21 agosto, 2008

Una ciudad del 2000



En el marco de una sesión de la Academia de Amiens, que por entonces presidía, Julio Verne leyó un discurso en forma de cuento. Corría diciembre de 1875 y el texto quedó archivado en las actas de la Academia bajo el título de "Amiens en el año 2000: Una ciudad ideal". Más que un ejercicio de anticipación, el relato es una crítica al presente; los valores y los hábitos de la ciudad se exhiben invertidos, de modo que a la actualidad de su ciudad el novelista contrapone un futuro ideal donde los médicos atienden gratis, hay una máquina de vapor que amamanta y existe un impuesto al celibato. El
fragmento aquí reproducido tiene algunos puntos en común con "M. Ré-dièze et Mlle Mi-bémol" (1893), un cuento poco conocido sobre un maestro de música de una aldea alpina que ha fabricado un órgano "enriquecido" con voces infantiles: voces de niños de carne y hueso que ha encerrado en los tubos del instrumento. Se verá que en cada caso, aunque con matices diferentes, la máquina cumple el fin de "prolongar" al ser humano (en el mundo verniano los artefactos no se oponen a la naturaleza); pero además estamos ante inventos suntuarios, dado que en las obras de Verne las maquinarias no son concebidas para la gran producción industrial, sino para el viaje o la comunicación, el confort o el entretenimiento.



A la izquierda se elevaba un vasto monumento de forma hexagonal, con una entrada soberbia. Era al mismo tiempo un circo y una sala de conciertos, tan grande como para permitir que allí fusionaran sus acordes el Orphéon, la Sociedad filarmónica, la Harmonie, la Unión coral y la Fanfarria municipal de los bomberos voluntarios.

En esta sala --se escuchaba muy bien-- una inmensa multitud aplaudía a rabiar. Afuera se extendía una larga cola, a través de la cual se propagaba el entusiamo del interior. En la puerta se desplegaban unos afiches gigantescos, con este nombre en letras colosales:

PIANOWSKI
PIANISTA DEL EMPERADOR
DE LAS ISLAS SANDWICH

Yo no conocía ni a este emperador ni a su virtuoso pianista.

-- ¿Y cuándo llegó Pianowski? --le pregunté a un amante de la música, reconocible por el desarrollo extraordinario de sus orejas.

-- No llegó --me respondió, mirándome con aire bastante sorprendido.

-- Entonces, ¿cuándo vendrá?

Ahora el hombre parecía a punto de decirme: "Pero usted, ¿de dónde salió?".

-- Y si no viene --dije--, ¿cómo hará para dar su concierto?

-- Lo está dando en estos momentos.

-- ¿Acá?

-- Sí, sí, en Amiens al mismo tiempo que en Londres, en Viena, en Roma, en Petersburgo y en Pekín.

"Ah, claro", pensaba yo, "toda esta gente está loca. ¿Será que acaso, por azar, dejaron escapar a los del manicomio de Clermont?"

-- Señor --volví a decir.

-- Pero, señor --respondió el amante de la música, alzando los hombros--, ¡lea bien el afiche! ¿No ve que este concierto es un concierto eléctrico?

Leí el afiche... En efecto, en ese momento, el célebre machacador de marfil Pianowski tocaba en París, en la sala Hertz; pero por intermedio de unos hilos eléctricos su instrumento estaba en contacto con otros pianos de Londres, de Viena, de Roma, de Petersburgo y de Pekín. Entonces, cuando él martillaba una tecla, ¡la nota idéntica resonaba en los teclados de esos pianos lejanos, en los que cada tecla era movida instantáneamente por la corriente eléctrica!

¡Quise entrar en la sala! Fue imposible. ¡Ay, no sé si el concierto era eléctrico o no, pero puedo jurar que los espectadores estaban electrizados!


(Traducido del francés por Eduardo Berti)

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