hemos bajado una escalera, pero matar es otra cosa. ¿Cómo asesinar a alguien, sobre todo a una persona querida? Lo extraño en “Los amigos” es que el personaje central no siente el menor remordimiento. Se ha deshumanizado hasta volverse una máquina de matar.

“Los amigos” no es un cuento fantástico, si bien Cortázar apela a todo un sello de su obra: el mismo “salto al otro lado” que hallamos en “Axolotl” (un hombre mira hechizado a los peces, pero tras un cambio de perspectiva lo vemos desde el interior de la pecera) y, con variantes, en “La noche boca arriba” o en “Las puertas del cielo” y sus “zonas de pasaje”. Aficionado a ponerle nombres ajedrecísticos a las tácticas narrativas, Vladimir Nabokov habría hablado quizá de “enroque”: movimiento que de un “salto” permite mover dos piezas simultáneas. El frío asesino de “Los amigos” piensa de pronto (y son las palabras finales) “que la última visión de Romero había sido la de un tal Beltrán, un amigo del hipódromo en otros tiempos”. Pero a esta altura el dato tiene un peso muy relativo.~

(Publicado originalmente en la revista argentina "Lamujerdemivida")

www.lamujerdemivida.com.ar

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