27 septiembre, 2008

Leyendas chinas


El siguiente comentario del libro "Fantasmas de la China", de Lafcadio Hearn, apareció en el diario La Nación, de Buenos Aires, el pasado 10 de septiembre de 2008.
El libro fue publicado por la editorial independiente La Compañía, de la cual soy uno de los socios fundadores.

Lafcadio HEARN


Por Silvia Hopenhayn


Hay ficciones que transmiten leyendas milenarias. Es el caso de los libros de Lafcadio Hearn. Como amante de la cultura nipona (sus melancólicos fantasmas japoneses inspiraron a Kobayashi para su film Kwaidan), ha rastreado en Oriente leyendas antiguas con resonancias poéticas vigentes, para disponerlas en su inquietante prosa. Escritor de origen irlandés, Hearn vivió en Europa, viajó a los Estados Unidos y eligió Japón como tierra definitiva, incluso por amor: se casó con una mujer proveniente de una familia de samuráis. Su pasión orientalista se extendió a China, y así llegaron sus "Fantasmas de la China", traducidos por Marcos Mayer y presentados por Pablo de Santis, en edición de La Compañía. Algunos relatos transcurren hace quinientos años. Esa lejanía predispone a escuchar las historias, más que a leerlas, ya que parecen provenir del susurro del viento, aludido por el propio Hearn. Si bien algunas páginas aterran al tiempo que conmueven, ningún personaje parece tener miedo. Incluso el aspecto sacrificial suele responder a una profunda decisión personal. A diferencia de otras culturas remotas, en este caso el sacrificio (por lo general, ligado a una pasión o a una idea) es un ritual íntimo de entrega personal. Así, la bella doncella se dedica a la aleación de los metales para que una campana "de lamento dorado, llanto sibilante y quebrados susurros plateados" pueda sonar con su nombre, Ko Ngai. Y lo mismo ocurre con el artesano Unto Pu, a quien instan a crear "una vasija que tenga el color y el aspecto de la carne viva, de carne que se mueva cuando se pronuncien palabras como las que pronuncian los poetas, carne que sea movida por una idea, carne a la que un pensamiento pueda espantar." Su reacción, de estupor y desafío, se expresa en una maravillosa pregunta: ¿"Cómo seré capaz de imitar el temblor de la piel conmovida por un pensamiento?" El sacrificio, una vez más, se hace evidente, y Pu no duda en realizarlo.

Por otra parte, los jóvenes, que se dejan llevar, lo hacen por deseo genuino, no por ingenuidad. De allí que todo atisbo de seducción esté ligado al encantamiento, y no a la perversión. El problema es que en esta tentación de intensidad, la pasión, por lo general, se pierde, mientras que la idea, por lo general, se alcanza. Así, los personajes de Hearn se ven envueltos en remolinos de sensaciones tan intensas que caen exhaustos como fantasmas. Aunque, como señala De Santis: "Los fantasmas orientales no son, como los occidentales, solitarias criaturas de ultratumba en el mundo de los vivos, sino que arrastran consigo habitaciones, carruajes, palacios que están hechos, como ellos, con la materia de la sombra." Pero los que no nacen de ningún mortal, son invisibles y sólo pueden encarnarse por un tiempo, según dice la diosa Tchi-Niu. De allí que estos relatos parezcan ecos de un devenir incesante.

Más allá del argumento de estas leyendas hechas ficción, son preciosos los pasajes descriptivos, como el de la casa de Sië Thao: "Sombras de pájaros en vuelo pasaban sobre las bandas de luz que atravesaban las persianas de bambú; enormes mariposas con alas de furiosos colores pasaban por allí, revoloteaban por un momento sobre los vasos pintados y volvían a perderse en el misterioso bosque."

Leer un libro como éste es una forma de entrar en una casa distinta.


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