05 septiembre, 2008

Lafcadio Hearn



Ayer hablaba de “Fantasmas de la China”, el libro de cuentos de Lafcadio Hearn que acaba de ser publicado por La Compañía.

Quisiera añadir algo acerca del autor, antes de citar unos fragmentos del posfacio que Pablo De Santis escribió para dicho libro:

Patricio Lafcadio Tessima Carlos Hearn (1850 - 1904), escritor, traductor y orientalista greco-irlandés, fue uno de los máximos divulgadores de la cultura japonesa en Occidente. Nacido en una isla del mar Jónico llamada entonces Leucada (hoy, Santa Maura), Hearn se marchó en 1869 a los Estados Unidos, donde trabajó como periodista y protagonizó un escándalo al tener relaciones con una mulata de Ohio. En 1890 partió a Japón con la idea de escribir allí una serie de artículos para la revista Harper’s. Se enamoró del país. Se casó con con Setsuko Koizumi, oriunda de una familia de samurais. Se volcó a la enseñanza universitaria y escribió una docena de obras sobre su amado Japón, desde recopilaciones de cuentos fabulosos hasta diarios con observaciones.





En el posfacio a “Fantasmas de la China”, Pablo De Santis escribe, entre otras cosas, lo siguiente:

No fue griego, no fue norteamericano, no fue irlandés. Este caballero sin patria que termina viviendo en Japón nos resulta tan de leyenda como los relatos que escribió. Dicen que era feo, que tenía un solo ojo (había perdido el otro en un accidente) y además terriblemente miope. En las fotos nunca mira de frente, siempre hacia otra parte. Eso produce un efecto extraño de impaciencia, como si Hearn no pudiera esperar el momento de salir de la lenta habitación del fotógrafo y seguir viaje.

Lafcadio Hearn mostró a muchos lectores (entre ellos a Borges) la fascinación del Japón. Evitó la superstición del puro pintoresquismo, pero también la otra, más difundida hoy, de señalar que para conocer una cultura, hay que ignorar todo lo que esta tiene de atractivo y maravilloso, y refugiarse en las cifras de la industria o las estadísticas habitacionales. En el conjunto de sus libros Hearn supo administrar, por igual dosis, realidad y sueño. ¿Acaso hay algo más auténtico en una cultura que sus terrores?