01 agosto, 2008

Qin Shi Huang, enemigo del pasado



Por Eduardo Berti


El primer emperador chino se llamó Qin Shi Huang. En realidad empezó reinando como monarca de Qin con apenas 13 años de edad, en el 246 antes de Cristo, pero de a poco fue conquistando y anexando los territorios vecinos hasta que en el 221 a.C. se erigió emperador hegemónico y unificó China por primera vez, no sólo geográficamente sino también en lo legal, lo monetario, lo politico y lo lingüístico.

Su reinado significó una ruptura total con el pasado. Asesorado por su ministro Li Si, y a fin de lograr una óptima administración, dividió el país en 36 provincias dirigidas cada una por tres gobernadores (un civil, un militar y un tercero para mediar entre ellos); mandó construir una red de caminos terrestres y vías fluviales más extensa que la del imperio romano; unificó la escritura china (los nuevos caracteres fueron tallados en todas partes, hasta en las laderas de algunas montañas); dio los primeros pasos en la construcción de lo que después se conocería como la Gran Muralla, y convirtió la filosofía legalista en doctrina oficial del imperio.




Todo esto habría bastado para que entrase en la historia, pero otro episodio en particular fue también sinónimo de su reinado: en el 213 a.C. Qin Shi Huang firmó un decreto que autorizó la quema de libros más grande que se conociera antes de la extinción de la biblioteca de Alejandría o de la quema de libros en la Alemania nazi.

El decreto de Qin Shi Huang obligó a sacrificar todas las obras literarias, históricas y filosóficas (particularmente las confucianas), aunque salvo del fuego a muchos tratados científicos y, por suerte, ordenó que se conservara un ejemplar de cada obra quemada, el cual sólo podía ser consultado por alto mandos del gobierno. La tradición y el pasado quedaron así prohibidos bajo pena de muerte. Se ha llegado a afirmar que 460 sabios que desacataron la orden fueron enterrados hasta el cuello y decapitados, y el famoso sinólogo Herbert Giles ha escrito que quienes ocultaron libros destinados a la hoguera terminaron marcados con un hierro candente y condenados a construir, hasta el día de su muerte, la famosa muralla. Corre también la leyenda de que el Cielo se enfadó tanto con el emperador que dejó caer una piedra grabada con unas frases amenazadoras.

Jorge Luis Borges sostuvo en 1950, en un texto titulado “La murallas y los libros”, que el primer emperador chino --a quien él denomina Shih Huang Ti-- deseaba abolir el pasado para que “la historia comenzara con él”. Quemar libros y erigir fortificaciones parece tarea propia de los príncipes, pero Borges aventuró que en el caso de Qin Shi Huang, dada la colosal escala de ambas empresas, el incendio de las bibliotecas y la edificación de la muralla fueron operaciones que de modo secreto se anulaban entre sí.

En cierto sentido, Qin Shi Huang salió victorioso porque la historia de China, como tal, empieza con él; pero fracasó en su sueño de fundar una dinastía que gobernara por siglos y siglos. Un par de años después de la quema de los libros, y mientras hacía un viaje por la China oriental en busca del secreto de la inmortalidad, Qin Shi Huang bebió un brebaje que (por error o no) tenía veneno y murió de forma inmediata.


Al morir, se hallaba a dos meses de viaje de la capital Xiangyang. El primer ministro Li Si temió que el anuncio de su fallecimiento causara una rebelión, por lo tanto decidió ocultar la noticia (incluso a los integrantes del cortejo imperial) hasta haber regresado a la capital. El viaje de retorno fue una obra maestra del engaño: Li Si entraba cada tanto en la diligencia donde estaba el cadáver y aseguraba a todo el mundo que discutía con el emperador asuntos de estado; y cuando el cuerpo de Qin Shi Huang empezó a descomponerse, solicitó que un carro lleno de pescado pasara justo antes del arribo de la diligencia del emperador y que otro, también con pescado, pasara justo después para tapar el olor. Ya en Xiangyang, Li Si obligó al hijo mayor (Fusu) a suicidarse y proclamó segundo emperador (Qin Er Shi) a su otro hijo: Huhai.~

1 comentario:

Diego Fonseca dijo...

Deliciosa historia. Da para cuento. ¿Da?